Monday, January 05, 2009

Hola y chau

Los enormes motores del jumbo arrancan. Desde mi asiento, un poco adelante del ala izquierda, apenas se escucha un zumbido, las luces que se apagan y México, que acelera y desaparece con la misma velocidad con que el aparato se eleva. Unos minutos después, la ciudad de México, su enorme resplandor naranja en el cielo de las 8 de la noche, mi familia y mis amigos, quedan de nuevo atrás. Unos 25 días antes miré la misma escena en sentido contrario y más bien se me salía el corazón por haber regresado a mi país, después de casi dos años y medio de exilio voluntario.

Regresar, después de tanta ausencia, implica una descarga de adrenalina mezclada con recuerdos y emoción, emoción pura, como cuando encontré a mi mamá y mi tía, que nos esperaban en llegadas internacionales. El tiempo había pasado, estábamos quizá más viejos pero nos veíamos con más ganas que nunca, tanto, que no hubo tiempo para las lágrimas, sólo una sonrisa que apenas cabía en una sala de aeropuerto. Volver también implica ver cosas que antes parecían invisibles, esas simplezas que de tan cotidianas que se vuelven insignificantes cuando uno está en su tierra. Salimos del aeropuerto y enfilamos por Fray Servando, al doblar en Topacio, el mundo seguía igual, las prostitutas adolescentes recargadas afuera de cantinas y tiendas de bicicletas, unas cuadras más adelante, una pista de hielo enorme y millonaria, en los semáforos, los niños, los indígenas, los de siempre, los que nada tienen, trataban, como cada noche, de ganar unos pesos para la cena, el activo, la chela o lo que fuera, lavando el parabrisas de los coches que valen miles de veces lo que ganarán en una vida. Eso es México, ese soplo de viento que oscila entre la región mas transparente y el hollín asmático de sus chimeneas. Desde la ventana del auto transcurre una noche de viernes, como lo habíamos prometido, antes de cualquier trámite nos detenemos en una taquería, si no mal recuerdo, en la calle de Eligio Ancona, a dos cuadras del kiosco de Santa María la Ribera. De nuevo a las extrañadísimas delicias culinarias, en una taquería cabemos todos, las familias que salen a cenar en la noche de viernes, los solitarios que regresan del trabajo, los borrachos, los que apenas van, los que se ganan unas monedas guitarra en mano, los que regresamos después de una larguísima espera.

1 comment:

Crisstina said...

Me has hecho recordar ese corazón inflamado de alegría cuando uno regresa a su tierra. Las calles parecen más lindas, más pobladas, y el sentirte en casa es una sensación que llana las venas de sangre mezcla con adrenalina.

u abrazo. Criss