Wednesday, June 22, 2011

21 de junio, Seattle

Hoy alguien de pronto me ha preguntado la fecha. 21 de junio, sí, hoy entró el verano, hoy estoy en Seattle, hoy, de pronto me doy cuenta de una noche como esta, de hace 13 años, te vi por última vez. Es el tiempo y es el verano, y son las cosas que ya no pudimos hacer y las veces que te pienso a diario, desde ese lunes en que junio amaneció ya extrañándote. Cómo decir con palabras vulgares lo mucho que me sigues faltando, aunque sean cada vez más los días que nos separan, dónde escribirlo para que lo leas... hoy es de nuevo junio, de nuevo 21, de nuevo te pienso tanto, papá. Donde estés, así seas estrella o la alegre memoria de una sonrisa y de un tiempo en que fui tan feliz, sé que también, de algún modo, me echas de menos. Yo no puedo escribir más, son las lágrimas, es de nuevo tu voz y tu recuerdo.

Tuesday, May 10, 2011

Thursday, November 18, 2010

Ámsterdam contraataca

La experiencia se repitió, en este viaje todos los caminos llevaron a Amsterdam, desde donde escribo estas líneas antes de partir. Llegué este martes a las 5am y mi vuelo sale nuevamente a las 3pm así que había suficiente tiempo para aburrirse a morir en el aeropuerto –donde el internet es cobrado usureramente a 12 Euros por 90 minutos –o salir de nuevo a caminar por Ámsterdam. La decisión parecería más que clara, pero después de una semana fuera de la oficina, la cantidad de correos que seguramente me estarán esperando me hacían dudar sobre qué debía hacer. Finalmente opté por la lógica (del viaje) y salí a una ciudad sumergida aún en la oscuridad, casi desierta, muy contrario a lo que imaginé. Eran las 6:45 cuando salí del tren en la estación central, a esa hora si uno piensa en términos de la ciudad de México, desde el centro histórico al metro Tacuba, la actividad es más que frenética y la oferta culinaria es tan vasta como su historia; pensé que Ámsterdam tendría a esa hora cafés llenos de oficinistas o turistas gringos retirados que despiertan sus obsesiones con el primer momento de la madrugada. Estaba totalmente equivocado, eran las 7:30 y Ámsterdam no despertaba. Crucé el centro, pensando con ingenuidad que seguramente fuera del barrio turista la vida se daría de manera normal, con gente comprando café para el frío de cero grados que se sentía en ese momento sin luz del sol. Nada. Caminé por los canales, seguí letreros luminosos, me encontré con montones de restaurantes tan cerrados y a oscuras como la mayoría de las casas de la ciudad. ¿Estaba en medio de un día festivo para los holandeses y yo era la única persona que pensaba en desayunar a las casi 8 de la mañana? ¿Esta gente no come nada después de levantarse? ¿Su concepto de calidad de vida incluye despegar el ojo hasta las 8? Todo esto me pregunté mientras buscaba un local que vendiera café, lejos dejé mi proyecto de tener un lugar con internet y energía eléctrica donde me pudiera poner a trabajar a primera hora de la mañana. Más o menos a las 8:30, cuando ya estaba de malas y medio congelado apareció un pequeño negocio de cafés, tipo Starbucks. Sobra decir que siendo el único punto de venta de bebidas calientes en toda la ciudad a esa hora, estaba abarrotado de holandeses con ojos lagañosos. Compré un latte y una rebanada de pan de zanahoria, había internet pero no conexión a la energía eléctrica así que apenas pude responder algunos correos de la oficina cuando mi computadora anunció su retirada. Ámsterdam, con quien me había reconciliado hace una semana, me estaba jugando una mala pasada de nuevo. Salí del local antes de las 10, pensando si debería ir al aeropuerto, buscar otro lugar, entrar a un museo, a esa hora apenas se abrían los primeros comercios! La ciudad estaba tomando una revancha nuevamente y no lo iba a permitir. Camino a la estación central –donde tomaría el tren de regreso al parco aeropuerto –me encontré un pequeño lugar de renta de bicicletas. Cinco euros por seis horas. Sólo tenía dos, pero me pareció una buena forma de hacer las paces con ese pueblo que no se levanta temprano. El sujeto de la tienda fue el holandés más amable del día. Me mostró el funcionamiento de la bicicleta como si en vez de México viniera de la edad de piedra.

Una vez aclarado que sí conocía la tecnología de las dos ruedas salí por mi revancha con los Países Bajos. Siempre he pensado que para conocer una ciudad a fondo hay que caminarla, pero para verla desde una perspectiva más completa, inaccesible para los peatones y los automovilistas, hay que pedalearla. Ámsterdam, por su naturaleza ciclista es como una almohada de plumas para andar en dos ruedas. Acostumbrado a la amenaza constante de los microbuses y los automovilistas homicidas potenciales de la ciudad de México, me extrañó convivir de forma tan armónica con especies tan peligrosas como los repartidores. En esta ciudad, andar en bicicleta es como remar en Venecia, los caminos fluyen y el paisaje se abre a cada pedaleada con la serenidad de sus molinos. Sin conocer, ni ubicarme bien, recorrí los canales, el barrio rojo con sus vitrinas donde esta mañana sólo quedaban señoras cincuentonas en ropa interior, más que deseo, dejaban un aire de tristeza entre los que las veíamos un instante, dejándolas atrás, en su vitrina de recuerdos. Seguí por calles con nombres severísimos, como Weesperplein, Keizersgratch o Radhustraat, pasé al lado del museo Van Gogh, de la galería nacional, donde se guardan los más hermosos Rembrandt, atravesé la universidad y llegué hasta el final de la tierra, o más bien de esa extensión que los holandeses le robaron al océano, donde se extienden las compuertas que evitan que su ciudad se cubra por el mar del norte. En algún punto me perdí pero no tuve mayor preocupación, seguí a un grupo que me pareció estudiantes y me llevaron de regreso al primer radio de canales. El paseo fue tan seguro y tan disfrutable que tuve oportunidad de sacar el celular y filmar parte de mis trayectos con una mano. Finalmente se terminó el tiempo y con mucho pesar fui a devolver mi efímera bicicleta. Cuando estaba a una cuadra de la estación se acercó un sujeto a pedirme dinero. Como me negué comenzó a gritarme ofensas en inglés y en dutch. Ni siquiera consideré responderle, el contraataque de su ciudad no lograría borrarme la sonrisa causada por sus bicicletas y sus caminos, donde los tulipanes se ven mejor en movimiento.

