Sunday, April 26, 2009

Las guerras de la radio

En una oficina no hay objeto más codiciado y causante de conflictos que el radio, o el control del radio. Su dueño o dueña tienen el poder absoluto para decidir qué se escuchará y pocas veces la democracia se impone a la tiranía radial. En mi trabajo sucede lo mismo, mi compañera Bonnie, de Taiwan-Canadá, posee el control de dicho aparato y ejerce su poder como lo haría cualquier dictador, es decir, sólo las estaciones que le gustan, o que aprueba. El problema es que su gusto se reduce a una estación, BBC radio 2, que está enfocada a adultos alrededor de los 30 con música pop que en teoría debe levantar el ánimo y poner un ambiente de buena vibra en el lugar de trabajo. La primer semana, quizá el primer mes, ni siquiera noté la música de fondo, el tiempo se me iba en entender mi trabajo y el acento de los demás. Pero poco a poco me empecé a dar cuenta que Bonnie me estaba exponiendo a altísimas dosis de pop maligno, por lo que me perseguían canciones como ‘Like a prayer’ de Madonna, o ‘Mamma mia’ de Abba, ‘Never gonna dance again’ de George Michael, que se metían en mi cabeza y se repetían una y otra vez, y me llenaban de zozobra pues a la siguiente mañana me sentía ansioso hasta que las escuchaba nuevamente para que el ciclo comenzara de nuevo. Me pasaba por semanas, me atormentaba una canción de Celine Dion y después me atacaba Cyndi Lauper, me recuperaba de Candle in the Wind y ya estaba Dancing Queen infectando mis neuronas. Viví hace un tiempo hasta que noté que mi celular tiene una función de iPod, así que bajé música desintoxicante y empecé a ponerme un audífono en el momento en que Bonnie sintonizaba su pop maléfico. Pronto descubrí que el celular también tiene radio así que empecé a escuchar estaciones más decentes, Radio1, Xfm o Choice, así, poco a poco, el virus del pop desapareció.

Hace un par de meses mi jefe tomó medidas similares, instaló el iPod y se olvidó del mundo externo. Después, mi otra compañera Juliet empezó a conectar los audífonos de su celular y así hasta que un día noté que sólo dos personas escuchaban el radio y los 6 restantes nos aislábamos con un iPod o un celular. Le pregunté a Juliet que oía y me dijo, Mix, le pregunté a Antony y respondió lo mismo, nuestra becaria escuchaba Mix, no fue coincidencia que el radio de mi celular tuviera la misma estación mientras la dueña del radio subía el volumen para hacer oídos sordos a nuestra personal y casi silenciosa rebelión radiofónica.

Wednesday, April 15, 2009

La maldita primavera...

Ha llegado el tiempo en que de nuevo vemos el sol, el clima mejora y al verde de esta isla le brotan todos los colores que una flor pueda tener. En los jardines, en las paredes, casi hasta en la basura nacen flores, y todos estornudamos con el polen y tenemos que tomar pastillas contra su hayfever, pero las pereferimos por siempre porque marcan el final del invierno.






Friday, April 10, 2009

Viernes Santo

Esta tarde de lluvia y nubes me hace recordar otros, muy lejanos viernes santos. Desde mi ventana Londres luce vacía y silenciosa, como si todos sus ejecutivos y sus inmigrantes y sus locos se hubieran ido o hubieran tomado un descanso a su frenética normalidad. De pronto cesa la lluvia y vuelvo a escuchar ese silencio insoportable, esa tranquilidad de luto que marcaba mis viernes santos. Esa fecha era para mí un oasis entre el misterio y la fiesta. La ceremonia comenzaba desde el jueves por la noche. Al caer la tarde la oscuridad se llenaba de velas, de aroma de flores, de imágenes cubiertas con trapos púrpura. Salíamos a la visita de las siete casas, siete destinos como siete velorios, siete iglesias en riguroso silencio, con la curiosa diferencia que a la entrada habían viejitas que regalaban panes sin sal o crucecitas de palma a cambio de unas monedas. Ahora recuerdo esos viernes como un larguísimo recorrido, no de siete, sino de cientos de iglesias, todas a medio alumbrar, todas pobladas por voces que sonaban a velorio, todas con santos terroríficos cubiertos con sagradas mantas púrpura de duelo. Recuerdo en especial las iglesias en los pueblitos cercanos a Texcoco, sus mujeres cubiertas con velos, susurrando oraciones de luto que me asustaban y me hacían pensar en mariposas negras, para ahuyentarlas me quedaba sentado sin moverme junto a mi mamá o mis abuelos, seguramente la inmovilidad me haría invisible en ese silencio. Esas noches me oprimían el pecho, como si la noche respirara el presentimiento de un acontecimiento terrible, y me iba a dormir con sentimiento de terror y fascinación al imaginar qué estaría sucediendo dentro de las iglesias a la media noche.

Una noche de jueves santo me desperté y desde la oscuridad escuché la lluvia y el impulso de salir al balcón, de mirar el aguacero cayendo sobre la calle vacías, de escuchar la música del agua y mirar por horas, hipnotizado, el ritmo de la lluvia y su contraste con el alumbrado de la ciudad. Salí en silencio, afuera la calle lucía como en mis sueños, más sola quizá, encharcada y fascinante. Entonces la vi, caminando a media calle, cubierta con el velo de mariposa negra y avanzando con la lentitud que permitía la fragilidad de sus huesos. Me paralizó el miedo, traté de no moverme, de no respirar, de escurrirme lentamente a la casa de nuevo, pero me vio, me miró con la mirada más triste y desolada que he visto jamás, me clavó esa mirada de noche profunda, de lago oscuro, se detuvo en mí un instante en el que no cabían parpadeos y siguió su camino, como si el segundero de un reloj le indicara los pasos de su muerte. Ahora creo que lo soñé, pero esa visión secreta fue a la vez íntima y perturbadora, me asustaba recordarla y me llenaba de placer ser el portador de semejante misterio.

