Wednesday, June 22, 2011
21 de junio, Seattle
Tuesday, May 10, 2011
Thursday, November 18, 2010
Ámsterdam contraataca
La experiencia se repitió, en este viaje todos los caminos llevaron a Amsterdam, desde donde escribo estas líneas antes de partir. Llegué este martes a las 5am y mi vuelo sale nuevamente a las 3pm así que había suficiente tiempo para aburrirse a morir en el aeropuerto –donde el internet es cobrado usureramente a 12 Euros por 90 minutos –o salir de nuevo a caminar por Ámsterdam. La decisión parecería más que clara, pero después de una semana fuera de la oficina, la cantidad de correos que seguramente me estarán esperando me hacían dudar sobre qué debía hacer. Finalmente opté por la lógica (del viaje) y salí a una ciudad sumergida aún en la oscuridad, casi desierta, muy contrario a lo que imaginé. Eran las 6:45 cuando salí del tren en la estación central, a esa hora si uno piensa en términos de la ciudad de México, desde el centro histórico al metro Tacuba, la actividad es más que frenética y la oferta culinaria es tan vasta como su historia; pensé que Ámsterdam tendría a esa hora cafés llenos de oficinistas o turistas gringos retirados que despiertan sus obsesiones con el primer momento de la madrugada. Estaba totalmente equivocado, eran las 7:30 y Ámsterdam no despertaba. Crucé el centro, pensando con ingenuidad que seguramente fuera del barrio turista la vida se daría de manera normal, con gente comprando café para el frío de cero grados que se sentía en ese momento sin luz del sol. Nada. Caminé por los canales, seguí letreros luminosos, me encontré con montones de restaurantes tan cerrados y a oscuras como la mayoría de las casas de la ciudad. ¿Estaba en medio de un día festivo para los holandeses y yo era la única persona que pensaba en desayunar a las casi 8 de la mañana? ¿Esta gente no come nada después de levantarse? ¿Su concepto de calidad de vida incluye despegar el ojo hasta las 8? Todo esto me pregunté mientras buscaba un local que vendiera café, lejos dejé mi proyecto de tener un lugar con internet y energía eléctrica donde me pudiera poner a trabajar a primera hora de la mañana. Más o menos a las 8:30, cuando ya estaba de malas y medio congelado apareció un pequeño negocio de cafés, tipo Starbucks. Sobra decir que siendo el único punto de venta de bebidas calientes en toda la ciudad a esa hora, estaba abarrotado de holandeses con ojos lagañosos. Compré un latte y una rebanada de pan de zanahoria, había internet pero no conexión a la energía eléctrica así que apenas pude responder algunos correos de la oficina cuando mi computadora anunció su retirada. Ámsterdam, con quien me había reconciliado hace una semana, me estaba jugando una mala pasada de nuevo. Salí del local antes de las 10, pensando si debería ir al aeropuerto, buscar otro lugar, entrar a un museo, a esa hora apenas se abrían los primeros comercios! La ciudad estaba tomando una revancha nuevamente y no lo iba a permitir. Camino a la estación central –donde tomaría el tren de regreso al parco aeropuerto –me encontré un pequeño lugar de renta de bicicletas. Cinco euros por seis horas. Sólo tenía dos, pero me pareció una buena forma de hacer las paces con ese pueblo que no se levanta temprano. El sujeto de la tienda fue el holandés más amable del día. Me mostró el funcionamiento de la bicicleta como si en vez de México viniera de la edad de piedra.