Monday, November 15, 2010

Tren de media noche a Singapur

En su gran libro “The great railway bazaar” Paul Theroux narra un viaje larguísimo en tren, teniendo como punto de partida Londres y final en Tokio. Fue un libro inspirador sobre la soledad de un largo viaje y sobre la gente que uno encuentra en esos caminos, que constituye en sí, el viaje. Con ese libro encontré una de mis frases favoritas para los viajes: ‘One always begins to forgive a place as soon as it's left behind’ (uno siempre comienza a perdonar a un lugar tan pronto como lo deja atrás’). Según Thereoux muchas veces los lugares son estériles y poco interesantes, pero llegar allí, platicar con alguien, conocer una historia es lo que constituye el cambio, el traslado de nuestra rutina a otra realidad. Inspirado en ese libro decidí tomar el tren de Kuala Lumpur a Singapur. Tren de media noche el sábado, super sleeper class con ocho horas de duración.

Después de una semana de congreso de mercadotecnia social, junta regional y un taller de métrica, estaba deshecho de cansancio. El sábado terminamos casi a las 7 de la noche, por lo que apenas me dio tiempo de ir a comprar una guía rápida para Singapur, deambular un poco por el mal de 13 pisos de Times Square y sentarme por un café en Starbucks para leer mis mails y hablar a casa. Estaba en eso cuando llegó Dimitri, un brasileño de mi edad que trabaja para World Vision en Sao Paulo. La plática fue desde la vida en Brasil hasta la nueva modalidad de su oficina de trabo desde casa, yo le hablé de Londres, de la maestría y del continuo laberinto de causas y azares que me llevaron hasta Kuala Lumpur. Así llegó el tiempo de partir. Pedí un taxi que tiene un costo de unos 45 pesos y nos adentramos en el tráfico nocturno de KL. Debo reconocer que de las pocas ciudades de Asia que conozco, este es el peor tráfico que he visto. Masivo, totalmente detenido, desesperante, sin solución. Siempre que eso sucede visualizo el peor de los escenarios, llego tarde y pierdo mi tren. Después de mirar el reloj un par de veces el chofer pidió calma e inició una serie de atajos por calles oscuras y recién regadas por la lluvia, atravesamos un laberinto de puestos de comida, un vecindario desierto, una iglesia cristiana y finalmente llegamos a Kuala Lumpur central, donde me esperaba mi tren.

Las estaciones siempre me son evocadoras, las de tren, en un país tan lejano resultan interesantísimas. La sala de espera era enorme, con las habituales líneas de asientos de plástico incomodísimo llenas de hindús, malayos, chinos y uno que otro occidental mochilero. Aún así habíamos unas 100 personas de pie, aguardando el momento en que nos dejaran pasar a los andenes. Dieron las 11:45, las 12 y no nos daban el paso, pensé que me había equivocado de andén e iba a preguntar cuando se abrieron las puertas y la gente corrió como si al final del pasillo hubiera algo distinto al tren deslavado y viejo que nos esperaba. Por el viaje de Theroux me imaginé que el tren tendría un carro comedor lleno de gente interesante, de viajeros que como él atravesaban el mundo sobre rieles o gente como la de su libro. La realidad de los trenes actuales en Malasia es que no hay carro comedor. Me lo dijo un empleado que en sus últimos 10 años no ha visto ese tipo de trenes en el país. Allí vino mi primera decepción. Cuando encontré mi lugar, en una larga hilera de camas en dos niveles, me di cuenta que no había espacio para convivir, ni platicar, ni nada. Debajo de mi ‘cama’ había una inglesa que leía con audífonos puestos, al otro lado del pasillo una señora hindú a la que toda la familia ayudó a trepar y que cayó dormida antes de partir. Los pasajeros llenos de historias estaban allí, pero se las guardaron para el sueño así que cerré la cortina y me acomodé en el microespacio de un pulman nocturno. Debo confesar que dormí bien. Sentí frío en algún momento y en la madrugada el vaivén me hizo ir al baño, por lo que atravesé los pasillos silenciosos y tétricos, que me hicieron pensar en un hospital mal iluminado. Cuando desperté, un oficial de migración me pedía mi pasaporte y pase de entrada. Como pude, abrí los ojos, el sol pegaba de lleno y los hindús, chinos y malayos despertaban con un escándalo de maletas, cosas que se caen, empujones y frases ininteligibles para mí. Singapur me esperaba después de un viaje en tren a la media noche por la península Malaya, una experiencia distinta a lo que esperaba, pero que me dejó una gran sonrisa y los ojos descansados por el sueño que solo los trenes en movimiento pueden lograr.

Saturday, November 13, 2010

Kuala Lumpur

Todo comenzó con una llamada telefónica de mi ahora ex-jefa preguntándome como lidiaba con el jet lag… Por supuesto me solté a decir que en mi experiencia tomar agua, dormir en las horas del lugar al que llegas, etc. Me interrumpió a la mitad diciendo que siempre tengo un discurso para todo, al menos sé improvisar. “Pues te vas a Malasia” me dijo y allí comenzó el viaje. Había tres formas de llegar aquí, cruzar el Pacífico vía Los Ángeles, por Europa o haciendo un agujero que atravesara la tierra. Al final la más económica fue la segunda así que me mandaron vía Amsterdam por KLM. Ya conté un poco de la reconciliación con Ámsterdam. Cuando terminó esa luna de miel de seis horas volví al avión para las 12 que faltaban para Malasia.

Me da miedo volar. He tenido la fortuna de tomar varios aviones en mi vida, pero siempre me asusta la idea de ir en una caja a 10 mil metros de altura. Estábamos a punto de despegar cuando la azafata de KLM anunció que había una falla técnica y nos retrasaríamos media hora. Sinceramente pensé en bajarme. Visualicé el avión en llamas cayendo sobre una montaña de Asia y me vi a salvo gracias a mi cobardía en Holanda. Me sudaban las manos y no dejaba de pensar en las posibilidades de lo funesto. Finalmente me armé de valor y soporté doce horas de turbulencias, la falla técnica –afortunadamente- estaba en la consola de videos, que se reiniciaba continuamente. Si hubiera sido en los motores no estaría escribiendo estas palabras.