El viernes en cambio era un día de fiesta. A pesar de las prohibiciones para ver la televisión o escuchar el radio, el viernes santo llegaba buena parte de la familia. Ante la prohibición sobre la carne roja comíamos romeritos, chiles rellenos, bacalao, aguacates con atún, pescado y todas las delicias con que se hace la penitencia de cuaresma. Conforme el día avanzaba comenzaban los cohetes, y otra vez los rezos y los cantos, la procesiones de arrepentidos que arrastraban los pies y soportaban el furioso calor de la cuaresma. Y poco a poco la fiesta se tornaba gris y el aire se llenaba de humedad y olor a tierra mojada. A las tres de la tarde, nos llamaban a rezar, un credo y otro tanto de padresnuestros y avesmarías. A las tres de la tarde murió Jesús, me dijo mi abuelita, y no me sorprendió que a esa hora se notaran más negras, más sombrías y silenciosas todas las cosas del mundo; yo suponía que de alguna manera era la tristeza de Dios.

A veces llovía. A veces sólo me quedaba la imagen del cerro de La Purificación y su cruz de piedra en la cima. El viernes se terminaba y con él ese misterio que sólo sucedía en esa fecha del año, hasta que un año se acabó, y no hubo más misterio ni rezos, ni oscuridad a las 3 de la tarde, ni panes sin sal ni señoras que se aparecían en las pesadillas. Sería quizá porque mis abuelos ya no estaban, o porque el mundo cambia o porque uno mismo se vuelve otro y otro. Pero hoy, que es viernes santo y miré las tres de la tarde de Londres y pensé en ese tiempo cuando la misma hora me llenaba de todas esas visiones que hoy se ven tan lejanas.



Sunday, March 29, 2009

Viajes y abandonos


Hace poco más de un mes fue mi última entrada en el blog. Creo que desde que empecé a escribir nunca lo había abandonado por tanto tiempo. Todo es culpa de Londres, no hay más responsables. En esta ciudad el tiempo se evapora, o se pierde, o se deshace con la lluvia, o se lo lleva el viento o no sé que diablos sucede. Uno empieza una mañana de lunes y 20 minutos después ya es viernes, la vida fluye tan rápido que apenas da tiempo de trabajar, comer, transportarse y dormir. Y claro, el fin de semana una fiesta, un museo, una caminata bajo el recién estrenado clima de primavera y ya, no hay tiempo de escribir. La verdad es que en el fondo acepto mi culpa por dejar abandonado mi blogcito que seguramente ya nadie visita, pero por si llega algún despistado, abajo unas cuantas fotos de un viaje por Escocia.


Resulta que a finales de febrero fui enviado a una ciudad norteña llamada Carlisle a dar una conferencia como parte de la Fairtrade Fortnigh (Quincena del Fairtrade), que es algo así como un Julio Regalado pero con pago justo a los productores del tercer mundo. Total, mi conferencia era en viernes por la mañana así que lo mejor era llegar un día antes y caminar por el pueblo y conocer un poco y todo relajado. Pero no, el destino puso nubes negras en mi camino desde que salí del trabajo. La Victoria line del metro estaba cerrada así que no quedó más opción que el bus entre el pesado tráfico de las 5 de la tarde. Por azares logísticos tenía que hacer una escala en la tienda Mac de Regent Street, que tiene tanto tráfico como Eje Central esquina con Bellas Artes. Afortundamente los de Mac fueron eficientes como en anuncio de tv. Por lo que asumí que iba bien de tiempo, salí y que tomé la central line en Oxford Street para la estación de trenes de King’s Cross. Cuando llegué supe que el destino estaba en mi contra: dos mil o más personas esperaban el metro y no cabía literalmente nadie, además los letreritos naranjas de la estación anunciaban retrasos. Temí por mi tren, que salía a las 5:58pm, pero utilicé todas las habilidades aprendidas en transbordes complicadísimos del mundo como Pino Suárez y el Rosario, y logré entrar en el tercer metro que apareció. Todo parecía ir mejor, llegué a King’s Cross a las 5:45, me senté, pensé en comprar una botella de agua y miré la pantalla para ubicar la plataforma de salida del tren. Entonces noté que no había ninguna salida a las 5:58. Temiendo lo peor saqué el boleto y sí, sucedió lo peor: el boleto era para un tren que salía de Euston, me había ido a la estación equivocada. Imbécil de mí, pensé, y después de recetarme una letanía de palabrotas salí a buscar una posible solución. Euston está a una sola estación de metro, por lo que podría lograrlo. ¿Podría en 12 minutos? Busqué un sitio de taxis, no tenía efectivo, necesitaba un cajero, necesitaba un bus, necesitaba tomar ese tren. Llegué a un mapa de transportes y en efecto Euston estaba a 5 minutos en bus, así que corrí, me subí a otro doubledecker y volví a correr hacia los adentros de Euston. Eran las 5:58. Afortunadamente la plataforma de salida estaba cerca, un guardia revisó mi boleto y me dijo sonriente: eres el último. Y lo fui. subí mi maleta al tren e inmediatamente arrancó. Casi no lo creía, aún respirando agitado miré Londres escurrirse en las ventanas del vagón, le marqué a Daniela y le dije, “no sabes lo que me acaba de pasar...”.


La conferencia es tema de un post aparte. Después de Carlisle fui a Edimburgo, donde me alcanzó la mujer y recorrimos dicha bellísima ciudad y después fuimos por la highlands y claro, a un sueño de mi niñez. El lago Ness. Con todo y que el monstruo y la leyenda puedan ser una farsa valió increíblemente la pena. Abajo las fotos.








