Monday, September 17, 2007

Nuestro doloroso tercer mundo

El viernes 7 de septiembre mi amiga Rachel Jackson, que trabaja como intern para una ONG en Freetown, Sierra Leona, envió un correo que sólo pude calificar como un ejemplo de lo doloroso que puede ser nuestro tercer mundo. Rachel vive cerca de un terreno poblado por unas cien casas de cartón y madera, donde la gente se ve obligada a cocinar con leña o generadores de keroseno. Cerca de las 9 de la noche del jueves una mujer que cocinaba en uno de estos generadores tropezó o cometió un error con una de sus mangueras, provocando una explosión. En cuestión de minutos decenas de casas comenzaron a incendiarse. Entre la locura de la gente que corría para salvar sus pertenencias y a los suyos mi amiga Rachel encontró a la mujer del accidente en el suelo, con quemaduras que habían hecho desaparecer el color negro de su piel, desnuda y semi inconsciente. A su lado estaba su hijo, Bassay, con las piernas quemadas también, yaciendo en el suelo entre el espanto del dolor y la psicosis de la tragedia. Tomaron un taxi hasta el hospital más cercano a 45 minutos. Cuando llegaron tuvieron que esperar tres horas hasta que alguien los pudiera ayudar. Los heridos eran tantos que fue imposible lavar el instrumental, si entre ellos había un enfermo de sida, la tragedia sería doble. Rachel narra en su correo la impotencia, la lentitud y la indiferencia con que el tercer mundo se trata a sí mismo, cómo en el desesperado trayecto del taxi se encontró con una comitiva de Mercedes Benz blindados donde viajaban a salvo, los funcionarios del gobierno local. Cada uno de esos coches vale lo mismo que un pequeño hospital. Finalmente nacida en Inglaterra, Rachel se lamenta: “en el lugar de donde vengo esto nunca hubiera pasado”, tristemente es cierto.

El viernes 14 de septiembre, en otro continente y otra ciudad –México, mi mamá regresaba del banco con el dinero de la nómina de nuestro negocio familiar. Cuando iba a bajarse del carro dos hombres abrieron las puertas del coche, sometieron en el suelo a su acompañante y le apuntaron en la cabeza a mi mamá. “Dame la bolsa o te vas” le advirtió el asaltante. Absurda y valientemente ella se negó a entregar el trabajo de todas las personas que trabajan con ella, el hombre la aventó contra el carro, le arrebató la bolsa y salió corriendo. Mientras todo esto pasaba uno de los trabajadores se dio cuenta del robo y alertó a los demás, pronto los ladrones eran perseguidos por varios obreros y comenzaron a disparar. A uno de ellos le dieron tres veces, en el estómago y los brazos. En el paroxismo del absurdo y la buena fortuna las balas fueron de salva por lo que no hay una vida que lamentar.

Ninguna de las dos tragedias tiene punto de comparación; las dos, desde la perspectiva de sus realidades denotan el amargo mundo al que tristemente estamos acostumbrados. En México nadie fue a dar al hospital, pero una empresa que se mantiene en pie contra viento y marea ahora debe afrontar esto. ¿Cuántos empleos se perderán por la violencia? ¿Cuanta gente seguirá llegando a su casa sin sueldo por la inseguridad? Las dos tragedias se pudieron prevenir, las dos no existirían si la sociedad y sus responsables tuvieran una organización eficiente. Sin embargo, la terrible coincidencia entre las dos realidades es la indiferencia y la estupidez de los que controlan el poder, en el remoto Freetown los reconciliadores de la guerra civil que ahora saquean a su gobierno; en México los partidos, sus políticos imbéciles y su incapacidad para entender las prioridades del país. Por supuesto que me duele y me quejo, porque en el lugar en que ahora vivo, eso no pasa, o las estructuras mismas de la sociedad lo evitan en la medida de lo posible. Finalmente desde aquí sólo me queda la indignación y la solidaridad con lo que en este momento ya están superando una más de nuestras comunes adversidades.

1 comment:

Edwin said...

Un cuento de nunca acabar...Espero que este bien tu mama' wey...

=[