Saturday, September 29, 2007

La revolución de las túnicas



Desde hace un buen tiempo creo que los métodos tradicionales para hacer una revuelta social se han vuelto imprácticos. Dados los tremendos mecanismos de manipulación y control con el que nuestro sistema social apacigua a las mentes que no tienden a cuestionarse demasiado, es necesario crear nuevas vías para transmitir el mensaje de una injusticia o una necesidad urgente. Y el término creatividad no tiene nada que ver con la supuesta resistencia creativa que en México se aferra a los nostágicos fancines que no lee nadie, a los campamentos callejeros, a las manifestaciones y todas las prácticas de los nostálgicos de los sesentas. En fin, escribo esto porque el conflicto en Myanmar (Birmania o Burma) se ha convertido el centro de interés y porque en Tailandia conocí a mucha gente de ese país que escapó de la tiranía de uno de los regímenes más represivos del mundo. En Myanmar sólo el 2% de la población tiene acceso a internet, por ejemplo y el uso de teléfonos celulares está restringido por el ministerio de comunicaciones. Acceder ilegalmente a medios de información puede llevar a una condena de 20 años de cárcel. Como en cualquier dictadura, el régimen militar de Burma tiene terror a que el mundo se entere de los horrores que allí suceden. Desafortunadamente para los generales, los huecos de información han permitido saber lo que pasa en Rangún, la capital en los últimos días.

Desde hace dos semanas, monjes budistas de diversos monasterios salieron a las calles a protestar contra el aumento de 500% al precio de la gasolina. En respuesta, el régimen "socialista" birmano reprimió y golpeó a los agitadores armados con túnicas y sandalias. Los monjes salieron de nuevo a las calles y diariamente se fueron uniendo ciudadanos comunes y corrientes que están hartos de la miseria que contrasta la opulenta vida de los líderes militares. En abierto desafío al régimen durante cinco días se concentraron manifestantes en Rangún y en las principales ciudades de Burma. Los monjes caminaron en silencio frente a la casa de Aung San Suu Kyi, premio nóbel de la paz y arrestada en su domicilio desde hace 10 años por el régimen. El jueves la junta militar reaccionó y oficialmente han muerto 9 personas, el ejérito ha rodeado los monasterios, impuesto el toque de queda y prohibido reuniones de más de cinco personas. Por supuesto que el número de muertos es mayor. Por ahora no hay información clara sobre qué sucede, si las manifestaciones continúan o si el terror ha funcionado.
Mientras tanto, los blogs, emails y videos de la red de youtube se convirtieron en la principal fuente de información sobre las protestas. Muchos reporteros fueron expulsados así que el periodismo ciudadano se encargó de difundir la represión. En cuestión de días redes de correo, videos y hasta facebook sirvieron para comunicar la revolución que encabezaban las túnicas y las sandalias. Aquí unos videos.


Video tomado con un celular en una de las principales calles de Rangún.

En contraste, otro video subido a la red denuncia la opulencia de los militares que gobiernan a uno de los países más pobres del mundo. Esta es la boda de la hija de
Than Shwe, uno de los tres generales que encabezan la junta militar.


Monday, September 24, 2007

Cuatro fotos, un recuerdo


Siempre me ha intrigado el futuro y sus implicaciones. Desde niño solía hacer pronósticos a largo plazo en las fechas importantes. Hace un año vine al Reino Unido y lo primero que me vino a la mente al llegar al número 77 de Lottie Road para instalarme fue la pregunta ¿cómo será este año? Una puerta que no conocía de mí se volvió la silenciosa compañera durante este tiempo que sin duda me ha dado las experiencias más intensas de la vida. Hubo días buenos y otros no tanto; afortunadamente puedo decir que sobraron los primeros. Este fue mi hogar durante un año. Me iba a poner de nostálgico, pero ahora entiendo que lo único que extrañaré con ahínco será el enorme roble que ya no se deshojará en este otoño frente a mi ventana…