Kuala Lumpur me pareció una ciudad enorme y moderna. Llegué directamente al registro en el Times Square y apenas tuve tiempo de salir al mal de doce pisos del que forma parte. Me impresiona la manera en que los asiáticos han adoptado el concepto de consumo inútil, doce pisos de tiendas de baratijas mezcladas con marcas internacionales, cines, una montaña rusa, restaurantes y todo el entretenimiento que uno no necesita agrupado en un edificio monstruoso.

Los siguientes días los pasé en conferencias sobre marketing y desarrollo. Confieso que cada vez me gusta más mi trabajo, así que no me pesó quedarme horas escuchando la experiencia de tanta gente alrededor del mundo que logra cambios significativos en la vida de los demás. Por eso tuve poco tiempo para recorrer todo lo que hubiera querido esta ciudad. Pero sí escapé todos los días, recorrí al menos el Chinatown, Little India, el distrito central, las calles del turismo, los malls de electrónicos. Entre estos barrios hay extensiones enormes, laberintos con sarcófagos de 20 pisos o más donde habita la ciudad. Me impresionó que en las calles, en el laberinto de los multifamiliares no hubiera gente, que cruzara calles y calles vacías sintiendo que la ciudad había sido abandonada de alguna manera. No había ni vendedores ambulantes, ni hordas de niños jugando, ni vagabundos, ni caminantes sin qué hacer que observan con curiosidad el paso de un extranjero como me sucedió en Tailandia. Quizá porque me esperaba que Kuala Lumpur fuera más como Bangkok. Al final lo que encontré fue un lugar con historia muy reciente, con una riqueza cultural que estriba en su mezcla de población china, hindú y su descendencia del colonialismo británico, que le dio una marca definitiva a la ciudad. El tráfico es espantoso y las torres Petronas realmente impresionan. Tristemente no encontré boleto el día que las quería subir así que me quedé como visitante de París sin subir a la Eiffel. Si soy demasiado sincero creo que no es el mayor destino de Asia. Esta noche tomaré el tren de media noche a Singapur. Una aventura inspirada en The Grat Railway Bazaar de Paul Theroux. Pronto contaré como es atravesar Malasia en un vagón sleeper. Ahora que cae la noche es tiempo de salir por una última caminata, sentir la humedad opresiva y el aroma dulce de la comida que se cocina sobre algunas banquetas.

Sunday, November 07, 2010

Bicicletas de la memoria

Llegué a Ámsterdam por primera vez una madrugada de invierno en un autobús que cruzó como un fantasma en medio de la niebla desde París. Dicen que no hay segundas impresiones así que me quedé por siempre con la misma imagen, una ciudad oscura, con trenes de siniestro color amarillo que se detenían en estaciones vacías tristísimas. Quizá fue el invierno, quizá mi circunstancia personal que no era ideal, pero Amsterdam me pareció un lúgubre con todo y sus bares con mariguana, su distrito rojo y su mentalidad ultraliberal. Quiso el azar que me reencontrara con esta ciudad hoy por la mañana, en una ominosa escala de 7 horas antes de seguir hacia Kuala Lumpur, Malasia. Cansado por el vuelo y el terror de las turbulencias que no me permitieron una hora completa de sueño, me sentí tentado a quedarme en el aeropuerto Schiphol y matar ese tiempo dormido en sus banquitas incómodas. Afortunadamente el sereno entusiasmo de mi compañero Luis me animó a buscar el tren que nos llevara a la estación Central. Tan pronto dejé el tren, me reencontré con el pasillo donde años antes nos perdimos por la necesidad del hermano Juan de no pedir ayuda a nadie ante una circunstancia confusa, saliendo, nos esperaba un Amsterdam vivo e iluminado, con destellos de un hermoso azul que se asomaba entre los espesos nubarrones del norte. Entonces inició mi reconciliación con esta ciudad, a pie, como debe recorrerse cualquier sitio, caminamos por el centro por espacio de tres o cuatro horas. No me sorprendieron las bicicletas, simplemente me gustaron más. En mi última visita aún no era ciclista, ahora, poco me faltó para haber rentado una bicicleta recorrer como pudiera el tráfico de locos en que se mezclan los rines, las carreolas y los peatones. Los canales con luz también son otro mundo, alegre, aún con los colores que el invierno no ha borrado y con la energía de gente que sale de su casa a comprar o comer grandes cucuruchos de papas a la fritas con mayonesa y cátsup. Casi al final, enfilamos al barrio rojo. Según mis lecturas, éste había sido abolido y borrado de la memoria de Ámsterdam. Mis fuentes aseguraban que la ciudad los había prohibido y que el famoso barrio rojo se convertiría en una ampliación de los pasajes comerciales, las vitrinas en vez de prostitutas ahora albergarían maniquís con objetos carísimos e innecesarios. Según yo, era una decisión de mercado más que de moral. Estaba equivocado. El barrio rojo seguía allí y más poblado que en la triste navidad que lo vi medio vacío, como un decadente zoológico de animales en proceso de suicidio. Esta vez las vitrinas estaban llenas de mujeres que detrás de sus cristales se exhibían casi desnudas, como hermosos fantasmas, como esculturas en el museo de cera del deseo, separadas del mundo terrenal por los 50 o 60 euros que son la diferencia entre la carne y el morbo que se limita a observar desde la calle. Las calles del barrio rojo terminaron, de nuevo estábamos en la vía para Ámsterdam Central, recorrí los últimos pasos hasta el tren con la satisfacción de haber dado esa caminata y reencontrarme con una ciudad condenada por mi pasado. Esta vez la memoria fue rebasada en silencio, casi invisible, como una de tantas bicicletas en Holanda.