Tuesday, February 17, 2009

Competencias sobre ruedas

El mundo del ciclismo urbano, que es relativamente nuevo para mí, funciona casi como regla la cortesía y el compañerismo, aún en una ciudad individualista y con prisa permanente como Londres. En este último mes he empezado a conocer a los otros ciclistas que se cruzan por mi camino y ellos a mí, al grado que algunos esbozan un saludo (cosa rara en esta ciudad) cuando nos encontramos en algún semáforo o al pasar fugazmente por nuestra rutas opuestas. Pero también es un hecho que encontrar a un ciclista siguiendo el mismo camino implica una competencia. Entre los ciclistas, como entre los conductores, no hay mejor alimento para el ego como demostrar la superioridad rebasando al prójimo. Cuando empecé a cletear hacia el trabajo era normal que cualquier bicicleta me rebasara: jóvenes, viejos, casi niños en triciclo, mi condición apenas me daba las fuerzas para llegar exhausto a mi destino. Pero la experiencia hizo su obra y ahora es normal que rebase a los lentos, a los principiantes, a los cansados y sólo me lleven la delantera los profesionales que atraviesan Londres en mallitas de colores a bordo de bicicletas de carrera.

Ayer precisamente me ocurrió la más intensa de esas competencias. Acababa de entrar a Brixton Hill, a la altura de Vassal Road; como su nombre lo indica la colina de Brixton es una larga cuesta que se dirige al sur y para mí termina en el trabajo. A lo largo del recorrido se empieza a sentir el clamor multicultural de Brixton, pubs latinos, restaurantes africanos, tiendas hindús, grupos de edificios que dan hogar a miles de migrantes de todos lados del mundo. Estaba pues entrando a esta calle cuando me rebasó una señora. Me fijé en su bicicleta, era el mismo modelo que la mía y su conductora tendría el doble de mi edad, por lo que en lo más hondo de mí surgió el ciclista voraz que se preguntaba cómo era posible que una señora tan grande me rebasara de esa manera. ¿Qué iba a pensar de mí el supuesto público que vio como me pasaba al doble de velocidad? Así que empecé a pedalear con todas mis fuerzas y me lancé en su persecución. La alcancé a la altura del Jamm, un pub en el que por las mañanas se lavan coches, entonces, la señora que quizá ni me había notado, entendió que pretendía dejarla atrás. Al más puro estilo de competencia olímpica dio un vistazo hacia atrás, aceleró el ritmo y se movió hacia el centro del carril para no dejarme pasar. A los lados circulaban los coches normalmente y no podía arriesgarme a morir por una competencia tan absurda, así que seguí detrás de su bicicleta, intentando por momentos abrir un hueco para pasarla. Pero no, ella estaba empeñada en ganar (¿ganar qué?), pedaleaba con fuerza y yo empezaba a sentir la marca del esfuerzo, el corazón se me salía y me dolían las piernas, pero seguía empeñado en rebasarla. Seguimos así por unas ocho cuadras hasta que un semáforo en rojo paró en seco a mi competidora. Lo que ella no sabía, o no consideró, fue que el semáforo de Villa road es sólo para peatones, no hay riesgos si uno se lo pasa. Ella respetó la ley y yo seguí de largo hasta llegar a la imaginaria meta del semáforo en la esquina de la Brixton Academy. Allí me alcanzó, jadeante se detuvo a mi lado y me lanzó una sonrisa mientras yo daba vuelta hacia el estacionamiento de mi trabajo. Mi primer competencia ciclista contra una señora había sido un éxito.

Wednesday, February 04, 2009

Nieve en Londres

Y cuando despertamos la nieve estaba allí. Desde la ventana parecía poca, pero bastó abrir la puerta que da a la calle para sorprendernos con veinte centímetros de hielo acumulados por todas partes, cubriendo los carros, los techos, cualquier superficie a la intemperie había sido víctima de su invasión. Yo, que apenas había visto semejante espectáculo una ve en mi vida, no pude sino caminar con cuidado entre el piso resbaloso y tocarla, sentir ese frío suave entre las manos y desde mi tropical percepción latina volví a sentir que aquello parecía el relleno de un coctel sin lo pegajoso.

Veinte centímetros de nieve bastaron para paralizar a Londres. Los 5000 autobuses que mueven a esta ciudad se quedaron guardados dándole el día libre a los que necesitan un ruta de bus para llegar al trabajo. Tampoco había trenes, tranvías y sólo funcionaban algunas líneas del metro. Daniela, que heroicamente había salido a trabajar, ya estaba de regreso. Ninguna de sus compañeras logró llegar. En la casa, Iván y Karol se preparaban para salir a hacer muñecos de nieve, las escuelas habían suspendido las clases y las carreteras no eran recomendables. Caminé por Dover Street y la poca gente que había salido caminaba con la precaución y el contoneo de los patitos en el suelo. Cerca de la estación de Borough, en un parque, la gente comenzaba a construir castillos, muñecos y a organizar la guerra de bolas de nieve. El ambiente estaba allí, la nieve me esperaba, imploré a los dioses del clima que montañas de hielo obstruyeran el paso de la Northern Line y que la Victoria Line estuviera inundada, sólo así me salvaría del trabajo. A esa misma hora millones imploraban por un milagro similar, cuatro millones fueron complacidos. No sé si mi condición fue la de una petición no cumplida o la de un acto heroico. El metro funcionaba y resignadamente me dejé llevar por el elevador de Borough. Atrás quedaban toneladas de nieve, caminatas al lado del río medio congelado y la diversión pura de no ir al trabajo a causa del clima. Con mi causa no hubo consideraciones, el metro funcionó normalmente, llegué a la oficina y los pocos que lograron transportarse me miraron atónitos “Estaba seguro que no lograrías llegar, te hubieras quedado en casa…” me dijo mi colega Antony mientras miraba más nieve caer al otro lado de la ventana.