Monday, September 17, 2007

Nuestro doloroso tercer mundo

El viernes 7 de septiembre mi amiga Rachel Jackson, que trabaja como intern para una ONG en Freetown, Sierra Leona, envió un correo que sólo pude calificar como un ejemplo de lo doloroso que puede ser nuestro tercer mundo. Rachel vive cerca de un terreno poblado por unas cien casas de cartón y madera, donde la gente se ve obligada a cocinar con leña o generadores de keroseno. Cerca de las 9 de la noche del jueves una mujer que cocinaba en uno de estos generadores tropezó o cometió un error con una de sus mangueras, provocando una explosión. En cuestión de minutos decenas de casas comenzaron a incendiarse. Entre la locura de la gente que corría para salvar sus pertenencias y a los suyos mi amiga Rachel encontró a la mujer del accidente en el suelo, con quemaduras que habían hecho desaparecer el color negro de su piel, desnuda y semi inconsciente. A su lado estaba su hijo, Bassay, con las piernas quemadas también, yaciendo en el suelo entre el espanto del dolor y la psicosis de la tragedia. Tomaron un taxi hasta el hospital más cercano a 45 minutos. Cuando llegaron tuvieron que esperar tres horas hasta que alguien los pudiera ayudar. Los heridos eran tantos que fue imposible lavar el instrumental, si entre ellos había un enfermo de sida, la tragedia sería doble. Rachel narra en su correo la impotencia, la lentitud y la indiferencia con que el tercer mundo se trata a sí mismo, cómo en el desesperado trayecto del taxi se encontró con una comitiva de Mercedes Benz blindados donde viajaban a salvo, los funcionarios del gobierno local. Cada uno de esos coches vale lo mismo que un pequeño hospital. Finalmente nacida en Inglaterra, Rachel se lamenta: “en el lugar de donde vengo esto nunca hubiera pasado”, tristemente es cierto.

El viernes 14 de septiembre, en otro continente y otra ciudad –México, mi mamá regresaba del banco con el dinero de la nómina de nuestro negocio familiar. Cuando iba a bajarse del carro dos hombres abrieron las puertas del coche, sometieron en el suelo a su acompañante y le apuntaron en la cabeza a mi mamá. “Dame la bolsa o te vas” le advirtió el asaltante. Absurda y valientemente ella se negó a entregar el trabajo de todas las personas que trabajan con ella, el hombre la aventó contra el carro, le arrebató la bolsa y salió corriendo. Mientras todo esto pasaba uno de los trabajadores se dio cuenta del robo y alertó a los demás, pronto los ladrones eran perseguidos por varios obreros y comenzaron a disparar. A uno de ellos le dieron tres veces, en el estómago y los brazos. En el paroxismo del absurdo y la buena fortuna las balas fueron de salva por lo que no hay una vida que lamentar.

Ninguna de las dos tragedias tiene punto de comparación; las dos, desde la perspectiva de sus realidades denotan el amargo mundo al que tristemente estamos acostumbrados. En México nadie fue a dar al hospital, pero una empresa que se mantiene en pie contra viento y marea ahora debe afrontar esto. ¿Cuántos empleos se perderán por la violencia? ¿Cuanta gente seguirá llegando a su casa sin sueldo por la inseguridad? Las dos tragedias se pudieron prevenir, las dos no existirían si la sociedad y sus responsables tuvieran una organización eficiente. Sin embargo, la terrible coincidencia entre las dos realidades es la indiferencia y la estupidez de los que controlan el poder, en el remoto Freetown los reconciliadores de la guerra civil que ahora saquean a su gobierno; en México los partidos, sus políticos imbéciles y su incapacidad para entender las prioridades del país. Por supuesto que me duele y me quejo, porque en el lugar en que ahora vivo, eso no pasa, o las estructuras mismas de la sociedad lo evitan en la medida de lo posible. Finalmente desde aquí sólo me queda la indignación y la solidaridad con lo que en este momento ya están superando una más de nuestras comunes adversidades.

Tuesday, September 04, 2007

Breve historia de una dissertation

He pasado el último mes enredado, feliz, confundido, iluminado, radiante y deprimido tratando de escribir con claridad y de acuerdo a los estándares académicos ingleses lo que vi en Tailandia. Así que después de tantos días buscando fuentes, escuchando entrevistas y revisando el material colectado no me queda sino escribir un poco del tema de una tesis que por el momento se titula "Cámaras para el desarrollo: fotografía participativa y su impacto en el bienestar psicológico, de empoderamiento y voz, entre las víctimas del tsunami asiático". Título largo y enredado, así que diré algo más acerca del tema:

InSIGHT OUT! es un proyecto de desarrollo alternativo que
da talleres de fotografía a niños de comunidades afectadas por la pobreza en la provincia de Phang-Nga, Tailandia. En esta zona además del tsunami se padece la tradicional desigualdad económica de tercer mundo, un incipiente conflicto étnico entre musulmanes y budistas, y la incontenible migración de burmeses que escapan del régimen represor de su país. Nada más. A través de la fotografía los niños pueden expresar la ansiedad generada en una zona que navega entre la tensión social y la represión. Las fotos no sólo sirven para divertir, sino para aprender a mirar el mundo de otra forma, analizar los problemas de las comunidades, entender dónde están las historias. En los talleres conviven niños de todos los orígenes, allí nadie es juzgado por su religión o su pasaporte, los lazos de amistad más genuinos y las bases de la tolerancia para el futuro surgen de la convivencia entre pequeños fotógrafos. La calidad de los talleres ha sido extraordinaria, las fotos han llegado a medios locales y mundiales incluyendo BBC y CNN. Win Maw, una niña de 11 años, burmesa, logró el primer lugar en el concurso de fotografía de National Geographic Asia. El sólo hecho de ver sus fotos impresas y colgadas a la vista de la comunidad incrementa la confianza en un potencial que se muestra a través de imágenes. Se puede seguir escribiendo, yo llevo 7,000 palabras y seguiré, pero nada describe mejor lo que allí sucede que las imágenes de los propios niños, que demuestran (aludiendo a una bella cita de Paulo Freire) que ni la pobreza, ni los conflictos, ni la exclusión son suficientes para terminar con la esperanza en un mundo en el que sea más fácil amar .



Todos las fotos fueron tomadas por niños entre los 9 y los 13 años.


Fotógrafo: Watcharin Tansakul


Fotógrafo:Yusnidar

Fotógrafo:Eka

Fotógrafo: Mellysa

Fotógrafo:Myo Min Naing

Fotógrafo: Nita Fitriani

Fotógrafo:Prinya Varak

Fotógrafo: Win Win Maw (Foto ganadora de National Geographic Asia)

Monday, August 27, 2007

Días decisivos...

¿Por qué será que llegan esas semanas decisivas en la vida? A partir del próximo viernes se definirá el nuevo destino donde habitar. Las opciones por el momento son Bangkok e Inglaterra, pero podría ser México nuevamente. Además en pocos días debo mudarme a una nueva casa, terminar la tesis y encontrar empleo... Definitivamente la vida de estudiante sólo puede llenarnos de vibras positivas, en otras circunstancias estaría quizá tremendamente agobiado, sintiendo no lo duro sino lo tupido. Frente a la tempestad: calma. El relajamiento de estos días ha creado mi la más sincera empatía con las amas de casa mundiales, a las que admiro como nunca en mi historia. Ahora que Daniela trabaja y paso largos periodos de soledad en la tranquilidad del hogar tratando de desentrañar mis ideas sobre el desarrollo, entiendo que no hay como el desesperado silencio de una casa por la mañana para desequilibrar a la más firme salud mental. Ante semejante quietud y entre mis recurrentes crisis de inspiración he desarrollado rápidamente manías de ama-de-casa como acomodar compulsivamente los trastes que se secan en el fregadero, revisar la limpieza de la cocina o (nunca lo imaginé) acomodar la ropa en sus respectivos cajones. Claro, buena parte de mis nuevas manías surgen en periodos en que escapo literalmente de la computadora y me encuentro sin nada qué hacer. Si semejantes extravagancias surgieron en un mes, me solidarizo con las amas de casa que pasan horas interminables en la estoica espera del silencio, ahora más que nunca entiendo la obsesión por el orden y la limpieza y la cruzada contra la ropa sucia o sin planchar. Afortunadamente para mí este ligero desorden mental se curará rápidamente en cuanto tenga un empleo y pueda evitar cualquier actividad doméstica bajo la excusa del cansancio. Los días decisivos están por llegar y pronto, estaré escribiendo si los próximos boletos son de aviones asiáticos o de un simple autobús a otro barrio de esta ciudad.