Monday, August 02, 2010

1 año

Comencé este blog una tarde de septiembre de 2006 en la biblioteca de la Universidad de Birmingham, en Reino Unido. Llevaba quizá cinco o seis días en un nuevo país y no me imaginaba que me quedaría allí tres años y todas las aventuras que me cambiaron la vida por completo. Entrar al mundo del desarrollo sustentable sin más armas que varias lecturas y ganas de cambiar el mundo me llevaron hasta el otro lado del planeta, donde conocí y me apropié de otra forma de vida. Tuve la fortuna de conocer varios países, de vivir en dos ciudades, de hacer amigos que nunca olvidaré. Hace un año exactamente ese viaje tuvo punto de retorno, no final, y me encontré de nuevo en mi amada y monstruosa ciudad de México. Nunca olvidaré que era viernes y que al salir del aeropuerto percibí ese aroma inconfundible a hollín y basura que sólo percibimos los que pasamos mucho tiempo lejos. Tampoco olvidaré que saliendo del aeropuerto fuimos a desayunar al centro, al Vips de Venustiano Carranza y que me asombró ver que la ciudad se despertaba idéntica, como si yo siempre hubiera esta aquí, o como si nunca me hubiera extrañado. Relatar los sucesos de un año entero resulta vano e innecesario, pero puedo decir que los últimos 365 días los he sentido como dos o tres años. Y esto, en definitiva, habla bien de este último año, pues ha sido tan intenso, tan cambiante, tan lleno de cosas nuevas, que ahora siento a Londres y sus maravillas como un punto lejano y feliz de mi pasado. En este tiempo pude viajar dentro de México, vi dos mares, el golfo y el pacífico en un solo día, regresé a mi amada y fría Inglaterra, conocí Turquía, trabajé durante 10 meses a las cuatro de la mañana, hora en que la ciudad duerme ese sueño intranquilo de mujer fácil que con cualquier sonido de pasos se despierta, recorrí estas calles con nuevos ojos, me encontré con nuevos amigos y terminé por resignarme a dejar de ver a otros que llenaban mis días antes de partir. Ahora trabajo en una agencia humanitaria, mi sueño, al fin y al cabo, y me enfrento cada día a la tarea imposible que perseguimos todos los que trabajamos en el desarrollo, la de un mundo más justo, menos cruel, menos desigual. La otra noche platicaba con el hermano y Melissa sobre la adaptación, sobre la crudeza del cambio, lo que se pierde y lo que se gana al regresar a México después de tener la oportunidad de quedarse para siempre en un país con un alto nivel de vida, con seguridad, salud, buenos sueldos, viajes baratos, y llegaba a la conclusión que para la mayoría de la gente ese regreso es una locura, porque difícilmente alcanzarán las metas económicas o de acumulación de bienes materiales con que sueñan. Pero si uno está obstinado en el desarrollo, no hay nada que hacer en Europa o en los países que se han enriquecido con la historia. Los cambios se deben hacer aquí, desde las comunidades excluidas hasta los corporativos o casas de lujo que son producto de una sociedad tremendamente injusta, donde la riqueza es tan desigual como las oportunidades de educación, salud, felicidad.

Hace un año, después de caminar por la noche de Chicago, me preguntaba que sería de mí en el futuro. Me tardé diez meses en contestar esa pregunta, diez meses en que me levanté a las cuatro de la madrugada para empezar a trabajar por teléfono y mail con mis compañeros de trabajo que seguían su vida normal y a la semana se olvidaban que yo estaba viviendo un shock cultural. Porque en ese proceso cuestionaba el desorden de México, la mentalidad, la comida, la contaminación, el ruido, todo lo que era diferente a Londres. Pero en el tiempo que siguió descubrí la maravilla de la identidad, de sentirse uno con el desamparado que mendiga una moneda en el metro, con el yuppie a quien nada le importa en Polanco, con la costeñita que sólo sueña con el viernes para bailar reggaeton. Porque finalmente esa desigualdad y esa diversidad conforman a este país, y quizá cambiarlo no sea tan complejo como todos pensamos, pero aún no existe una fórmula, no hemos llegado a la idea, al proyecto o al momento. Hace un año me topé de nuevo con mi antigua casa, la casa de mi madre, con mi familia invaluable, con un perro que no me olvidó en tres años de no estar, con muchos amigos que me esperaron, con los que no y a los que esta noche recuerdo con el mismo afecto con que los recordé en mi tiempo de lejanías.

Hace un año dejé de escribir en este blog en parte porque pensé que el viaje había terminado. Lo asumí y busqué un nuevo camino en esta tierra, pero un buen amigo inglés estaba en lo correcto. Cuando salía en autobús rumbo al aeropuerto de Heathrow y pasaba cerca de Picadilly Circus me llegó un texto al celular que decía, It´s not the beggining of the end, just the end of the beggining (No es el principio del final, es sólo el final del principio). Recuerdo que ese mensaje me hizo sonreír un instante antes de que la multitud me empujara a los adentros de la Picadilly Line del metro que había de llevarme al aeropuerto. Hoy, un año después de haber recibido ese correo sé que estaba en lo correcto.

Friday, July 31, 2009

Jueves 9 de julio de 2009

2…


Cuando comenzó esta involuntaria cuenta regresiva me propuse escribir cada día. ¿Cómo es dejar un país en el que se ha vivido tres años? ¿Cómo dejar una ciudad de la que me he enamorado? Todo se resumiría en la palabra maletas. Cosas y cosas aparecen por los cajones que deben vaciarse, las paredes pierden sus fotografías y pósters y los objetos adquieren la propiedad del volumen y el peso. Un folder de papeles nunca estorba en un escritorio, pero en una maleta es pesado y ocupa un espacio fundamental, y lo mismo sucede con los zapatos, los cuadernos, y todas las chucherías acumuladas sin imaginar que un día deberíamos abandonarlas o cargarlas sobre el lomo hasta un avión. Lo segundo que me viene a la mente es que irse implica demasiado estrés y poco tiempo, hay que cerrar la cuenta del banco, del celular, el contrato de la casa, comprar algún regalito, visitar un lugar favorito de la ciudad, encontrarse con los amigos, caminar en silencio de despedida por las calles que fueron propias, trabajar y dormir. Obviamente me quedó poco tiempo para contarlo todo en el blog.