Sunday, February 01, 2009

Saturday, January 24, 2009

Al sur, muy al sur


Se dice que más vale tarde que nunca, pero en ningún lugar esa frase ha tomado tanto sentido como en Chiapas. Aún cuando lo tuve muy cerca, en la mente, en el corazón, por el conflicto zapatista, por Sabines, por Rosario Castellanos, la ruta del sur siempre estuvo lejos de mis pasos. Era tanto lo que me habían dicho y tanto lo que esperaba, que incluso temía decepcionarme, encontrar menos de lo que imaginaba. Ahora puedo decir que me quedé corto y que cualquier expectativa fue abrumadoramente rebasada, en todos los sentidos.

Basta con recordar la vista del cañón del sumidero. Estamos sentados en el embarcadero del río Grijalva. Hemos desayunado un plato increíble de cochito y después un jícara del pozol mítico de la esquina de la Iglesia de Chiapa de Corzo. El sol cae a plomo y somos los únicos turistas esperando a que se junten los 12 pasajeros reglamentarios para el paseo en lancha. Lo minutos pasan y nadie aparece, dentro de mi ansiedad comienzo a considerar seguir de largo hasta San Cristóbal, pero Daniela asegura que el Cañón es imprescindible. Veinte minutos después la lancha comienza a deslizarse por el Grijalva, a la lejanía sólo se ve la misma ribera, tremendamente verde y tupida de vegetación, de pienso que quizá ni será tan grande ni tan impresionante. De pronto, casi de la nada, aparece. Estamos allí, diminutos, en el fondo de un cañón de un kilómetro de altura y el lanchero decide apagar el motor. Las marcas del agua se borran rápidamente y quedamos en silencio, nadie habla, nadie se atreve a romper un silencio tan hermoso, sólo miramos, miramos hacia arriba, hacia las paredes de piedra esculpidas por el agua.
Pero Chiapas apenas comienza. Dejamos atrás Chiapa de Corzo y tomamos la carretera federal a San Cristóbal. El camino de los altos es tortuoso, lleno de curvas, la carretera es estrecha y a menudo hay ramas o lodo. Salimos de una curva pronunciada y al lado del camino veo a un grupo de Chamulas cargando leña. Todas son mujeres, niñas prácticamente, y la escena se repite cientos de veces conforme nos internamos en los Altos. Allí están. Ellos, las etnias indígenas, tan auténticos y tan diferentes, tan separados del resto del país por la humillación de la conquista y del racismo, soportando su pobreza y las atrocidades cinco siglos que parecen haberlos olvidado. San Cristóbal aparece después, caminamos frente a la iglesia pintada de amarillo donde hace quince años se logró la tregua entre el ejército y los zapatistas, alrededor pululan los turistas y los niños que los persiguen ofreciéndoles pulseras, más que un pueblo que vivió una guerra parece un pueblo en plena prosperidad. Su arquitectura colonial, su encanto indígena, su ideología atraen visitantes de todos lados del mundo, muchos se quedan. Caminando alrededor del centro encontramos pequeños negocios de argentinos, italianos, gringos. La ciudad Real, como la llamaban en el pasado, es ahora la base de 80 ongs de todos los tipos, que llegaron a Chiapas después de que el EZLN mostró que México ni era un país desarrollado ni comprendía o imaginaba la marginación y la miseria de los indígenas.

Al día siguiente no me siento bien, me duelen los ojos, tengo escalofríos y un sueño terrible. Pero estamos de vacaciones y debemos aprovechar al máximo. Así que recorremos el mercado de San Cristóbal, pero entre la fiebre y el sueño que me cierra los ojos, me queda solo la visión de un lugar donde casi no se habla español y guajolotes miran con resignación a los marchantes que habrán de hacerlos pavo al horno en la navidad. Pero un par de aspirinas me reponen y salimos para San Juan Chamula. Su distribución es la misma que la de todos los pueblos del país, la iglesia principal, imponente, al lado el edificio del gobierno y enfrente una gran plaza sobre la que se ha instalado un mercado. Pero en San Juan Chamula sucede algo diferente. Tras pagar la cuota turística de 20 pesos y con la advertencia terminante de que cualquier foto está prohibida, uno encuentra el interior de su iglesia, distinto, por así llamarlo. No hay bancas, entre la tinieblas y el tenue resplandor de miles de velas, los fieles deambulan de rodillas o rezan sentados en el suelo, llorando, fervorosamente mientras algunos hombres beben pox. El piso está regado con hojas de pino, su aroma se mezcla con el incienso y las miradas graves de los santos que están en cajas de cristal, en fila, al lado de las paredes. Entre el misticismo y los rezos, vuelve la fiebre y lo veo todo más místico, más oscuro e irreal, como detrás de un vidrio opaco por el que veo esa mezcla de ritos indígenas, santos católicos y una fe que simplemente nos deja en la perplejidad, sin capacidad de juzgar u opinar, está allí y es sobrecogedora.

Un día después y ya recuperado de cualquier fiebre seguimos hacia Ocosingo, Toniná, el fastuoso Palenque y las lagunas de Agua Azul. Ya de regreso, en el aeropuerto de Tuxtla sólo me quedaba la impresión de que cualquier expectativa había sido superada. Chiapas es, a mi modo de ver, el estado más complejo, bello y diverso de nuestro país, ojalá pronto pueda volver…

Saturday, January 17, 2009

El camino al trabajo (con niebla londinense)

Desde la ventana: gris amanecer


El carril de bicicletas


Elephant & Castle












El parque de Kennington


Los repartidores malacopas...



La arquitectura como de Tlaltelolco en pleno Kenington



Y unas cuadras más adelante: el empleo...

