Monday, May 11, 2009

Crónica de una protesta light

Fue hace un mes y fue un sábado. Los presidentes o ministros de los 20 países más "poderosos" veníana a Londres y algo había que hacer, algo había que decirles o demostrarles. Finalmente el mundo sigue siendo tan injusto como siempre y ni la globalización, ni la política, ni la economía han sido capaces de aliviar la pobreza y la desigualdad. Quizá la mayoría estemos de acuerdo en que algo debe hacerse, el problema es el como. Londres reaccionó como cualquier ciudad. A una inmensa mayoría no le importó o no se enteró que habría un G20, de los enterados, los radicales salieron a protestar el mismo día y a tratar de impedir la reunión, como pueden ver en este post de Daniela. Los moderados, o "tibios", organizaron una marcha llamada "Put people first" (Pongan primero a la gente), allí estaban los de siempre: las ONGs grandes, el partido verde, sindicatos, estudiantes y borrachos en general que confunden una causa genuina con una fiesta de batucadas. Mucho ruido y pocas nueces, me pregunto si realmente tuvo algún efecto la marcha que teminó disolviéndose al medio día con la lluvia en Hyde Park. Al final me pareció más relevante el debate en "Speaker's corner" (La esquina de los discursos) en Hyde Park, al menos los que allí pasaban se detenían a escuchar la ideas del speaker en turno y lo rebatían y lo confrontaban. Algo quizá más productivo que la marcha.












Sunday, May 03, 2009

Reading Beer Festival



Sin intención de sonar a lugar común, la influenza porcina ha puesto a Londres, hasta cierto punto en un estado de paranoia, nada comparable a lo que pasa en México. Desde el sábado pasado el tema ha ocupado la primera plana de los periódicos, de los panfletos, de los noticiarios, de los sitios de Internet. El bombardeo informativo es tan masivo y confuso, que el miércoles leí en el London Lite que según cálculos del NHS (National Health Service) 94,000 londoners podrían morir por la revancha de los puerquitos… El dato era quizá más disparatado que las teorías de conspiración detrás de la epidemia que he escuchado desde el DF. Lo único real es que el pánico vende, así como el morbo de la lenta agonía de Jane Goody ocupó las portadas hace un mes, ahora el miedo a la enfermedad es explotado y los encabezados no cesarán hasta que una nueva amenaza sustituya al mal que vino de México.

Y qué mejor lugar para escapar de todo esto que el Reading Beer Festival. El motivo fue celebrar el cumpleaños de Alan y la cita era a las 10am en la estación de tren de Paddington. Daniela e Iván renegaron todo el camino porque era muy temprano, porque hacía frío, porque el festival sería un fiasco y una larga lista de quejas. Salimos más tarde que los demás, nos perdimos y cuando por fin encontramos el dichoso festival, la cola para entrar era como de dos mil personas (sin exagerar). Afortunadamente no tuvimos que esperar demasiado. Pagamos, nos dieron una pinta de cristal y pasamos al paraíso de los que aman la cerveza. El festival consistía de dos carpas enormes, cada una con cientos de barriles conteniendo el celestial líquido, afuera sólo había pasto, puestos de comida y cientos tomando el sol y bebiendo. Ante el riesgo de perderse o enloquecer uno debía recurrir al mapa que explicaba las características de 450 tipos de cervezas, 150 sidras, 45 cervezas extranjeras y vinos ingleses. A partir de ese momento nos entregamos al único y sencillo placer del sol, la comida y la cerveza, simple, feliz, obsceno, puro disfrute, ebriedad, sed, sueño, calor, todo junto en un jardín y un festival en que me sorprendió no ver una sola pelea ni un solo policía. Probé cervezas con nombres tan insólitos como Gothic Dark (Gótica oscura), Star Gazer (mirador de estrellas), Marmalade Cat (mermelada de gato) o Reinaert Grand Cru con 9.5% de alcohol. Más que emborracharse, aquello consistía en probar, en paladear todas las texturas de la cerveza, desde las espesas mezclas oscuras que tenían cacao y aroma a especias, o la claras, que podían ser secas, refrescantes, amargas, ácidas. Probamos sidra de pera y cerveza hecha por monjes de Bélgica, tuvimos tiempo de dormir bajo el rayo del sol, de comer un sándwich de cerdo rostizado (algo muy parecido a las carnitas), pay inglés, aceitunas y las infaltables papas fritas. Cuando el día terminaba llegó la hora de los drinking games con una pirinola que señalaba cuantos dedos debía beber el que perdiera, dada la incapacidad de los ingleses para pronunciar pirinola, el juego ha sido bautizado como “pon”, nada más absurdo y hedonista, pero justificado por el puro placer de la cerveza. Cuando por fin, terminó y hube recorrido el trayecto inverso en tren y metro, y por fin alcancé la belleza de mi cama, estaba rendido, agotado por tantos sabores, cerré los ojos y de inmediato me perdí en el profundo y sereno sueño de los justos –y los glotones.