Más que por nostalgia he seguido escribiendo para mantener la memoria. Hay tantos hechos del pasado que se me han vuelto borrosos que temo que en un futuro lejano mis tiempos de londoner se disuelvan como ceniza de la memoria. El domingo pasado cuando regresamos de viaje, le pregunté a Daniela cuál era su lugar favorito de Londres, quien conozca su natural elocuencia sabrá que no pudo elegir uno, sino veintitantos lugares como su favorito. Yo también lo estuve pensando y mi respuesta inmediata es que mi favorito en Londres no es un lugar específico sino una ruta, la que hacía en bicicleta a la salida del trabajo dos veces a la semana desde que el frío se volvió tolerable. Dicha ruta, para quien alguna vez ande en bicicleta por el sur de Londres resulta esencial. La salida comienza en la estación del metro Brixton, el mercado o la Brixton Academy, digamos la esquina de Brixton y Stockwell Road donde hay una tienda de Barnardo’s y donde los días de concierto los revendedores de tickets acosan a fans desesperados por boletos mientras la multitud inmigrante del sur de la ciudad enfila hacia sus casas. Siguiendo Stockwell (siempre pegado a la banqueta izquierda) se atraviesan bloques y bloques de multifamiliares que cambian gradualmente de sonido, del reaggea y los gritos de sus escandalosos habitantes africanos, a los escandalosas pláticas de los portugueses y brasileños. En la esquina de Clapham road, afuera del metro Stockwell, invariablemente uno se detendrá en el alto. Allí atraviesa con prisa eterna una multitud de oficinistas que busca alivio a las frustraciones labolares en los pubs y restaurantes del Common, la mayoría ingleses recién graduados, australianos o neozelandeses, todos de traje o smart outfit e invariablemente de tennis, una moda yuppie que supone hace más cómoda la incómoda vestimenta de las oficinas. Siguiendo el road aparece Little Portugal, un paraíso de bares y restaurantes lusitanos, una pausa en el tradicional estilo de los pubs, donde los portugueses y su prole se sientan a platicar y fumar en la calle, afuera de sus cafés que ofrecen sardinas asadas o feioada a precios que serían un sueño en cualquier otro lugar de Londres. Pedaleando en la misma dirección se llegaa la estación de tren de Vauxhall, que en su lado sur alberga una decena de bares gays duros: sados, fetichistas, saunas y un club donde el único requisito es entrar desnudo. Afuera de la estación cruza la tribu inglesa que busca un tren para regresar a los suburbios del sur, Surrey, Basingstoke, Roehampton; al norte y a un lado del Támesis el moderno y siniestro edificio del MI5, la CIA inglesa, con sus antenas parabólicas y sus espías que seguramente no son activos pacifistas o colaboradores de la paz mundial.

En esa intersección de sadomasoquistas, exhibicionistas y espías se debe dar vuelta a la derecha, unos metros más adelante aparece una de las mejores imágenes que me llevaré de esta ciudad: el río Támesis serpenteando por el centro de Londres, a su izquierda las casas del parlamento, detrás el Big Ben y los puentes de Lambeth y Westminster. El camino enfila ahora hacia el este, se debe doblar en el puente de Lambeth, cuya altura es un reto para los pulmones de todos los ciclistas que se atreven a cruzarlo, a partir de ese momento comenzará el tráfico y las maniobras de peligro. Uno debe seguir la paralela al Támesis y para lograrlo habrá que meterse entre autos, buses, lorries, motociclistas y peatones, suena más complicado de lo que en realidad es, el único riesgo real es un descuido que puede mandar la bicicleta por los suelos; sin embargo arriesgar un poco el pellejo lo vale, cinco minutos después del puente de Lambeth, del lado derecho surge la enormidad de las casas del parlamento, la estatua de Oliver Cromwell y a la derecha la abadía de Westminster. El flujo del tráfico obliga a rodear el parque que está frente al parlamento, allí donde hay un campamento permanente de activistas contra la guerra de Irak, allí donde los Tamiles protestaron durante días por la ofensiva en Sria Lanka, allí donde hay una estatua de Nelson Mandela y en la esquina opuesta Churchill, allí, junto a esa estatua está mi lugar favorito de Londres: simple y efímero, un semáforo y detrás, majestuoso, inalcanzable, luminoso aún en días de oscuridad, el Big Ben. La visión dura un minuto, en cuanto la luz cambia uno debe salir disparado y tomar la paralela al Támesis, en las banquetas cientos de turistas abarrotarán cada centímetro para tomar una foto a ese reloj que tantas veces vi marcando las 6.45 de la tarde, hora en que normalmente lo atravesaba. En el camino continúan apareciendo vistas que espero nunca olvidar, la London School of Economics, el Somerset House del King´s College, la hermosísima St Paul’s Cathedral, la City, las mujeres guapísimas de la city que constituyen una distracción muy peligrosa para los ciclistas. Mi ruta terminaba tras cruzar London Bridge, de nuevo el río, ahora con la vista del Tower Bridge a lo lejos y las hordas de bankers que caminan hacia el metro. La última vez que hice mi ruta me pregunté cuándo volvería, si alguna vez pedalearía nuevamente por allí. Entonces comenzó a llover, era una pregunta irrelevante para Londres, estaba aún allí y tenía que moverme, habría mucho tiempo para la nostalgia después, no en ese momento, no en esas calles.

Monday, July 06, 2009

10....

¿Qué es más fácil, decir hola o decir adiós? En este tiempo de extranjería uno de los eventos más comunes después de cierto tiempo es despedirse de gente que como uno, vive algún tipo de exilio o viaje y al final debe regresar. En tres años le he dicho adiós a tanta gente que uno deja de preocuparse si los volverá a ver, simplemente se van, desaparecen a la vuelta de una esquina, tras el movimiento de un tren, se pierden entre la gente de una calle o del metro. Claro que duele decir adiós, pero Londres es una amante celosa y apenas han pasado unas horas desde la despedida cuando ya hay algo nuevo o uno debe pensar en los problemas del transporte, el clima, el dinero, la gente…
Pero ahora soy yo el que me voy; diré hasta luego, o hasta pronto, o adiós y me perderé a la vuelta de una esquina y entonces Londres habrá quedado atrás y yo en su pasado, como una huella más de sus lugares que recorrí. Y no sé si es a causa de mi facilidad para encontrarme en caminos de nostalgia, pero me cuesta trabajo decirle adiós a esta ciudad que me ha hecho sentir en casa. Ésa es quizá el lado más amable de Londres, todos son bienvenidos, todos caben, todos se pueden sentir en casa, pero no es su casa. El jueves pasado fue mi despedida con los del trabajo y después de una buena cena y varias copas de vino encima me fui a la casa caminando por el Southbank hasta que me paré a fumar en un muelle de madera, con St Paul Cathedral como un fantasma de mármol al fondo, el puente de Blackfriars a la derecha, un clima de 25 grados y el Támesis a mis pies, y claro, me dio risa, porque entre la borrachera y la conciencia comprendí que no había razón para estar triste, yo no soy de aquí y por más que estuviera frente a la imagen más perfecta de esta ciudad que amo, no sería parte íntegra de su paisaje porque al primer invierno me estaría quejando y maldiciendo el aire helado y la oscuridad y todas las torturas del frío. Total, el viernes regresé con Daniela al mismo lugar y todo seguía ahí, el calor, St Pauls y dos botellas de vino. Y preferí dejar de pensar en despedidas y adioses en el atardecer del Támesis, es mi turno de irme y nada más.