Sunday, January 11, 2009

No es tiempo para despedirse

Hoy que es luna llena, o casi luna llena y que estoy lejos, muy lejos, como ya se me va haciendo costumbre, no puedo dejar de pensar en él, uno de mis mejores amigos, y de que mientras miro la neblina de Londres él lucha por salvarse. Desde hace trece años es, y ha sido, esa presencia que con sencillez podría definir como a un hermano, aunque su mundo, sus percepciones, su consciencia sean tan diametralmente distintas de la mía. Ahora prefiero recordarlo cuando era yo el de los problemas y él se limitaba como siempre, a mirar con cara de tremenda preocupación, suspirar con toda su resignación canina y a echarse esperar que las penas se diluyeran en su única solución: el tiempo. Ahora de ese misma esencia, del tiempo, depende su existencia y yo, desde mi isla, no puedo sino respirar hondamente y esperar que este tiempo sea de esos que terminan con las angustias y que al final de la espera él siga como siempre ha sido, feliz, mimado, con un rabito como radar, lleno de emoción para dar la bienvenida y amigo, amigo por siempre. Confío en que el tiempo de despedirse aún no llega y desde esta noche me limitaré a seguir su ejemplo, suspirar hondamente, apagar el cigarro y seguir con esta cara de preocupación hasta que el tiempo haga su trabajo.

Monday, January 05, 2009

Hola y chau

Los enormes motores del jumbo arrancan. Desde mi asiento, un poco adelante del ala izquierda, apenas se escucha un zumbido, las luces que se apagan y México, que acelera y desaparece con la misma velocidad con que el aparato se eleva. Unos minutos después, la ciudad de México, su enorme resplandor naranja en el cielo de las 8 de la noche, mi familia y mis amigos, quedan de nuevo atrás. Unos 25 días antes miré la misma escena en sentido contrario y más bien se me salía el corazón por haber regresado a mi país, después de casi dos años y medio de exilio voluntario.

Regresar, después de tanta ausencia, implica una descarga de adrenalina mezclada con recuerdos y emoción, emoción pura, como cuando encontré a mi mamá y mi tía, que nos esperaban en llegadas internacionales. El tiempo había pasado, estábamos quizá más viejos pero nos veíamos con más ganas que nunca, tanto, que no hubo tiempo para las lágrimas, sólo una sonrisa que apenas cabía en una sala de aeropuerto. Volver también implica ver cosas que antes parecían invisibles, esas simplezas que de tan cotidianas que se vuelven insignificantes cuando uno está en su tierra. Salimos del aeropuerto y enfilamos por Fray Servando, al doblar en Topacio, el mundo seguía igual, las prostitutas adolescentes recargadas afuera de cantinas y tiendas de bicicletas, unas cuadras más adelante, una pista de hielo enorme y millonaria, en los semáforos, los niños, los indígenas, los de siempre, los que nada tienen, trataban, como cada noche, de ganar unos pesos para la cena, el activo, la chela o lo que fuera, lavando el parabrisas de los coches que valen miles de veces lo que ganarán en una vida. Eso es México, ese soplo de viento que oscila entre la región mas transparente y el hollín asmático de sus chimeneas. Desde la ventana del auto transcurre una noche de viernes, como lo habíamos prometido, antes de cualquier trámite nos detenemos en una taquería, si no mal recuerdo, en la calle de Eligio Ancona, a dos cuadras del kiosco de Santa María la Ribera. De nuevo a las extrañadísimas delicias culinarias, en una taquería cabemos todos, las familias que salen a cenar en la noche de viernes, los solitarios que regresan del trabajo, los borrachos, los que apenas van, los que se ganan unas monedas guitarra en mano, los que regresamos después de una larguísima espera.

Wednesday, December 03, 2008

Hoy, con Londres a 2 grados

Hoy tengo muchas, muchísimas ganas de volver.

De mirar otra ciudad, más poblada, miles de veces más caótica, con otros ritmos y otros pasos, con olor a fritangas y noches con puestos de comida en las puertas de las casas, con sus avenidas saturadas por un tráfico obsceno, con sus contrastes y la humillación de todos sus contrastes. Esa ciudad en la que todo es posible, desde la transparencia insólita en la que se observa el amor de dos volcanes o una mañana gris en las que los pájaros mueren en el vuelo, intoxicados. De mi ciudad, la que conoce mis pasos, la que me ha visto ser tan feliz tantas veces, tropezar de la borrachera, la que me enseñó a leer, a tener amigos, a manejar, a desarrollar olfato ante el peligro. Esa ciudad hostil y cálida, que con sólo abrir la puerta puede significar riesgo o la perdición de unos ojos hermosísimos, oscuros, hondos.

Y lo mejor es que hoy Londres y su invierno no me pesan, porque en horas, unas cuantas horas habré regresado. Como en una canción, cuento las horas y me muero por volver...

Sunday, November 16, 2008

Londres sobre (dos) ruedas

He olvidado cuándo aprendí a andar en bicicleta, más bien, cuándo me enseñaron, pero desde entonces disfruté como cualquier niño pedalear y sentir esa libertad que sólo se siente en velocidades no permitidas a los peatones. En ese tiempo las dos ruedas de mi bicicleta me llevaron por el mandado, a la lejana papelería “Coti”, al parque Tezozómoc, al Naucalli y a las calles que normalmente no atravesaba caminando. Porque la bicicleta permite conocer un mundo muy distinto del de a pie, más rápido y momentáneo, pero más numeroso e intrépido, porque uno se puede permitir curiosear por lugares que parecen amenazadores, o solitarios, o simplemente desconocidos. Pero a mis 12 años mi historia personal con el ciclismo terminó de manera abrupta. Fui asaltado y despojado de mi bicicleta de montaña para la que ahorré meses. No volví a comprar una ni volví a pedalear por mucho años. Regresé al tranquilo compás de mis pasos, y la vida me llevó a descubrir lugares donde no se puede pedalear (al menos fácilmente), como el centro, sus callejones, sus cantinas y demasiadas partes de la ciudad de México que recorrí a pie, en el metro, en auto. Más de diez años después de la trágica tarde del asalto, regresaba de trabajar y en un impulso que nada pudo detener me compré otra bicicleta. Poco después dejé mi país, la vida que tenía y la bici, que se quedó empolvándose. En Birmingham la universidad me quedaba demasiado cerca y en Londres llegar al trabajo sólo requería una corta caminata, así que me olvidé de los vehículos de dos ruedas. Pero hace un mes, mi amigo Maximiliano, después de un largo desempleo encontró un internship en Bruselas y tuvo que mudarse en una semana, dejando en Londres su preciadísimo medio de transporte. La oferta, aunada a la reciente mudanza y el prospecto de pagar muchas libras de transporte al mes, me hicieron decidirme y compré el vehículo de mi amigo polaco. Así que un lunes Maximiliano se apareció frente a mi trabajo y me entregó casi con lágrimas la bicicleta, el casco, las luces, la mochila del rack, el imprescindible candado y desapareció entre la multitud de Brixton rumbo a su empleo belga. Esa tarde, todavía un poco perplejo y tras una batalla para encontrar la combinación del candado, me subí, sin experiencia en estas calles y me dirigí a la casa.