Una vez aclarado que sí conocía la tecnología de las dos ruedas salí por mi revancha con los Países Bajos. Siempre he pensado que para conocer una ciudad a fondo hay que caminarla, pero para verla desde una perspectiva más completa, inaccesible para los peatones y los automovilistas, hay que pedalearla. Ámsterdam, por su naturaleza ciclista es como una almohada de plumas para andar en dos ruedas. Acostumbrado a la amenaza constante de los microbuses y los automovilistas homicidas potenciales de la ciudad de México, me extrañó convivir de forma tan armónica con especies tan peligrosas como los repartidores. En esta ciudad, andar en bicicleta es como remar en Venecia, los caminos fluyen y el paisaje se abre a cada pedaleada con la serenidad de sus molinos. Sin conocer, ni ubicarme bien, recorrí los canales, el barrio rojo con sus vitrinas donde esta mañana sólo quedaban señoras cincuentonas en ropa interior, más que deseo, dejaban un aire de tristeza entre los que las veíamos un instante, dejándolas atrás, en su vitrina de recuerdos. Seguí por calles con nombres severísimos, como Weesperplein, Keizersgratch o Radhustraat, pasé al lado del museo Van Gogh, de la galería nacional, donde se guardan los más hermosos Rembrandt, atravesé la universidad y llegué hasta el final de la tierra, o más bien de esa extensión que los holandeses le robaron al océano, donde se extienden las compuertas que evitan que su ciudad se cubra por el mar del norte. En algún punto me perdí pero no tuve mayor preocupación, seguí a un grupo que me pareció estudiantes y me llevaron de regreso al primer radio de canales. El paseo fue tan seguro y tan disfrutable que tuve oportunidad de sacar el celular y filmar parte de mis trayectos con una mano. Finalmente se terminó el tiempo y con mucho pesar fui a devolver mi efímera bicicleta. Cuando estaba a una cuadra de la estación se acercó un sujeto a pedirme dinero. Como me negué comenzó a gritarme ofensas en inglés y en dutch. Ni siquiera consideré responderle, el contraataque de su ciudad no lograría borrarme la sonrisa causada por sus bicicletas y sus caminos, donde los tulipanes se ven mejor en movimiento.
Monday, November 15, 2010
Tren de media noche a Singapur
Después de una semana de congreso de mercadotecnia social, junta regional y un taller de métrica, estaba deshecho de cansancio. El sábado terminamos casi a las 7 de la noche, por lo que apenas me dio tiempo de ir a comprar una guía rápida para Singapur, deambular un poco por el mal de 13 pisos de Times Square y sentarme por un café en Starbucks para leer mis mails y hablar a casa. Estaba en eso cuando llegó Dimitri, un brasileño de mi edad que trabaja para World Vision en Sao Paulo. La plática fue desde la vida en Brasil hasta la nueva modalidad de su oficina de trabo desde casa, yo le hablé de Londres, de la maestría y del continuo laberinto de causas y azares que me llevaron hasta Kuala Lumpur. Así llegó el tiempo de partir. Pedí un taxi que tiene un costo de unos 45 pesos y nos adentramos en el tráfico nocturno de KL. Debo reconocer que de las pocas ciudades de Asia que conozco, este es el peor tráfico que he visto. Masivo, totalmente detenido, desesperante, sin solución. Siempre que eso sucede visualizo el peor de los escenarios, llego tarde y pierdo mi tren. Después de mirar el reloj un par de veces el chofer pidió calma e inició una serie de atajos por calles oscuras y recién regadas por la lluvia, atravesamos un laberinto de puestos de comida, un vecindario desierto, una iglesia cristiana y finalmente llegamos a Kuala Lumpur central, donde me esperaba mi tren.
Saturday, November 13, 2010
Kuala Lumpur
Todo comenzó con una llamada telefónica de mi ahora ex-jefa preguntándome como lidiaba con el jet lag… Por supuesto me solté a decir que en mi experiencia tomar agua, dormir en las horas del lugar al que llegas, etc. Me interrumpió a la mitad diciendo que siempre tengo un discurso para todo, al menos sé improvisar. “Pues te vas a Malasia” me dijo y allí comenzó el viaje. Había tres formas de llegar aquí, cruzar el Pacífico vía Los Ángeles, por Europa o haciendo un agujero que atravesara la tierra. Al final la más económica fue la segunda así que me mandaron vía Amsterdam por KLM. Ya conté un poco de la reconciliación con Ámsterdam. Cuando terminó esa luna de miel de seis horas volví al avión para las 12 que faltaban para Malasia.
Me da miedo volar. He tenido la fortuna de tomar varios aviones en mi vida, pero siempre me asusta la idea de ir en una caja a 10 mil metros de altura. Estábamos a punto de despegar cuando la azafata de KLM anunció que había una falla técnica y nos retrasaríamos media hora. Sinceramente pensé en bajarme. Visualicé el avión en llamas cayendo sobre una montaña de Asia y me vi a salvo gracias a mi cobardía en Holanda. Me sudaban las manos y no dejaba de pensar en las posibilidades de lo funesto. Finalmente me armé de valor y soporté doce horas de turbulencias, la falla técnica –afortunadamente- estaba en la consola de videos, que se reiniciaba continuamente. Si hubiera sido en los motores no estaría escribiendo estas palabras.