*Todas las fotos son crédito de Daniela

Sunday, April 26, 2009

Las guerras de la radio

En una oficina no hay objeto más codiciado y causante de conflictos que el radio, o el control del radio. Su dueño o dueña tienen el poder absoluto para decidir qué se escuchará y pocas veces la democracia se impone a la tiranía radial. En mi trabajo sucede lo mismo, mi compañera Bonnie, de Taiwan-Canadá, posee el control de dicho aparato y ejerce su poder como lo haría cualquier dictador, es decir, sólo las estaciones que le gustan, o que aprueba. El problema es que su gusto se reduce a una estación, BBC radio 2, que está enfocada a adultos alrededor de los 30 con música pop que en teoría debe levantar el ánimo y poner un ambiente de buena vibra en el lugar de trabajo. La primer semana, quizá el primer mes, ni siquiera noté la música de fondo, el tiempo se me iba en entender mi trabajo y el acento de los demás. Pero poco a poco me empecé a dar cuenta que Bonnie me estaba exponiendo a altísimas dosis de pop maligno, por lo que me perseguían canciones como ‘Like a prayer’ de Madonna, o ‘Mamma mia’ de Abba, ‘Never gonna dance again’ de George Michael, que se metían en mi cabeza y se repetían una y otra vez, y me llenaban de zozobra pues a la siguiente mañana me sentía ansioso hasta que las escuchaba nuevamente para que el ciclo comenzara de nuevo. Me pasaba por semanas, me atormentaba una canción de Celine Dion y después me atacaba Cyndi Lauper, me recuperaba de Candle in the Wind y ya estaba Dancing Queen infectando mis neuronas. Viví hace un tiempo hasta que noté que mi celular tiene una función de iPod, así que bajé música desintoxicante y empecé a ponerme un audífono en el momento en que Bonnie sintonizaba su pop maléfico. Pronto descubrí que el celular también tiene radio así que empecé a escuchar estaciones más decentes, Radio1, Xfm o Choice, así, poco a poco, el virus del pop desapareció.

Hace un par de meses mi jefe tomó medidas similares, instaló el iPod y se olvidó del mundo externo. Después, mi otra compañera Juliet empezó a conectar los audífonos de su celular y así hasta que un día noté que sólo dos personas escuchaban el radio y los 6 restantes nos aislábamos con un iPod o un celular. Le pregunté a Juliet que oía y me dijo, Mix, le pregunté a Antony y respondió lo mismo, nuestra becaria escuchaba Mix, no fue coincidencia que el radio de mi celular tuviera la misma estación mientras la dueña del radio subía el volumen para hacer oídos sordos a nuestra personal y casi silenciosa rebelión radiofónica.

Wednesday, April 15, 2009

La maldita primavera...

Ha llegado el tiempo en que de nuevo vemos el sol, el clima mejora y al verde de esta isla le brotan todos los colores que una flor pueda tener. En los jardines, en las paredes, casi hasta en la basura nacen flores, y todos estornudamos con el polen y tenemos que tomar pastillas contra su hayfever, pero las pereferimos por siempre porque marcan el final del invierno.