Como lo imaginé, Londres es otro sobre dos ruedas. En ese primer ensayo avancé sobre Brixton road hasta Kenington, y allí me planté detrás de una ciclista que llevaba buen ritmo y la misma dirección. Jadeando a ratos por la falta de ejercicio, alerta ante cualquier coche que se acercara, llegué a la glorieta de Elephant & Castle y de allí dejé la seguridad del carril de los buses (sólo permite buses y bicicletas de 7am a 7pm) para adentrarme a New Kent Road y pelear literalmente por un espacio para transitar con los coches y los demás ciclistas. Llegué exhausto y feliz. La vista de la ciudad, la libertad, el ejercicio, en fin, Londres con otros ojos. Ya después entré a la página de tfl y obtuve una ruta para llegar a mi trabajo, alejada de las avenidas principales y que ahora es mi camino diario. Con el tiempo, he ganado condición para pedalear media hora de ida y media de regreso con viento, lluvia o frío congelante y sin haberlo planeado ingresé a la tribu urbana de los ciclistas londoners, que incluso después de un despiadado reto de velocidad, tienen la amabilidad de sonreír o despedirse cuando llega la hora de pedalear por diferentes caminos.

Sunday, November 02, 2008

¿Será?



Fui con Daniela al Highgate Cementery, en Camdem, donde está enterrado Carlos Marx y constatamos que cada día más personas van a dejarle flores y a pedirle que resucite y se coma a los capitalistas...

Desconozco si se les hará el milagro, pero el viernes afuera de Euston me encontré este póster, por lo que me temo que con el pretexto de halloween, Marx resucitó y de nuevo está entre nosotros. Por supuesto que iremos al Socialism2008, cámara en en mano buscando señores barbones que despotriquen contra la burguesía...

Monday, October 27, 2008

Tiempos difíciles

Después de años de esplendor económico, Londres despertó a la realidad de los bolsillos rotos de la crisis mundial. Desde que llegué a la ciudad se hablaba de problemas en el sector hipotecario, las casas, por primera vez desde la segunda guerra mundial, bajaban de precio. Hace tres semanas, el pánico financiero sacudió a Londres de su poder de compra de ensueños, que lo mismo daba para que el inglés promedio fuera una vez al año de vacaciones a Dubai o comprara una casa de verano en Portugal. El día que quebró Lehman Brothers, salía de una conferencia en la Fundación para el Comercio Justo, afuera de la estación Holborn del metro, la gente se arrancaba de las manos el London Lite, o el Metro, los periódicos que regalan por la tarde afuera de todas las estaciones. Los encabezados, como siempre, explotaban en adjetivos catastróficos y la gente sólo hablaba de los 700 despedidos aquel día por la quiebra del banco americano. Ya de regreso, mi compañera Juliet, me decía que lo que más le asustaba, era pensar que no podría disfrutar lo que vivió la generación de los noventas, la estabilidad económica, la fortaleza de la libra frente a cualquier otra moneda, la tranquilidad de encontrar un buen empleo después de salir de la universidad. Han pasado muchos días desde aquel primer día negro para los mercados y aún así, los londinenses no dejan de correr y tomar los periódicos después del trabajo, o abrir frenéticamente las noticias en Internet, como si esperaran que de un momento a otro, las noticias los trajeran de nuevo a esa realidad que resultó no ser tangible.


A pesar de todo, la crisis no se ha sentido como tal en las vidas ordinarias, al menos eso pensaba yo. La comida no ha subido espectacularmente, el transporte cuesta lo mismo, la cerveza se sirve igual. Pero mis concepciones cambiaron cuando fui a cortarme el cabello por recomendación de Iván y Daniela a la peluquería de Gloria, en el corazón del barrio latino-africano-árabe de Elephant & Castle. Era sábado y Gloria no estaba allí, pero estaba su suplente, Marta, que también vino de Bolivia en busca de los empleos ansiados por lo migrantes. Marta es morena, de un cabello chino obstinado y una amabilidad ilimitada, mientras me cortaba el cabello me preguntó de dónde era y si me gustaba Londres. Como la mayoría, opina que no hay lugar como su propio país, pero sabe que en Cochambamba no ganaría ni una décima parte de lo que gana aquí cortando el cabello. Lo sorprendente es que el oficio de estilista no es su principal ocupación, de lunes a viernes trabaja haciendo la limpieza en diferentes casas, y los fines de semana trabaja de peluquera, con un ritmo de trabajo frenético que no le da un solo instante para descansar, ni caminar al lado del Támesis o siquiera levantarse tarde en una miserable mañana de lluvia. Descansar no es una opción cuando se tienen tres hijos al otro lado del planeta, viviendo con la abuelita, me dice. Cuando la plática toca el tema de la crisis, Marta dice estar muy preocupada, sobre todo porque la crisis implica más restricciones para los migrantes, ¿tienes visa? me pregunta, a lo que respondo que sí, que vine a estudiar y tengo una visa de trabajo. Ahhh, como todos los de Colombia, que dicen venir a estudiar inglés y se quedan… “Lo mejor es que tengas cuidado, la semana pasada hubieron redadas aquí mismo, en este barrio donde nos sentíamos seguros” me dice. Le respondo que si en febrero por alguna causa no puedo renovar mi visa, regresaré a México, pero Marta tiene respuesta a todas las problemáticas migrantes y categóricamente me dice, que no, que me quede hasta que me deporten, como le hace toda su gente, “Así por lo menos sigues ganando dinero”. Llega la hora de despedirnos, le doy las gracias y antes de salir me pregunta si me gusta Cantinflas, “a mí me dieron ganas de ir a México porque desde niña me gustaron todas sus películas…”. Pago las 9 libras por mi corte de cabello, Marta se queda en la peluquería, con sus jornadas de trabajo interminables; la crisis seguramente me afectará de alguna manera, pero soy muy afortunado por no tener que preocuparme de las políticas antiinmigrantes, de esas faenas de trabajo que quizá no aguantaría. Y claro, entiendo que cuando el rigor económico azote la ciudad, los ingleses se quejarán amargamente de las vacaciones canceladas, mientras muy cerca, en la misma ciudad, otras gentes, deberán salir de su casa esperando no ser deportadas ese día.