Kuala Lumpur me pareció una ciudad enorme y moderna. Llegué directamente al registro en el Times Square y apenas tuve tiempo de salir al mal de doce pisos del que forma parte. Me impresiona la manera en que los asiáticos han adoptado el concepto de consumo inútil, doce pisos de tiendas de baratijas mezcladas con marcas internacionales, cines, una montaña rusa, restaurantes y todo el entretenimiento que uno no necesita agrupado en un edificio monstruoso.
Los siguientes días los pasé en conferencias sobre marketing y desarrollo. Confieso que cada vez me gusta más mi trabajo, así que no me pesó quedarme horas escuchando la experiencia de tanta gente alrededor del mundo que logra cambios significativos en la vida de los demás. Por eso tuve poco tiempo para recorrer todo lo que hubiera querido esta ciudad. Pero sí escapé todos los días, recorrí al menos el Chinatown, Little India, el distrito central, las calles del turismo, los malls de electrónicos. Entre estos barrios hay extensiones enormes, laberintos con sarcófagos de 20 pisos o más donde habita la ciudad. Me impresionó que en las calles, en el laberinto de los multifamiliares no hubiera gente, que cruzara calles y calles vacías sintiendo que la ciudad había sido abandonada de alguna manera. No había ni vendedores ambulantes, ni hordas de niños jugando, ni vagabundos, ni caminantes sin qué hacer que observan con curiosidad el paso de un extranjero como me sucedió en Tailandia. Quizá porque me esperaba que Kuala Lumpur fuera más como Bangkok. Al final lo que encontré fue un lugar con historia muy reciente, con una riqueza cultural que estriba en su mezcla de población china, hindú y su descendencia del colonialismo británico, que le dio una marca definitiva a la ciudad. El tráfico es espantoso y las torres Petronas realmente impresionan. Tristemente no encontré boleto el día que las quería subir así que me quedé como visitante de París sin subir a la Eiffel. Si soy demasiado sincero creo que no es el mayor destino de Asia. Esta noche tomaré el tren de media noche a Singapur. Una aventura inspirada en The Grat Railway Bazaar de Paul Theroux. Pronto contaré como es atravesar Malasia en un vagón sleeper. Ahora que cae la noche es tiempo de salir por una última caminata, sentir la humedad opresiva y el aroma dulce de la comida que se cocina sobre algunas banquetas.
Sunday, November 07, 2010
Bicicletas de la memoria
Monday, August 02, 2010
1 año
Comencé este blog una tarde de septiembre de 2006 en la biblioteca de la Universidad de Birmingham, en Reino Unido. Llevaba quizá cinco o seis días en un nuevo país y no me imaginaba que me quedaría allí tres años y todas las aventuras que me cambiaron la vida por completo. Entrar al mundo del desarrollo sustentable sin más armas que varias lecturas y ganas de cambiar el mundo me llevaron hasta el otro lado del planeta, donde conocí y me apropié de otra forma de vida. Tuve la fortuna de conocer varios países, de vivir en dos ciudades, de hacer amigos que nunca olvidaré. Hace un año exactamente ese viaje tuvo punto de retorno, no final, y me encontré de nuevo en mi amada y monstruosa ciudad de México. Nunca olvidaré que era viernes y que al salir del aeropuerto percibí ese aroma inconfundible a hollín y basura que sólo percibimos los que pasamos mucho tiempo lejos. Tampoco olvidaré que saliendo del aeropuerto fuimos a desayunar al centro, al Vips de Venustiano Carranza y que me asombró ver que la ciudad se despertaba idéntica, como si yo siempre hubiera esta aquí, o como si nunca me hubiera extrañado. Relatar los sucesos de un año entero resulta vano e innecesario, pero puedo decir que los últimos 365 días los he sentido como dos o tres años. Y esto, en definitiva, habla bien de este último año, pues ha sido tan intenso, tan cambiante, tan lleno de cosas nuevas, que ahora siento a Londres y sus maravillas como un punto lejano y feliz de mi pasado. En este tiempo pude viajar dentro de México, vi dos mares, el golfo y el pacífico en un solo día, regresé a mi amada y fría Inglaterra, conocí Turquía, trabajé durante 10 meses a las cuatro de la mañana, hora en que la ciudad duerme ese sueño intranquilo de mujer fácil que con cualquier sonido de pasos se despierta, recorrí estas calles con nuevos ojos, me encontré con nuevos amigos y terminé por resignarme a dejar de ver a otros que llenaban mis días antes de partir. Ahora trabajo en una agencia humanitaria, mi sueño, al fin y al cabo, y me enfrento cada día a la tarea imposible que perseguimos todos los que trabajamos en el desarrollo, la de un mundo más justo, menos cruel, menos desigual. La otra noche platicaba con el hermano y Melissa sobre la adaptación, sobre la crudeza del cambio, lo que se pierde y lo que se gana al regresar a México después de tener la oportunidad de quedarse para siempre en un país con un alto nivel de vida, con seguridad, salud, buenos sueldos, viajes baratos, y llegaba a la conclusión que para la mayoría de la gente ese regreso es una locura, porque difícilmente alcanzarán las metas económicas o de acumulación de bienes materiales con que sueñan. Pero si uno está obstinado en el desarrollo, no hay nada que hacer en Europa o en los países que se han enriquecido con la historia. Los cambios se deben hacer aquí, desde las comunidades excluidas hasta los corporativos o casas de lujo que son producto de una sociedad tremendamente injusta, donde la riqueza es tan desigual como las oportunidades de educación, salud, felicidad.