Wednesday, July 01, 2009

Cheese rolling

Me pregunto en qué momento comenzó la obsesión humana por competir contra otros semejantes por demostrar una superior habilidad física. Siempre que veo en la televisión un espectáculo de competencia, desde el grotesco fisicoculturismo hasta el aburridísimo cricket, me imagino que en el fondo somos simplemente víctimas del instinto animal de demostrar algún tipo de superioridad previo al apareamiento, aunque claro, mi teoría cae por los suelos al pensar en el dominio sexual de un luchador de zumo de 180 kilos.
Pero este post no tiene nada que ver con competencias organizadas sino más bien con la sinrazón de la competencia y con Gloucester, que es un pueblo al oeste de Inglaterra, al norte de Bristol, cerca de la frontera con Gales. Llegamos allí por invitación al cumpleaños de mi amiga Tracy un sábado que profetizaba buen sol y que en efecto fue lovely o encantador, como tanto se dice por estas tierras. Pero el propósito principal del viaje era, aparte de festejar, ver directamente la masacre de una carrera anual que se celebra desde tiempo de los romanos en una colina en las afueras de Gloucester, que también es el nombre de un queso que se encuentra en cualquier supermercado inglés.
El cheese rolling, o “queso rodante” consiste simplemente en que una bola de queso Gloucester es arrojada por un anciano venerable desde la punta de una colina y un ejército de ingleses salvajes lo persigue cuesta abajo con el riesgo de romperse cualquier parte sólida del cuerpo en el trayecto. Obviamente el ganador es el que consigue quedarse con el queso, aún cuando no conserve la integridad física. Al principio pensé que sólo asistiríamos unos cuantos morbosos del folklor inglés, pero la mañana del lunes en que llegamos al lugar de la carrera, entendí que era un evento que traspasaba las fronteras inglesas y se extendía al mundo anglosajón, banderas de Canadá, Estados Unidos y Australia podían verse entre los asistentes. El mejor punto para observar la carrera es por supuesto, la cima, así que emprendimos la subida, que resultó ser larga, lodosa y con algunos asistentes que tenían que detenerse para vomitar los esfuerzos que les ha robado la vida sedentaria. Una vez en lo alto comprendí la magnitud de este deporte, no habían veinte, sino cientos de participantes que esperaban formados pacientemente su turno; vi gente disfrazada, de banana, con tanga de borat, envueltos en plástico con bolitas inflables, al estilo militar o de civiles, todos con la ilusión de llevarse a casa esa noche una bola de queso. El segundo y más importante detalle es que la colina no es simplemente un terreno inclinado, sino verdaderamente una pared de pasto, casi vertical y con una altura de cuatro pisos, por lo que entendí que jamás en la vida me lanzaría desde la cima ni aunque tuviera que perseguir la salvación de mi alma convertida en 600 gramos de queso.
Desafortunadamente otros miles de visitantes tuvieron la misma idea que nosotros, pero llegaron más temprano y encontrar lugar resultó casi tan complicado como la persecución de los quesos. El terreno es prácticamente vertical y uno tiene que mantener el equilibrio, plantarse firme en el lodo y soportar la postura más incómoda que cualquier deporte ha ofrecido a sus espectadores jamás. Total, para el momento de la primera carrera estaba detrás de una docena de mirones y apenas pude distinguir, parado de puntas sobre terreno resbaloso, la caída de los primeros valientes que salieron en caída libre detrás del preciado trofeo. Pasaron tres, cinco, siete carreras y por fin logré ubicar a Daniela que había conseguido un lugar privilegiado en la mitad de la colina, a un lado de la valla que separas a los suicidas de los curiosos. Entonces pude entender el salvajismo de este deporte. Todo es demasiado tan rápido como su falta de sentido, el anciano venerable levanta un bastón y arroja el queso colina abajo, acto seguido los corredores se lanzan como desde la azotea de un edificio, rodando, dando maromas, tumbos, sentones, caídas de cabeza o de pie mientras el queso rueda cómodamente colina abajo. Al llegar al final hay un grupo de individuos que detienen con violencia innecesaria la inercia de los cuerpos en su rodar hacia la gloria de los lácteos. La competencia se demora innumerables veces pues muchos participantes terminan con algún hueso roto, es cuando entran acción los paramédicos, que se toman todo el tiempo necesario en tratar de revivir al desafortunado y si el caso es grave lo montan en la camilla y se lo llevan. La obsesión inglesa por la seguridad obliga a que la carrera se detenga hasta que llegue otra ambulancia a reemplazar a la que ha salido al hospital local. Cuando estábamos en una de esas pausas apareció junto a mí uno de los primeros ganadores, con orgullo levantaba en los brazos ensangrentados el valiosísimo queso. Yo en su lugar lo guardaría en un congelamiento eterno y sólo lo mostraría en los eventos familiares con la prohibición absoluta de rebanarlo a cuchillo. La parte aburrida del evento es la carrera inversa, cuesta arriba, que finalmente abre una opción para los cobardes de la adrenalina extrema. También es interesante que la mayoría de los que se lanzan son hombres, pero hay carreras de mujeres y el desenlace en alguna sala de urgencias es prácticamente igual. Estábamos cerca del final cuando hubo otra pausa de paramédicos, ahora por un motivo más bien humillante, uno de los asistentes se subió a la seguridad de un árbol para ver la carrera y en algún momento cayó al vacío por lo que tuvieron que bajarlo en camilla por la misma colina que casi le cuesta la vida a cientos más. Como es de esperar, aparte de la humillación de salir lastimado sin haber puesto un pie en la colina del destino el tipo fue abucheado sin piedad.
Para las últimas carreras no hubo más premio. Los quesos, como todo en este mundo se terminaron y ahora los concursantes corrían solo contra sus miedos o persiguiendo la gloria de una futura anécdota en la que narrarían su aventura. Esto hizo más simple y rápido el asunto, el anciano daba un grito, alzaba el bastón y los sujetos rodaban a toda velocidad cuesta abajo hasta que una tacleada implacable los detenía. Eran casi las dos de la tarde y amenazaba con llover, cuando emprendimos el largo camino cuesta abajo aún quedaban unos cincuenta esperando su encuentro con el abismo. Incluso había algunos más o menos lastimados que se notaba habían saltado al principio. Ellos correrían detrás de sus egos o buscando eso que nos lleva a competir en los más absurdos juegos para demostrarle algo aún más incomprensible a los de nuestra sangre. Yo opté por la seguridad y salvo el peligro de un resbalón casi al llegar al auto sólo me arriesgué esa tarde al otro placer tan absurdo y tan válido como el del cheese rolling: mirar la carrera del sol, sentado en el jardín de mi amiga Tracy con una copa de vino en mano.