Tuesday, August 21, 2007

Home tasty home

Viajar es, por lo menos en mi opinión, lo más cercano a lo mejor de la vida. Hace algún tiempo en una escala en el aeropuerto de Houston, mientras mirábamos a los soldados norteamericanos que seguramente regresaban de medio oriente (era evidente que habían sido heridos) mi compañera de asiento -una newyorker de 82 años- me dijo algo así como “es una lástima que vayan tan lejos para cometer asesinatos, cuando viajar es una de la cosas que nos vuelve más civilizados…”. Sin embargo también es cierta la sabiduría de mi madre en cuanto a que no hay nada como la delicia de regresar. Por supuesto, volver a casa implica en primer lugar la egocéntrica actividad de “narrar” a los demás las experiencias en lugares que no conocer. Pero más allá del ego viajero regresar implica reencontrarnos con nuestros sentidos, el tacto de una cama, el sonido de una voz conocida, el aroma a casa, pero sobre todo el sabor de la comida. Tailandia posee una gastronomía del tamaño de su historia. Durante un mes me deleité con sus ingredientes tan ajenos a los sabores conocidos. Es complicado describir una cocina de tanta variedad, sin embargo es obvio mencionar al arroz hervido como acompañante de cualquier platillo; las ensaladas de “papaya” (que no llevan papaya por supuesto) sino frijol germinado, lechuga, y chile verde picado; los noodles que son la pasta de oriente, hechos de harina de arroz y acompañados con carne o bolitas de pescado; la carne de cerdo frita que tanto recuerda a las carnitas; y toda clase de mariscos, camarones, ostiones, pulpo. También fui invitado a probar comida burmesa, china, árabe y claro, a pesar de cierta repugnancia probé gusanos de coco fritos y chapulines; me ofrecieron comer un grillo que tenía el mismo tamaño que mi celular, pero fue demasiado y amablemente seguí con la delicia de los gusanos de coco. Oriente es distinto incluso a la hora de sentarse a la mesa. Cuando se está en un restaurante tailandés no existe el concepto de posesión; ningún plato tiene “mi pescado” o “mis insectos”, la comida se pone en el centro de la mesa y cada quién comparte lo que pidió con los demás invitados. Obviamente es distinta la cultura de comer en la calle. Si en México pueden impresionar la cantidad de puestos callejeros, en Tailandia la venta de comida en la banqueta es una cultura, un deporte, un sello de identidad. Realmente se encuentran pocas calles sin un vendedor de noodles, de brochetas de pollo al carbón, o sin un carrito que ofrezca plátanos fritos o fruta fresca. Desafortunadamente tuve que pagar las consecuencias del riesgo: un plato de noodles en plena banqueta de Bangkok me dejó un día entero recluido en el hotel por una tremenda infección en el estómago, no más detalles. Todo se disfruta, pero realmente nada hay como regresar y probar las benditas enchiladas de mole que me esperaban en el número 77 de Lottie Road, en Birmingham después de casi veinte horas de viaje. Y claro, una semana después fue Manchester en un viaje-pub-crawl ampliamente reseñado por Juan, Iván y Daniela. Y apenas el fin de semana fue Birmingham donde ni el clima espantoso, ni la cruda, ni el cansancio nos hicieron desistir de la delicia de unos chilaquiles.










Monday, August 13, 2007

Dejando Bangkok

Mientras hacía fila para la verificación de pasaportes en el Suvarnabhumi International Airport no pude evitar sentir la evocación de la nostalgia, Tailandia había terminado y su gente me había llegado al corazón, así de simple. Detrás de mí un grupo de mochileros ingleses (cuatro hombres y una mujer) daban consuelo a dos de sus compañeros que, llorando a lágrima viva, llamaban la atención de todos los que estábamos en la fila. Pocas veces se ve tanta expresión entre las flemáticas personalidades inglesas. Lloraban con sentimiento vivo, con genuina tristeza y los demás nos sentíamos entre curiosos y apenados de mirar su desolación desde la indiferencia de la fila. La causa de aquel llanto esperaba junto al mostrador de una aerolínea, dos tailandesas adolescentes decían adiós a los ingleses que las miraban con el desamparo con que terminan los más funestos amores de verano. Desafortunadamente lo interesante de la escena radicó en su anormalidad. Basta caminar por cualquier zona turística de Bangkok para encontrar occidentales mayores de cuarenta años con tailandesas que no deben pasar de los veintidós y que en muchos casos son menores de edad. En la llamada ciudad de los ángeles, el demonio de la explotación sexual y el tráfico de personas es tan común que ha terminado por volverse invisible, en un silencio cómplice.