Hace un año, después de caminar por la noche de Chicago, me preguntaba que sería de mí en el futuro. Me tardé diez meses en contestar esa pregunta, diez meses en que me levanté a las cuatro de la madrugada para empezar a trabajar por teléfono y mail con mis compañeros de trabajo que seguían su vida normal y a la semana se olvidaban que yo estaba viviendo un shock cultural. Porque en ese proceso cuestionaba el desorden de México, la mentalidad, la comida, la contaminación, el ruido, todo lo que era diferente a Londres. Pero en el tiempo que siguió descubrí la maravilla de la identidad, de sentirse uno con el desamparado que mendiga una moneda en el metro, con el yuppie a quien nada le importa en Polanco, con la costeñita que sólo sueña con el viernes para bailar reggaeton. Porque finalmente esa desigualdad y esa diversidad conforman a este país, y quizá cambiarlo no sea tan complejo como todos pensamos, pero aún no existe una fórmula, no hemos llegado a la idea, al proyecto o al momento. Hace un año me topé de nuevo con mi antigua casa, la casa de mi madre, con mi familia invaluable, con un perro que no me olvidó en tres años de no estar, con muchos amigos que me esperaron, con los que no y a los que esta noche recuerdo con el mismo afecto con que los recordé en mi tiempo de lejanías.
Hace un año dejé de escribir en este blog en parte porque pensé que el viaje había terminado. Lo asumí y busqué un nuevo camino en esta tierra, pero un buen amigo inglés estaba en lo correcto. Cuando salía en autobús rumbo al aeropuerto de Heathrow y pasaba cerca de Picadilly Circus me llegó un texto al celular que decía, It´s not the beggining of the end, just the end of the beggining (No es el principio del final, es sólo el final del principio). Recuerdo que ese mensaje me hizo sonreír un instante antes de que la multitud me empujara a los adentros de la Picadilly Line del metro que había de llevarme al aeropuerto. Hoy, un año después de haber recibido ese correo sé que estaba en lo correcto.
Friday, July 31, 2009
2…
Cuando comenzó esta involuntaria cuenta regresiva me propuse escribir cada día. ¿Cómo es dejar un país en el que se ha vivido tres años? ¿Cómo dejar una ciudad de la que me he enamorado? Todo se resumiría en la palabra maletas. Cosas y cosas aparecen por los cajones que deben vaciarse, las paredes pierden sus fotografías y pósters y los objetos adquieren la propiedad del volumen y el peso. Un folder de papeles nunca estorba en un escritorio, pero en una maleta es pesado y ocupa un espacio fundamental, y lo mismo sucede con los zapatos, los cuadernos, y todas las chucherías acumuladas sin imaginar que un día deberíamos abandonarlas o cargarlas sobre el lomo hasta un avión. Lo segundo que me viene a la mente es que irse implica demasiado estrés y poco tiempo, hay que cerrar la cuenta del banco, del celular, el contrato de la casa, comprar algún regalito, visitar un lugar favorito de la ciudad, encontrarse con los amigos, caminar en silencio de despedida por las calles que fueron propias, trabajar y dormir. Obviamente me quedó poco tiempo para contarlo todo en el blog.