Saturday, June 27, 2009

Emprendiendo la retirada

Ahora lo sé y tiene fecha. El viaje que comenzó hace casi tres años llegará a su fin y con él este blog. Alguna vez escuché que la mejor parte de un viaje es el regreso, que viaje no es el fin en sí mismo sino lo que uno encuentra o entiende al regresar a casa. Es extraño porque hoy escribo desde un café soleado de Bermondsey y siento que aquí está mi hogar. Y al mismo tiempo pensar en México causa una emoción apenas descriptible, como esas cosquillas que se sienten en el estómago cuando se espera a alguien para una cita, o cuando se entra por primera vez a un salón de clases en una nueva escuela. Ese mundo que dejé ha cambiado por completo, el viaje ahora consistirá en redescubir ese mundo y esa gente que tanto ha cambiado en tan poco tiempo.
Como me queda tan poco tiempo en esta ciudad trataré de escribir sobre esta retirada, sobre cómo es dejar una ciudad extranjera en la que uno no se siente foráneo, sobre la nostalgia y la emoción, las ganas de seguir el viaje a donde sea o de detenerlo y descansar.
Hoy Londres ha batido su récord de temperatura, estamos a 28 grados con una humedad tropical que lo hace bastante incómodo, pero como días así son escasos los ingleses se han volcado a la calle. Justo frente a mí, tras el ventanal de este café hay un parque y sobre el pasto hay quizá quince mujeres y hombres medio desnudos asoleándose. Al principio no entendía la obsesión inglesa con los parques y con el sol, dos semanas después de vivir en la isla comprendí perfectamente que el sol en sí era un evento, una fiesta y la oportunidad única de ir a lugares como un parque o un café al aire libre. Cuando un día soleado tiene la puntada de aparecerse entre semana y para no desperdiciar ese raro privilegio, tomo la bicicleta a la hora del lunch y manejo hasta Claphan Common. El secreto consiste en la simpleza del hecho, simplemente sentarse y sentir el sol sobre la piel, leer, abrir una lata de cerveza, mirar a las chicas en bikini o dormir, hay quienes traen la computadora y por un par de horas trasladan la oficina al parque, todo con tal de disfrutar del astro rey.
Ahora llueve y todos los del parque de al lado han huido al café desde el que escribo. Londres cambia nuevamente, el sol ha sucumbido a los habituales nubarrones, la ciudad se refresca y por un momento parece detenerse.


Sunday, June 21, 2009

21 de Junio

¿Qué se puede decir 11 años después? El solo hecho de escribirlo me lleva de nuevo a la tarde soleada, al olor de la cocina y el rumor de la familia que esperaba en la sala. Esa tarde, tan lejana ya, se repite nuevamente ahora que estoy tan lejos, de nuevo es domingo, de nuevo es 21, de nuevo es junio, y otra vez es día del padre. Y tú ya no estás. O estás de otra manera, porque nunca terminaste de irte. Después de esa noche larguísima en que esperamos para que fueran por ti, volviste, como en mi ilusión más profunda, como si realmente sólo te hubieras ido de viaje y un día cualquiera te aparecieras y tocaras el timbre, así de sencillo. Entonces yo iría a abrir la puerta pensando que es el velador o que quieren vender algo y estarías tú, esperando, con un maletita de mano y sonreirías al verme. Yo, simplemente me echaría a tus brazos y lloraría, desesperadamente, con el desamparo de todas estas noches de tu ausencia, y sólo te abrazaría y tocaría tu cara y tomaría la maletita y te llevaría a la casa, que está tan diferente. Es cierto que no volviste de esa forma, pero lo hiciste en cientos de noches en que te he soñado, en todos los momentos en que te añoré mientras la casa navegaba en su silencio y yo pensaba que hace tantos días caminabas por ese mismo pasillo donde me sorprendió el tiempo detenido en un paréntesis de nostalgia. Regresaste de muchas formas, incluso ahora que estoy lejos sigues regresando y me acompañas cada mañana en la bicicleta, a la universidad o al trabajo. No sé qué me dirías si me vieras el día de hoy, no lo sé, sólo tengo la certeza que te daría un gusto enorme saber que vine aquí, estoy seguro que sería tu orgullo y tu tema de conversación, como muchas veces lo fue cualquier logro mío, por insignificante que fuera. Y en esta tarde paralela, once años después, no me queda más que recordarte en estas líneas, de pensarte y sonreír. Porque el recuerdo se ha lavado por una cascada de tiempo, y las formas afiladas del dolor han pasado a ser algo más puro y brillante, más terso, como una estatua esculpida por el agua. Estás aquí, en el San Pedro que tengo atado al cuello y que no me quito jamás. Estás en la memoria, estás en días como éste en que me haces tanta falta, pero sobre todo, estás en mí. Porque esa tarde te fuiste pero también te quedaste para siempre. Y ahora somos una misma cosa, el recuerdo del dolor y la sonrisa al imaginar tu tiempo. Hoy es día del padre y ya sólo puedo decirte que estoy bien y espero que lo estés, si es que estás, donde sea que estas palabras pudieran enviarse ojalá tus noches tengan tantas estrellas como Londres hoy y ojalá una sonrisa aparezca en tu rostro cuando esto que escribo te alcance en el rincón de la eternidad donde seguramente tú también me estás pensando.