Ante la magnitud de la demanda, Bangkok ofrece tres grandes zonas de tolerancia. La más antigua y famosa es Soi (calle) Cowboy, que se inició como un centro de diversión para los soldados norteamericanos que peleaban en la guerra de Vietnam. Soi Cowboy no es más que un corredor de bares y clubes de desnudismo, sin embargo sólo he caminado por ahí de día, así que desconozco las dimensiones de su población nocturna. Silom Soi es la segunda estación de los turistas sexuales, extrañamente en esta calle se da una extraña combinación del comercio informal, la piratería y la prostitución. El mercado nocturno de Silom ocupa el centro de la calle, en él se puede encontrar relojes, ropa y todos los objetos de consumo que encontramos en cualquier tianguis mexicano. Las banquetas están libres, en los costados la música, las luces y la oscuridad de los locales delata otro ambiente, en la puerta de bares y restaurantes adolescentes en bikini tratan de llevar al interior a cualquier turista solitario. Basta detenerse en algún puesto que mire a la banqueta para observar el interior de estos lugares, sus pasarelas con más de cuarenta mujeres en los más absurdos vestuarios, bikinis, mini-uniformes de colegiala, vestiditos de enfermera y todo el repertorio de la imaginación sexual. Sin embargo no es aconsejable entrar, los bajos precios del alcohol son recuperados con la tarifa de “Salida” que puede oscilar entre los 20 y los 30 dólares. Sin embargo es Nana Plaza la zona que me deja impresionado. Ubicada en el barrio de Sukhumvit, este lugar de tolerancia alberga a unas 3,000 prostitutas de acuerdo a un amigo periodista. La plaza consiste en un edificio de cinco pisos con forma de herradura. En la planta baja hay bares llenos de chicas que acuden a platicar con todo aquel que pida una cerveza, su comunicación consiste en un inglés básico y el insinuante lenguaje de sus manos que abrazan, acarician y atraen a los clientes con del delicado tacto oriental. Si el visitante quiere algo más que plática, debe pagar la salida de la chica, unos 20 dólares y negociar, por una cantidad similar, el precio del amor. Pero Nana Plaza va mucho más allá, en los locales de los pisos superiores hay shows de travestismo, nudismo, globos, burbujas y todo tipo de desviaciones hasta llegar al quinto piso donde sin simulación se promocionan espectáculos de zoofilia: mujeres teniendo sexo con monos o perros.

Durante varias noches a la hora de la cena me toca compartir mesa con los veteranos del amor que se compra. Un noruego repite una frase que leí en Lonely Planet, “no vine a Bangkok por los templos”, después me cuenta que en una semana ha estado con ocho chicas y que viene de Filipinas, donde el sexo es más barato. Sin embargo me hace una confesión extraña, se ha enamorado de una filipina y piensa regresar por ella para casarse en diciembre. En Tailandia se da un fenómeno similar, quizá sea que el poder de la soledad se impone a la necesidad del comercio, un romántico diría que la fuerza del amor siempre superará al dinero, porque es común ver parejas de hombre occidental y mujer tailandesa en las numerosas oficinas de trámites para matrimonios con extranjeros. Quizá todo se explique porque incluso dentro de las naturalezas más inmundas y cosificadas existe un espacio para crear lazos y sentimientos humanos.

Mi pasaporte es revisado y avanzo por un amplio pasillo de cristales hacia el avión que veinte horas después aterrizará en Londres, entonces mis sentimientos de turista nostálgico afloran. Tailandia y su gente, su dolor, sus extravagancias, su sordidez, su cultura, el misticismo de sus templos, la santidad de sus mojes. Al final de todo las sonrisas y el gran corazón de su gente. A lo lejos los pesados nubarrones del monzón avanzan con lentitud de elefante hacia Bangkok, ciudad de ángeles donde también pueden encontrarse pasadizos que conducen directamente al corazón de las tinieblas.


Abajo, fotos del último día en Ayuthaya.