Más que por nostalgia he seguido escribiendo para mantener la memoria. Hay tantos hechos del pasado que se me han vuelto borrosos que temo que en un futuro lejano mis tiempos de londoner se disuelvan como ceniza de la memoria. El domingo pasado cuando regresamos de viaje, le pregunté a Daniela cuál era su lugar favorito de Londres, quien conozca su natural elocuencia sabrá que no pudo elegir uno, sino veintitantos lugares como su favorito. Yo también lo estuve pensando y mi respuesta inmediata es que mi favorito en Londres no es un lugar específico sino una ruta, la que hacía en bicicleta a la salida del trabajo dos veces a la semana desde que el frío se volvió tolerable. Dicha ruta, para quien alguna vez ande en bicicleta por el sur de Londres resulta esencial. La salida comienza en la estación del metro Brixton, el mercado o la Brixton Academy, digamos la esquina de Brixton y Stockwell Road donde hay una tienda de Barnardo’s y donde los días de concierto los revendedores de tickets acosan a fans desesperados por boletos mientras la multitud inmigrante del sur de la ciudad enfila hacia sus casas. Siguiendo Stockwell (siempre pegado a la banqueta izquierda) se atraviesan bloques y bloques de multifamiliares que cambian gradualmente de sonido, del reaggea y los gritos de sus escandalosos habitantes africanos, a los escandalosas pláticas de los portugueses y brasileños. En la esquina de Clapham road, afuera del metro Stockwell, invariablemente uno se detendrá en el alto. Allí atraviesa con prisa eterna una multitud de oficinistas que busca alivio a las frustraciones labolares en los pubs y restaurantes del Common, la mayoría ingleses recién graduados, australianos o neozelandeses, todos de traje o smart outfit e invariablemente de tennis, una moda yuppie que supone hace más cómoda la incómoda vestimenta de las oficinas. Siguiendo el road aparece Little Portugal, un paraíso de bares y restaurantes lusitanos, una pausa en el tradicional estilo de los pubs, donde los portugueses y su prole se sientan a platicar y fumar en la calle, afuera de sus cafés que ofrecen sardinas asadas o feioada a precios que serían un sueño en cualquier otro lugar de Londres. Pedaleando en la misma dirección se llegaa la estación de tren de Vauxhall, que en su lado sur alberga una decena de bares gays duros: sados, fetichistas, saunas y un club donde el único requisito es entrar desnudo. Afuera de la estación cruza la tribu inglesa que busca un tren para regresar a los suburbios del sur, Surrey, Basingstoke, Roehampton; al norte y a un lado del Támesis el moderno y siniestro edificio del MI5, la CIA inglesa, con sus antenas parabólicas y sus espías que seguramente no son activos pacifistas o colaboradores de la paz mundial.
En esa intersección de sadomasoquistas, exhibicionistas y espías se debe dar vuelta a la derecha, unos metros más adelante aparece una de las mejores imágenes que me llevaré de esta ciudad: el río Támesis serpenteando por el centro de Londres, a su izquierda las casas del parlamento, detrás el Big Ben y los puentes de Lambeth y Westminster. El camino enfila ahora hacia el este, se debe doblar en el puente de Lambeth, cuya altura es un reto para los pulmones de todos los ciclistas que se atreven a cruzarlo, a partir de ese momento comenzará el tráfico y las maniobras de peligro. Uno debe seguir la paralela al Támesis y para lograrlo habrá que meterse entre autos, buses, lorries, motociclistas y peatones, suena más complicado de lo que en realidad es, el único riesgo real es un descuido que puede mandar la bicicleta por los suelos; sin embargo arriesgar un poco el pellejo lo vale, cinco minutos después del puente de Lambeth, del lado derecho surge la enormidad de las casas del parlamento, la estatua de Oliver Cromwell y a la derecha la abadía de Westminster. El flujo del tráfico obliga a rodear el parque que está frente al parlamento, allí donde hay un campamento permanente de activistas contra la guerra de Irak, allí donde los Tamiles protestaron durante días por la ofensiva en Sria Lanka, allí donde hay una estatua de Nelson Mandela y en la esquina opuesta Churchill, allí, junto a esa estatua está mi lugar favorito de Londres: simple y efímero, un semáforo y detrás, majestuoso, inalcanzable, luminoso aún en días de oscuridad, el Big Ben. La visión dura un minuto, en cuanto la luz cambia uno debe salir disparado y tomar la paralela al Támesis, en las banquetas cientos de turistas abarrotarán cada centímetro para tomar una foto a ese reloj que tantas veces vi marcando las 6.45 de la tarde, hora en que normalmente lo atravesaba. En el camino continúan apareciendo vistas que espero nunca olvidar, la London School of Economics, el Somerset House del King´s College, la hermosísima St Paul’s Cathedral, la City, las mujeres guapísimas de la city que constituyen una distracción muy peligrosa para los ciclistas. Mi ruta terminaba tras cruzar London Bridge, de nuevo el río, ahora con la vista del Tower Bridge a lo lejos y las hordas de bankers que caminan hacia el metro. La última vez que hice mi ruta me pregunté cuándo volvería, si alguna vez pedalearía nuevamente por allí. Entonces comenzó a llover, era una pregunta irrelevante para Londres, estaba aún allí y tenía que moverme, habría mucho tiempo para la nostalgia después, no en ese momento, no en esas calles.