Sunday, October 12, 2008

Housespotting

La estabilidad de la vida moderna se basa en el sedentarismo, entre el Homo neanderthalensis y el Homo sapiens sapiens existe además de un abismo de tiempo la distancia que hay entre vagar recolectando fruta y asentarse con la consigna de pagar renta o hipoteca. A mí, después de 25 de habitar en el mismo lugar, de conocer hasta en sus más íntimos rincones la casa donde prácticamente nací, me tocó la suerte de mudarme de país y después de ciudad hasta llegar a Londres. Fue así como el polvo de la costumbre y el hábito de un espacio se sacudió por un delirante periodo de seis meses en el que he tenido tres mudanzas, un récord personal de nomadismo urbano cada dos lunas. Semejante experiencia ha sido agotadora, intensa, a veces angustiosa pero también divertida y por demás extraña. En seis meses hemos tenido housemates de Australia, Uganda y España, nos ha despertado el sobresalto de una pelea conyugal entre nuestros vecinos que terminó en golpes, alaridos, amenazas con llamar a la policía y un final feliz para los que practicaban el amor apache. En los cambios hemos movido maletas en tren, en bus, bajo la lluvia, en la camioneta de un africano que no pronunciaba una palabra ni en el más tormentoso tráfico de un medio día de verano. La pluralidad de viviendas para tan pocos días ha sido grata, siempre se hacen nuevos amigos, se conocen barrios, se desmienten rumores. Para buena parte de los londinenses, Brixton significa pandillas, venta de drogas y la posibilidad de un crimen. Después de vivir allí se entiende que las pandillas y los dealers resultan apenas un tono en el mosaico de su diversidad inconcebible, su mercado que habla 36 lenguas, sus puestos de comida de cuatro continentes, sus negros elegantísimos que salen los domingos cantar en las iglesias gospel, sus sonidos a reaggae y sus olores a especias desconocidas.

Pero sin duda la parte más compleja de esta etapa nómada fue la búsqueda de un lugar donde vivir. Londres, una de las capitales financieras mundiales, es una selva donde compradores, dueños y agencias se disputan hasta el último centavo en comisiones, rentas, depósitos, hipotecas y cualquier forma de obtener ganancias económicas. Dado que acordamos compartir un piso con Iván y Karol, debíamos ajustarnos a los requerimientos de ubicación y precio de los cuatro, lo que hizo aún más compleja la búsqueda. Con el tiempo en contra, iniciamos una búsqueda en agencias, páginas de internet y anuncios en la calle que no daba tregua ni descanso. Salíamos de trabajar y teníamos citas con agentes, despertábamos el sábado y debíamos ver tres o cuatro lugares, nos llegaban mails, textos por celular, llamadas de landlords. Conocimos lugares deprimentes, espectaculares, ubicadísimos, peligrosos, amplios y amontonados. Los agentes inmobiliarios de Londres nos hacían ofertas, explicaban términos, maquillaban cifras desmesuradas llamándolas obligaciones y usaban indiscriminadamente la palabra lovely (encantador) para calificar desde palacios o chozas. La búsqueda fue extenuante y cuando por fin, después de encontrar un lugar, de negociar tarifas, depósitos, seguros y todo lo que implica un cambio, desperté al primer sábado de tranquilidad sedentaria y me hallé extrañando salir a buscar casa. Fue así como descubrí el housespotting, deporte inglés que consiste en conocer los laberintos del mercado inmobiliario de la misma manera en que alguien que practica el trainspotting conoce las complicadas rutas y horarios de los trenes como una absurda forma de matar el tiempo. Afortunadamente para mi salud mental me abstuve de responder a las llamadas de las agencias, a los emails invitándome a ver una magnífica propiedad que el agente estaba orgulloso de mostrar, ni a los textos que describían el lugar donde yo viviría en el más feliz sedentarismo. Hoy, a casi tres semanas de mi última mudanza, me pregunto cómo será la siguiente mudanza, más por morbo que por curiosidad, pero me queda la certeza que cuando llegue la ocasión, conviviré con la jauría inmobiliaria con la felicidad con que los retirados se sientan, cronómetro en mano, en las polvosas estaciones para medir la puntualidad inglesa de sus trenes.

Saturday, October 04, 2008

Mientras tanto, en el palacio nacional...

de un país con un gobierno fuerte y con sólida autoridad y legitimidad...


Sunday, September 21, 2008

Las pictas del Thames-Festival

Después de un verano de temperaturas casi decentes, de días de sol, de festivales, buena música, cerveza y hamburguesas, después de volver a sentir calor, de disfrutar la vista con las londineses que aman los vestidos breves, después del verano, un festival para decir adiós. Y qué mejor que junto al Támesis y para cerrar la luz de la pirotecnia.