Sunday, May 31, 2009

Un santuario para suicidas

Bechy Head es un imponente acantilado en el sur de Inglaterra, al oeste de Eastbourne, un pueblo idílico para retirados ingleses. Desde hacía semanas mi compañera Emma me había hablado del impresionante paisaje desde el borde de la roca, que en su punto más alto alcanza 162 metros sobre el nivel del mar, dejando a la vista la belleza del océano, un pequeño faro y el vértigo de su pared de piedra blanca, del que sólo se alcanza a ver el borde de una playa acosada por las rocas. Aquel día, después del trayecto por los pueblitos del sur inglés, divisamos por fin Eastbourne. Para llegar al abismo se debe caminar aproximadamente un kilómetro por una colina de pasto natural, empinadísima, hasta que se divisa la parte frontal de la monstruosa pared de roca blanca que los siglos han pulido hasta hacerla parecer de mármol. Además de la altura llama la atención el silencio, que sólo se interrumpe por el impetuoso sonido de las olas y el viento. A lo largo del borde del acantilado pronto aparecen cruces, mensajes, flores, entonces uno puede percibir ese vago sentimiento de olvido, tristeza antigua o recuerdo doloroso que queda en los lugares marcados por la muerte. Porque Beachy Head, además de ser parte del parque nacional de Seven Sisters ha sido elegido por la caprichosa naturaleza humana como un lugar donde se va a morir, de manera voluntaria y con determinación, es decir, un lugar elegido por los suicidas para saltar con vista al océano y terminar con enfermedades, deudas, traiciones y cualquier razón que orille a alguien a terminar con su vida. Aproximadamente veinte personas cada año llegan de visita y no regresan más. En 1985 se alcanzó el triste récord de 70 saltos al vacío, lo que orilló a los grupos de ayuda, las iglesias locales y el council a instalar un teléfono de ayuda, donde el suicida potencial podría pedir consejo y encontrar, en el mejor de los casos, las palabras adecuadas para desistir de una medida radical, de un vuelo de gaviota que sólo se interrumpa con el golpe de las rocas y el mar. Al parecer el teléfono ha caído en desuso y ha sido removido, pero a lo largo de la historia diversos guardianes se han dado a la tarea de recorrer el borde del abismo en búsqueda de suicidas redimibles. Durante nuestro recorrido no encontré ningún salvador de almas perdidas, ni siquiera un letrero, lo que si vi fueron mensajes de los seres queridos o los familiares de los que saltaron, en las cruces, en el suelo, en la valla -que pretende ser un obstáculo con el límite de la nada-, hay oraciones, palabras de consuelo, flores de plástico carcomidas por el viento y la memoria. La semana pasada, el domingo para ser exacto, un pareja devastada por la muerte de su pequeño hijo, decidió saltar, tomados de la mano, abrazando el cadáver de un niño muerto, aquí la noticia de la bbc.

Es inevitable preguntarse qué pasó por la cabeza de aquellos suicidas de los que ahora sólo queda un letrero con un nombre y unas fechas que indican un principio y un fin. ¿Sintieron el terror de una muerte seguramente dolorosa y atormentada o hallaron por fin el descanso en ese vuelo efímero que terminó con el sonido de las rocas y el mar? Imposible saberlo, no podría juzgar sus decisión, al contrario, me pregunto si alguna vez tendría el coraje suficiente para hacer algo semejante, será que me tengo un desmedido amor por la vida, pero si en algún momento tuviera que elegir darle un término, me gustaría, sin dudarlo, hacerlo en ese santuario donde la geografía ha hecho coincidir, en un mismo punto, el misterio de la belleza y la muerte.











Monday, May 18, 2009

Chau, poeta


Fue lo primero que leí de él: Réquiem con tostadas. Fue por azar y por una recomendación, mi hermana Lucy me habló de él y como yo siempre he admirado sus lecturas al día siguiente lo busqué en Internet y quise seguir leyendo más, pero apenas era 1996 o 97 y la red no lo tenía casi todo como ahora. Así llegó a mis manos, o a mis ojos. Pronto encontré su libros de todos los relatos, los que mejor recuerdo: Con y sin nostalgia y La muerte y otras sorpresas. Era un tiempo en que me pasaba todo y todo lo leía compulsivamente, dos o tres libros a la semana, devoraba todo lo que llegara a mis manos, caminaba con un libro bajo el brazo permanentemente, leía en el camión, en el metro, en la cocina, en el baño, en la cama, donde se pudiera. Compré su Inventario I en la librería parroquial y lo tenía entre las manos la mañana tropical de junio en que conocí a mi padre biológico en Culiacán, yo tenía 18 años. Recuerdo que me preguntó ¿qué lees? Mario Benedetti, respondí; yo leí La Tregua, dijo mi padre. Así que cuando regresé del viaje compré La Tregua y la leí y pude comprender mejor sus Poemas de la Oficina y Los Personajes. Y siguió apareciendo, porque en el fondo siempre fue uno de mis favoritos y nunca dejé de releer Rostro de vos, Viceversa, Última noción de Laura, Ustedes y nosotros, A la izquierda del roble, No te salves, Kindergarten y otros poemas que se me pierden ahora. La última vez que estuve en México, echado sobre la cama y bajo esa luz de la tarde que tanto amo, hojeé el Inventario I y otra vez comprendí lo que él tanto repetía entre líneas, que en este mundo donde todo es mercancía y marketing, sólo las palabras verdaderas podrán salvarnos.

Como escribió en Consternados, rabiosos, un poco, así nos deja:

...estás muerto
estás vivo
estás cayendo
estás nube
estás lluvia
estás estrella

donde estés
si es que estás
si estás llegando

aprovecha por fin
a respirar tranquilo
a llenarte de cielo los pulmones

donde estés
si es que estás
si estás llegando
será una pena que no exista Dios

pero habrá otros
claro que habrá otros
dignos de recibirte...

Monday, May 11, 2009

Crónica de una protesta light

Fue hace un mes y fue un sábado. Los presidentes o ministros de los 20 países más "poderosos" veníana a Londres y algo había que hacer, algo había que decirles o demostrarles. Finalmente el mundo sigue siendo tan injusto como siempre y ni la globalización, ni la política, ni la economía han sido capaces de aliviar la pobreza y la desigualdad. Quizá la mayoría estemos de acuerdo en que algo debe hacerse, el problema es el como. Londres reaccionó como cualquier ciudad. A una inmensa mayoría no le importó o no se enteró que habría un G20, de los enterados, los radicales salieron a protestar el mismo día y a tratar de impedir la reunión, como pueden ver en este post de Daniela. Los moderados, o "tibios", organizaron una marcha llamada "Put people first" (Pongan primero a la gente), allí estaban los de siempre: las ONGs grandes, el partido verde, sindicatos, estudiantes y borrachos en general que confunden una causa genuina con una fiesta de batucadas. Mucho ruido y pocas nueces, me pregunto si realmente tuvo algún efecto la marcha que teminó disolviéndose al medio día con la lluvia en Hyde Park. Al final me pareció más relevante el debate en "Speaker's corner" (La esquina de los discursos) en Hyde Park, al menos los que allí pasaban se detenían a escuchar la ideas del speaker en turno y lo rebatían y lo confrontaban. Algo quizá más productivo que la marcha.