Monday, July 06, 2009
10....
Pero ahora soy yo el que me voy; diré hasta luego, o hasta pronto, o adiós y me perderé a la vuelta de una esquina y entonces Londres habrá quedado atrás y yo en su pasado, como una huella más de sus lugares que recorrí. Y no sé si es a causa de mi facilidad para encontrarme en caminos de nostalgia, pero me cuesta trabajo decirle adiós a esta ciudad que me ha hecho sentir en casa. Ésa es quizá el lado más amable de Londres, todos son bienvenidos, todos caben, todos se pueden sentir en casa, pero no es su casa. El jueves pasado fue mi despedida con los del trabajo y después de una buena cena y varias copas de vino encima me fui a la casa caminando por el Southbank hasta que me paré a fumar en un muelle de madera, con St Paul Cathedral como un fantasma de mármol al fondo, el puente de Blackfriars a la derecha, un clima de 25 grados y el Támesis a mis pies, y claro, me dio risa, porque entre la borrachera y la conciencia comprendí que no había razón para estar triste, yo no soy de aquí y por más que estuviera frente a la imagen más perfecta de esta ciudad que amo, no sería parte íntegra de su paisaje porque al primer invierno me estaría quejando y maldiciendo el aire helado y la oscuridad y todas las torturas del frío. Total, el viernes regresé con Daniela al mismo lugar y todo seguía ahí, el calor, St Pauls y dos botellas de vino. Y preferí dejar de pensar en despedidas y adioses en el atardecer del Támesis, es mi turno de irme y nada más.
Wednesday, July 01, 2009
Cheese rolling
Pero este post no tiene nada que ver con competencias organizadas sino más bien con la sinrazón de la competencia y con Gloucester, que es un pueblo al oeste de Inglaterra, al norte de Bristol, cerca de la frontera con Gales. Llegamos allí por invitación al cumpleaños de mi amiga Tracy un sábado que profetizaba buen sol y que en efecto fue lovely o encantador, como tanto se dice por estas tierras. Pero el propósito principal del viaje era, aparte de festejar, ver directamente la masacre de una carrera anual que se celebra desde tiempo de los romanos en una colina en las afueras de Gloucester, que también es el nombre de un queso que se encuentra en cualquier supermercado inglés.
El cheese rolling, o “queso rodante” consiste simplemente en que una bola de queso Gloucester es arrojada por un anciano venerable desde la punta de una colina y un ejército de ingleses salvajes lo persigue cuesta abajo con el riesgo de romperse cualquier parte sólida del cuerpo en el trayecto. Obviamente el ganador es el que consigue quedarse con el queso, aún cuando no conserve la integridad física. Al principio pensé que sólo asistiríamos unos cuantos morbosos del folklor inglés, pero la mañana del lunes en que llegamos al lugar de la carrera, entendí que era un evento que traspasaba las fronteras inglesas y se extendía al mundo anglosajón, banderas de Canadá, Estados Unidos y Australia podían verse entre los asistentes. El mejor punto para observar la carrera es por supuesto, la cima, así que emprendimos la subida, que resultó ser larga, lodosa y con algunos asistentes que tenían que detenerse para vomitar los esfuerzos que les ha robado la vida sedentaria. Una vez en lo alto comprendí la magnitud de este deporte, no habían veinte, sino cientos de participantes que esperaban formados pacientemente su turno; vi gente disfrazada, de banana, con tanga de borat, envueltos en plástico con bolitas inflables, al estilo militar o de civiles, todos con la ilusión de llevarse a casa esa noche una bola de queso. El segundo y más importante detalle es que la colina no es simplemente un terreno inclinado, sino verdaderamente una pared de pasto, casi vertical y con una altura de cuatro pisos, por lo que entendí que jamás en la vida me lanzaría desde la cima ni aunque tuviera que perseguir la salvación de mi alma convertida en 600 gramos de queso.