Saturday, September 06, 2008

La inseguridad

Ayer en una pausa del lunch, mientras leía tranquilamente las traginoticias en el universal, me preguntó mi jefe qué pasaba en México con los secuestros y las marchas contra los secuestros y los descabezados en Yucatán y los baleados en Chihuahua y ésa que es ahora la violenta realidad de mi país. También me dijo que hubo una marcha en Londres el pasado sábado frente a la embajada mexicana en solidaridad con los que marcharon vestidos de blanco y veladora en mano exigiendo que cese el crimen. Después de un buen rato de plática me preguntó si yo hubiera ido a la marcha y le contesté con un rotundo: NO. La siguiente pregunta fue obvia: ¿Por qué no apoyar una marcha que defiende un fin tan loable como el derecho a salir a la calle sin el temor a ser asaltado/secuestrado/violado o todo al mismo tiempo?

Simplemente porque la marcha del sábado pasado carece de dos puntos fundamentales, primero ataque a las causas de la inseguridad, segundo, la mención explícita de quiénes deben renunciar si “no pueden”. Independientemente que la causa ciudadana sea más que justa y que el mal sea padecido por todos los niveles sociales, la marcha tuvo la tibia convicción ideológica de la clase media, ésa que sueña con u nivel de vida que no puede adquirir y que políticamente se comporta como la clase alta: derechista, conservadora y profundamente ignorante. La causa de la inseguridad está anclada en la injusticia social, la ofensiva distribución de la pobreza y la corrupción que genera un sistema social donde 10 millones controlan el dinero en un país de 100 millones. Más allá de que el secuestro y el crimen organizado sean negocios de profesionales, sus bases se nutren de toda la gente joven que no tendrá la oportunidad de un sueldo decente a menos que sea pariente o amigo de alguien en el poder. El segundo punto débil de la marcha fue también su falta de señalamiento, quien debe renunciar en un plazo definido si la situación no mejora es Felipe Calderón, finalmente él es el máximo responsable del país, o al menos en teoría. Pero la marcha no lo podría mencionar, porque sus organizadores y buena parte de participantes son precisamente los que votaron por alguien que desde su campaña promovió la división del país. Pedir la renuncia del presidente sería un ominoso acto de autocrítica para la sociedad mexicana. Otras cosas se pidieron, absurdas también, como la pena de muerte, que nada soluciona y peor en un sistema basado en la corrupción, y se omitieron otros crímenes que pagamos todos, como los desastres financieros y rescates bancarios, que terminan siendo negocio de otro tipo de secuestradores. En fin, una marcha tibia que no solucionará nada porque no pidió nada concreto.

Nada tiene que ver, le dije a Tom, pero en Londres han habido 50 asesinados este año por arma blanca y la gente ha levantado tal escándalo que el gobierno de la ciudad ha tenido que entregar resultados concretos, como tal situación es sólo en esta ciudad está más que claro quién podría caer de las bondades del poder. Por lo pronto acaban de lanzar un mapa en internet con registros calle por calle sobre cuántos crímenes se cometen por mes. Al verlo me di cuenta que en la calle donde vivíamos antes hubieron 7 crímenes el mes pasado y la zona está clasificada como peligrosa. Ahora vivimos en una zona considerada “promedio” ¿Servirá de algo saberlo?

Friday, August 29, 2008

Perdiéndonos el camino

Comencé a escribir este blog para tener alguna forma de comunicación con la gente y el mundo que dejé atrás cuando vine a vivir a Inglaterra. Este mes cumpliré dos años sin haber regresado y con la condición permanente de extranjero en un país en que lo diferente no resulta extraño, más bien es el lugar común. Ser inmigrante en Inglaterra tiene demasiados significados. Caminando por las calles de Londres uno puede encontrar desde yuppies árabes que vienen a gastar un mínimo de la fortuna petrolera, hindús, pakistaníes y bangladeshis cuyas familias fueron víctimas o beneficiarios del sistema colonial, españoles que tratan de aprender inglés, polacos que buscan un futuro para regresar a sus tierras heladas, africanos que escaparon del hambre, o la guerra, o la combinación de todas las desgracias, latinos que quieren evadir la pobreza y todas las nacionalidades imaginables. Todas las mañanas, mientros camino por Brixton Hill para llegar al trabajo me cruzo con idiomas de todos los continentes, todos con historias detrás, con familias que se quedaron lejos, con un montón de sueños y desilusiones porque el primer mundo no es tan incluyente y a veces más racista de lo que debería ser. Y a todo eso no dejo de preguntarme dónde quedo yo. Espero no sonar a crisis existencial, preferiría pensarlo como filosofía de banqueta, porque finalmente las dudas se me terminan cuando llego al trabajo y comienza la pelea para que el comercio justo eche más raíces entre la conciencia del consumo desmedido de este país. Pero vuelvo a dejar las preocupaciones, los reportes, los mails y al caminar de regreso hacia el corazón de este barrio migrante vuelvo a preguntarme si la mía, entre todas estas historias, significa o significará algo. A veces me resulta difícil estar lejos, a veces como este viernes por la noche pesa un poquito más la nostalgia y quisiera que todo pudiera tener una pausa y la lejanía no fuera tan grande como para seguir sin saber nada de mucha gente que me importa. Karla me ecribió hace poco que nos estábamos perdiendo en el camino y es cierto, pero perderse quizá sea la única manera de encontrar algo, o al menos es un método para buscarlo. Entonces entiendo un poco más de mi condición y mientras camino al lado de tantos extranjeros comprendo que ésa, es precisamente mi nueva identidad.

Y todo esto me hizo recordar el cuento más corto de la lengua española (hasta el momento) de Luis Felipe G. Lomelí. Definitivamente una gran historia dentro de tan pocas palabras, léanlo:


El Emigrante

-¿Olvida usted algo?
-Ojalá