Sunday, August 05, 2007

Los caminos imposibles


Finalmente después de recorrer templos y templos compro mi boleto hacia Pai, una de las últimas poblaciones que aparecen el mapa del norte de Tailandia. El camión indicaba Tercera Clase, pero nada me hizo sospechar lo que vendría. Una vez Daniela y yo tomamos un camión en tercera clase de Oaxaca a Puchutla y cuando por fin pudimos bajar juramos nunca más intentarlo. El camión al que me subí hace ver a los guajoloteros oaxaqueños como un servicio de primera en British Airways. Básicamente había cuatro inconvenientes:
  • El espacio entre asientos estaba planeado para niños de kinder, por lo que tuve que sentarme entre el asiento y la “nada” del pasillo.
  • No está previsto que los pasajeros de tercera clase viajen con equipaje, por lo tanto las mochilas o maletas deben ir o sobre las propias personas o en el pasillo donde serán aplastadas por los demás.
  • El chofer tiene la ferviente convicción de que donde deberíamos caber 20 cabíamos 32, así que una señora que no alcanzó asiento no tuvo más opción que sentarse sobre mi pie derecho durante las 8 horas que duró el viaje.
  • Como el aire acondicionado es un lujo vedado a los que viajan con bajo presupuesto la ventilación fue sustituida por un aerodinámico agujero en el pasillo del autobús. Desafortunadamente dicho agujero también representaba una desventaja ya que el pie de un pasajero podía caer directamente a la carretera y con la consecuente pérdida de la extremidad.

Afortunadamente las ocho horas transcurrieron. Largas, exasperantes, sudorosas, incómodas y ciertamente dolorosas pero lo logramos. En Pai prácticamente sólo hay algunos hostales, un bar de hippies y un 7-eleven. Al día siguiente me levanté temprano para llegar al campo de refugiados de Phangmaphea. Previamente había contactado al dueño de un negocio de motocicletas que prometió llevarme a una comunidad china llamada Mae Paeng donde debería buscar a un tal Mr. Jang que habría de llevarme a su vez al campod e refugiados a unos 80 km al norte. El monzón se hizo presente desde la noche, así que cuando llegué con el de las motocicletas me dijo que no podría llevarme, que el camino estaba demasiado lodoso, que esperara o caminara los 10 km que separan a Pai de Mo Paeng. Busqué otras opciones son el mismo resultado, o caminaba o caminaba. Diez kilómetros no son demasiado, hay lodo, cierto, pero seguramente podría lograrlo en una hora, pensé. Nunca me había equivocado tan profundamente en cuestiones geográficas. Los diez kilómetros me tomaron cuatro horas de caminata entre la lluvia, el fango, cientos de ranitas y sapos que invadieron el camino y los dedos de los pies con el aspecto de haber visitado un tratamiento de barro en un spa. Eran las 12:30 del día cuando llegué Mo Paeng, aún llovía y como pude pregunté por Mr. Jang. Su casa era la más alta en el cerro de la comunidad, pero ya estaba cerca y una subida más no representaba ningún reto. Toqué la puerta de su casa que afortunadamente tenía un letrero de FAO (Agencia de Naciones Unidas para la Agricultura) y después de media hora salió una mujer para explicarme que Mr. Jang estaba en la cercana comunidad de Mae Hong Son, que probablemente aceptaría llevarme a pesar de la lluvia pero para llegar habría que caminar 15 kilómetros más porque el camino estaba literalmente “intransitable”. En ese momento me di cuenta que no llegaría al campo de refugiados ni a ningún otro lugar. Supongo que la mujer vio un poco la desolación con que le dije “¿15 kilómetros más?” porque amablemente se ofreció a regresarme a Pai por la tarde si escampaba, necesitaba llevar a sus hijo al doctor y no me cobraría el transporte. Le tomé la palabra por sentido común y horas después recorrí de regreso aquel lodazal a bordo de una 4x4 que apenas pudo superar los caminos imposibles del monzón. Nos tomó cuarenta minutos. Regresé empapado y exhausto. Al día siguiente debía estar en Bangkok, esta vez la experiencia se impuso, regresé a Chiang Mai en una Van Express y en vez de un tren tomé nuevamente el riesgo de volar en los viejísimos aviones de las líneas aéreas tailandesas de bajo costo.









Tuesday, July 31, 2007

El camino del norte

Tengo cuatro días de libertad así que compro un ticket de segunda clase en un vagón dormitorio para el tren a Chiang Mai, en el noroeste de Tailandia. Esa misma noche salimos puntuales a las 9:20 de la noche y me ha tocado la suerte de dormir en la litera alta y junto a una ventana en ese vagón dormitorio donde habremos unas 40 personas, la mayoría thais y algunos mochileros que duermen celosamente abrazados de sus pertenencias siguiendo la paranoia preventiva del lonely planet. Desafortunadamente mis expectativas de comodidad no se cumplen: las diez horas de viaje parecen cuarenta, apenas puedo dormir y cuando llegamos sigo sintiendo el vaivén del tren en lo más profundo del equilibrio por varias horas.