Desafortunadamente otros miles de visitantes tuvieron la misma idea que nosotros, pero llegaron más temprano y encontrar lugar resultó casi tan complicado como la persecución de los quesos. El terreno es prácticamente vertical y uno tiene que mantener el equilibrio, plantarse firme en el lodo y soportar la postura más incómoda que cualquier deporte ha ofrecido a sus espectadores jamás. Total, para el momento de la primera carrera estaba detrás de una docena de mirones y apenas pude distinguir, parado de puntas sobre terreno resbaloso, la caída de los primeros valientes que salieron en caída libre detrás del preciado trofeo. Pasaron tres, cinco, siete carreras y por fin logré ubicar a Daniela que había conseguido un lugar privilegiado en la mitad de la colina, a un lado de la valla que separas a los suicidas de los curiosos. Entonces pude entender el salvajismo de este deporte. Todo es demasiado tan rápido como su falta de sentido, el anciano venerable levanta un bastón y arroja el queso colina abajo, acto seguido los corredores se lanzan como desde la azotea de un edificio, rodando, dando maromas, tumbos, sentones, caídas de cabeza o de pie mientras el queso rueda cómodamente colina abajo. Al llegar al final hay un grupo de individuos que detienen con violencia innecesaria la inercia de los cuerpos en su rodar hacia la gloria de los lácteos. La competencia se demora innumerables veces pues muchos participantes terminan con algún hueso roto, es cuando entran acción los paramédicos, que se toman todo el tiempo necesario en tratar de revivir al desafortunado y si el caso es grave lo montan en la camilla y se lo llevan. La obsesión inglesa por la seguridad obliga a que la carrera se detenga hasta que llegue otra ambulancia a reemplazar a la que ha salido al hospital local. Cuando estábamos en una de esas pausas apareció junto a mí uno de los primeros ganadores, con orgullo levantaba en los brazos ensangrentados el valiosísimo queso. Yo en su lugar lo guardaría en un congelamiento eterno y sólo lo mostraría en los eventos familiares con la prohibición absoluta de rebanarlo a cuchillo. La parte aburrida del evento es la carrera inversa, cuesta arriba, que finalmente abre una opción para los cobardes de la adrenalina extrema. También es interesante que la mayoría de los que se lanzan son hombres, pero hay carreras de mujeres y el desenlace en alguna sala de urgencias es prácticamente igual. Estábamos cerca del final cuando hubo otra pausa de paramédicos, ahora por un motivo más bien humillante, uno de los asistentes se subió a la seguridad de un árbol para ver la carrera y en algún momento cayó al vacío por lo que tuvieron que bajarlo en camilla por la misma colina que casi le cuesta la vida a cientos más. Como es de esperar, aparte de la humillación de salir lastimado sin haber puesto un pie en la colina del destino el tipo fue abucheado sin piedad.
Para las últimas carreras no hubo más premio. Los quesos, como todo en este mundo se terminaron y ahora los concursantes corrían solo contra sus miedos o persiguiendo la gloria de una futura anécdota en la que narrarían su aventura. Esto hizo más simple y rápido el asunto, el anciano daba un grito, alzaba el bastón y los sujetos rodaban a toda velocidad cuesta abajo hasta que una tacleada implacable los detenía. Eran casi las dos de la tarde y amenazaba con llover, cuando emprendimos el largo camino cuesta abajo aún quedaban unos cincuenta esperando su encuentro con el abismo. Incluso había algunos más o menos lastimados que se notaba habían saltado al principio. Ellos correrían detrás de sus egos o buscando eso que nos lleva a competir en los más absurdos juegos para demostrarle algo aún más incomprensible a los de nuestra sangre. Yo opté por la seguridad y salvo el peligro de un resbalón casi al llegar al auto sólo me arriesgué esa tarde al otro placer tan absurdo y tan válido como el del cheese rolling: mirar la carrera del sol, sentado en el jardín de mi amiga Tracy con una copa de vino en mano.
Saturday, June 27, 2009
Emprendiendo la retirada
Como me queda tan poco tiempo en esta ciudad trataré de escribir sobre esta retirada, sobre cómo es dejar una ciudad extranjera en la que uno no se siente foráneo, sobre la nostalgia y la emoción, las ganas de seguir el viaje a donde sea o de detenerlo y descansar.
Hoy Londres ha batido su récord de temperatura, estamos a 28 grados con una humedad tropical que lo hace bastante incómodo, pero como días así son escasos los ingleses se han volcado a la calle. Justo frente a mí, tras el ventanal de este café hay un parque y sobre el pasto hay quizá quince mujeres y hombres medio desnudos asoleándose. Al principio no entendía la obsesión inglesa con los parques y con el sol, dos semanas después de vivir en la isla comprendí perfectamente que el sol en sí era un evento, una fiesta y la oportunidad única de ir a lugares como un parque o un café al aire libre. Cuando un día soleado tiene la puntada de aparecerse entre semana y para no desperdiciar ese raro privilegio, tomo la bicicleta a la hora del lunch y manejo hasta Claphan Common. El secreto consiste en la simpleza del hecho, simplemente sentarse y sentir el sol sobre la piel, leer, abrir una lata de cerveza, mirar a las chicas en bikini o dormir, hay quienes traen la computadora y por un par de horas trasladan la oficina al parque, todo con tal de disfrutar del astro rey.
Ahora llueve y todos los del parque de al lado han huido al café desde el que escribo. Londres cambia nuevamente, el sol ha sucumbido a los habituales nubarrones, la ciudad se refresca y por un momento parece detenerse.
Sunday, June 21, 2009
21 de Junio
Sunday, May 31, 2009
Un santuario para suicidas
Es inevitable preguntarse qué pasó por la cabeza de aquellos suicidas de los que ahora sólo queda un letrero con un nombre y unas fechas que indican un principio y un fin. ¿Sintieron el terror de una muerte seguramente dolorosa y atormentada o hallaron por fin el descanso en ese vuelo efímero que terminó con el sonido de las rocas y el mar? Imposible saberlo, no podría juzgar sus decisión, al contrario, me pregunto si alguna vez tendría el coraje suficiente para hacer algo semejante, será que me tengo un desmedido amor por la vida, pero si en algún momento tuviera que elegir darle un término, me gustaría, sin dudarlo, hacerlo en ese santuario donde la geografía ha hecho coincidir, en un mismo punto, el misterio de la belleza y la muerte.
Monday, May 18, 2009
Chau, poeta

Fue lo primero que leí de él: Réquiem con tostadas. Fue por azar y por una recomendación, mi hermana Lucy me habló de él y como yo siempre he admirado sus lecturas al día siguiente lo busqué en Internet y quise seguir leyendo más, pero apenas era 1996 o 97 y la red no lo tenía casi todo como ahora. Así llegó a mis manos, o a mis ojos. Pronto encontré su libros de todos los relatos, los que mejor recuerdo: Con y sin nostalgia y La muerte y otras sorpresas. Era un tiempo en que me pasaba todo y todo lo leía compulsivamente, dos o tres libros a la semana, devoraba todo lo que llegara a mis manos, caminaba con un libro bajo el brazo permanentemente, leía en el camión, en el metro, en la cocina, en el baño, en la cama, donde se pudiera. Compré su Inventario I en la librería parroquial y lo tenía entre las manos la mañana tropical de junio en que conocí a mi padre biológico en Culiacán, yo tenía 18 años. Recuerdo que me preguntó ¿qué lees? Mario Benedetti, respondí; yo leí La Tregua, dijo mi padre. Así que cuando regresé del viaje compré La Tregua y la leí y pude comprender mejor sus Poemas de la Oficina y Los Personajes. Y siguió apareciendo, porque en el fondo siempre fue uno de mis favoritos y nunca dejé de releer Rostro de vos, Viceversa, Última noción de Laura, Ustedes y nosotros, A la izquierda del roble, No te salves, Kindergarten y otros poemas que se me pierden ahora. La última vez que estuve en México, echado sobre la cama y bajo esa luz de la tarde que tanto amo, hojeé el Inventario I y otra vez comprendí lo que él tanto repetía entre líneas, que en este mundo donde todo es mercancía y marketing, sólo las palabras verdaderas podrán salvarnos.
Como escribió en Consternados, rabiosos, un poco, así nos deja:
...estás muerto
estás vivo
estás cayendo
estás nube
estás lluvia
estás estrella
donde estés
si es que estás
si estás llegando
aprovecha por fin
a respirar tranquilo
a llenarte de cielo los pulmones
donde estés
si es que estás
si estás llegando
será una pena que no exista Dios
pero habrá otros
claro que habrá otros
dignos de recibirte...