Chiang Mai se encuentra en el corazón del Asia budista, cerca de la zona llamada el ‘triángulo dorado’, que es el punto donde intersectan las fronteras de Burma, Tailandia y Laos. La posición de esta zona la hace estratégica para el negocio de las drogas provenientes de Asia central, para el tráfico de mujeres que se unirán al colosal negocio de la prostitución en Tailandia y para los refugiados e inmigrantes que escapan de la opresión y la miseria de los regímenes militares de los vecinos tailandeses. Mi meta es llegar hasta el remoto campo de refugiados de Phangmaphea, que alberga unas 6,000 personas que esperan asilo político desde hace casi una década. El plan original es utilizar Chiang Mai sólo como ciudad de paso, pero cuando leo acerca de sus 300 templos budistas y su ferviente entrega a la religión decido pasar allí la noche. A la mañana siguiente inicio el recorrido por los lugares de la fe, después de ocho horas de caminar literalmente como perro apenas he visitado unas treinta wats o templos y el hambre y el cansancio comienzan a alejarme de mis ambiciones de haber visitado al menos cincuenta templos en un día. Estoy en Wat Suan Dok cuando un monje de edad avanzada me llama y entre palabras en tai, señas y la obsesiva repetición de la palabra “Chaaá” me lleva del brazo hasta una mesita afuera del templo, donde otro monje mucho más joven mira pasar la tarde. El monje joven me explica que ese templo tiene un programa llamado “Monk Chat” (plática con el monje, en inglés), donde los visitantes pueden platicar con un monje acerca de budismo, cultura tailandesa y al mismo tiempo ayudar al orador a practicar su inglés. Así que de nuevo estoy en una entrevista, esta vez totalmente inesperada y algo comprometida. Su nombre es Saduik, tiene 23 años y estudia teología en la universidad de Chiang Mai, ha sido monje desde los siete y terminará en uno más. Le pregunto sobre su vida cotidiana: levantarse a las cinco de la mañana, meditar, salir a buscar comida que la gente les obsequia para el desayuno, ir a la escuela, regresar a las cinco de la tarde para la cena, después dos horas libres para ver televisión, platicar con otros monjes, leer el periódico o meditar, a las siete de la noche. Saduik puede ver a su familia una vez ala año y cuando termine la universidad puede renunciar al templo y hacer una vida “normal” (hijos, empleo, etc.), sin embargo a mi pregunta de qué decidirá al respecto responde que seguirá siendo monje, que quiere dar clases y escribir un libro sobre teología y la visión budista del mundo. Tiene una expresión tímida y sencilla, m mira nerviosamente cuando le pregunto si puedo tomarle una foto pero de su voz siempre emana una energía positiva y una sonrisa permanente. Al final me pregunta si soy feliz y antes de que pueda responder con un monosílabo me dice “esa es una pregunta para ti mismo, no me la tienes que contestar a mí… no es fácil, ¿verdad?”. Le tomo una foto al monje mayor, el que me llevó casi por la fuerza a la entrevista y me despido de estos hombres cuyo desprendimiento material sólo les permite poseer sus sonrisas y su amor por la comprensión de la vida.





Thursday, July 26, 2007

El cielo en llamas de Phuket






El rostro de la opresión


Un día después de dos encuentros incómodos con la policía tailandesa salgo con Htung Htung, trabajador social de GHRE a repartir información sobre los recursos legales en caso de un inmigrante sea detenido, pero sobre todo a recaudar datos sobre las acciones del gobierno contra los migrantes burmeses. Así que no me queda tiempo para pensar en los riesgos de una motoneta en la autopista Phuket-Krabi y salimos a recorrer todos los lugares escondidos al turismo y a la opinión pública de este lugar. Uno a uno penetramos en los cinturones de miseria que se ocultan tras las monumentales obras de los nuevos Resorts. Disimulados entre el verde de la maleza, detrás de bodegas, escondidos después de los tiraderos de las obras, encontramos grupos de casuchas de aluminio y tablas donde las familias de los trabajadores burmeses de la construcción viven en una clandestinidad indómita: sin agua, luz o cualquier servicio básico que podamos imaginar.

Cada vez que detenemos la moto salen diez o quince mujeres –es de mañana y los hombres estan trabajando- asi que Htun Htun empieza a preguntar en burmés y después me traduce entre señas y un inglés apenas descifrable las humillaciones a que están sometidos los que cometen el delito de migrar a Tailandia ilegalmente. Apuntamos cuántas mujeres, cuántos niños, hombres, personas enfermas. Preguntamos cuántas veces ha venido la policía, nos dicen que cada vez que alguien es detenido pierde aproximadamente dos semanas de sueldo (unos 20 dólares americanos). Nos enseñan sus fuentes de agua, sus botiquines de primeros auxilios, su angustia por tener un niño enfermo y no poder ir al hospital por el miedo a encontrar un policía, a ser requeridos de una identificación, de un documento que los acredite como mereedores de un servicio elemental. Así encontramos 7 barriadas, unas mil cincuenta personas tan sólo en una zona del tamaño de Polanco, y la situación continúa igual o peor al norte, donde el auge del turismo hace necesaria la mano de obra barata, explotable, atemorizable.

Ya casi en la noche, en la última barriada que visitamos nos avisan que un trabajador ha sido golpeado por no traer dinero suficiente para cubrir la “mordida” de su liberación. Así que regresamos por Bob, médico americano del American Jewish Service (Servicio Judío Norteamericano) y ahora me toca la odisea de manejar una camioneta que tiene el volante del lado derecho (como en Inglaterra) por los 10 kilómetros de autopista que nos separan de la oficina. Afortunadamente no es nada grave, una herida de 6cm en el pómulo derecho, tuvo suerte, un poco más arriba pondría en grave riesgo el ojo. Mientras los doctores atienden al aún tembloroso paciente sus sobrinos observan la curación y nuestra visita con la ávida curiosidad de todos los niños de diez años. Son niños todavía y ya saben del temor, de ser un clandestino, de su origen que los diferencia y los segrega, por culpa de su nacionalidad, de ser hijos de esos padres que trabajan 10 horas al día por la mitad de un sueldo regular tailandés no tendrán derecho a salir a la calle sin la zozobra de ser extorsionados, golpeados o deportados. ¿Cuanto faltará para que su mirada infantil cambie por ese rostro triste, miedoso, humillado de la opresión?Al salir nos piden que veamos a otro enfermo. Esta vez el panorama no es alentador. Un hombre de unos treinta años yace en la oscuridad del hirviente cuarto de láminas. Lo han llevado al hospital pero le negaron la atención, ha perdido 10 kilos en los últimos tres meses. Sólo está débil y su rostro se ve profundamente cansado, demacrado, con esa mirada que delata un cuerpo que pierde las ganas de vivir. Bob lo interroga y lo revisa: síntomas, historial, peso, presión, ritmo cardiaco. Al final le dice que vaya mañana mismo a la oficina, necesita una prueba urgente de VIH. La sola mención de la palabra SIDA crea un silencio que sólo se rompe por los mosquitos que penetran las rendijas del techo. Afuera los cinco hijos y la esposa del paciente esperan. Sólo me queda desear con todas mis fuerzas que a su drama de miseria no se agregue el drama de una enfermedad incurable, contagiosa y mortal.

Ahora, ¿qué es lo indignante y doloroso de esta miseria si podríamos argumentar que existe en muchas partes del tercer mundo? Lo cruel de esta pobreza es que se basa en la explotación. En la zona de Phang-Nga no hay escasez de agua, hay una excelente cobertura eléctrica, la población Thai de bajos recursos tiene acceso a servicios de salud y educación. Sencillamente esta pobreza indigna porque está planeada, porque desde el gobierno militar se ha decidido privar a los inmigrantes de toda herramienta que les permita vivir sin temor, porque no los quieren educados ni organizados. Los inmigrantes aquí sólo sirven para aceptar sueldos ridículos a cambio de jornadas de trabajo de 10 horas diarias. Esa es la gravedad de su miseria, ése es el dolor de los que sufren porque un sistema social se coordina para oprimir con el engranaje de la fuerza a los que en su mirada reflejan el rostro de una opresión que no cesa en tierra propia o extranjera
.