Friday, April 10, 2009

Viernes Santo

Esta tarde de lluvia y nubes me hace recordar otros, muy lejanos viernes santos. Desde mi ventana Londres luce vacía y silenciosa, como si todos sus ejecutivos y sus inmigrantes y sus locos se hubieran ido o hubieran tomado un descanso a su frenética normalidad. De pronto cesa la lluvia y vuelvo a escuchar ese silencio insoportable, esa tranquilidad de luto que marcaba mis viernes santos. Esa fecha era para mí un oasis entre el misterio y la fiesta. La ceremonia comenzaba desde el jueves por la noche. Al caer la tarde la oscuridad se llenaba de velas, de aroma de flores, de imágenes cubiertas con trapos púrpura. Salíamos a la visita de las siete casas, siete destinos como siete velorios, siete iglesias en riguroso silencio, con la curiosa diferencia que a la entrada habían viejitas que regalaban panes sin sal o crucecitas de palma a cambio de unas monedas. Ahora recuerdo esos viernes como un larguísimo recorrido, no de siete, sino de cientos de iglesias, todas a medio alumbrar, todas pobladas por voces que sonaban a velorio, todas con santos terroríficos cubiertos con sagradas mantas púrpura de duelo. Recuerdo en especial las iglesias en los pueblitos cercanos a Texcoco, sus mujeres cubiertas con velos, susurrando oraciones de luto que me asustaban y me hacían pensar en mariposas negras, para ahuyentarlas me quedaba sentado sin moverme junto a mi mamá o mis abuelos, seguramente la inmovilidad me haría invisible en ese silencio. Esas noches me oprimían el pecho, como si la noche respirara el presentimiento de un acontecimiento terrible, y me iba a dormir con sentimiento de terror y fascinación al imaginar qué estaría sucediendo dentro de las iglesias a la media noche.

Una noche de jueves santo me desperté y desde la oscuridad escuché la lluvia y el impulso de salir al balcón, de mirar el aguacero cayendo sobre la calle vacías, de escuchar la música del agua y mirar por horas, hipnotizado, el ritmo de la lluvia y su contraste con el alumbrado de la ciudad. Salí en silencio, afuera la calle lucía como en mis sueños, más sola quizá, encharcada y fascinante. Entonces la vi, caminando a media calle, cubierta con el velo de mariposa negra y avanzando con la lentitud que permitía la fragilidad de sus huesos. Me paralizó el miedo, traté de no moverme, de no respirar, de escurrirme lentamente a la casa de nuevo, pero me vio, me miró con la mirada más triste y desolada que he visto jamás, me clavó esa mirada de noche profunda, de lago oscuro, se detuvo en mí un instante en el que no cabían parpadeos y siguió su camino, como si el segundero de un reloj le indicara los pasos de su muerte. Ahora creo que lo soñé, pero esa visión secreta fue a la vez íntima y perturbadora, me asustaba recordarla y me llenaba de placer ser el portador de semejante misterio.

El viernes en cambio era un día de fiesta. A pesar de las prohibiciones para ver la televisión o escuchar el radio, el viernes santo llegaba buena parte de la familia. Ante la prohibición sobre la carne roja comíamos romeritos, chiles rellenos, bacalao, aguacates con atún, pescado y todas las delicias con que se hace la penitencia de cuaresma. Conforme el día avanzaba comenzaban los cohetes, y otra vez los rezos y los cantos, la procesiones de arrepentidos que arrastraban los pies y soportaban el furioso calor de la cuaresma. Y poco a poco la fiesta se tornaba gris y el aire se llenaba de humedad y olor a tierra mojada. A las tres de la tarde, nos llamaban a rezar, un credo y otro tanto de padresnuestros y avesmarías. A las tres de la tarde murió Jesús, me dijo mi abuelita, y no me sorprendió que a esa hora se notaran más negras, más sombrías y silenciosas todas las cosas del mundo; yo suponía que de alguna manera era la tristeza de Dios.

A veces llovía. A veces sólo me quedaba la imagen del cerro de La Purificación y su cruz de piedra en la cima. El viernes se terminaba y con él ese misterio que sólo sucedía en esa fecha del año, hasta que un año se acabó, y no hubo más misterio ni rezos, ni oscuridad a las 3 de la tarde, ni panes sin sal ni señoras que se aparecían en las pesadillas. Sería quizá porque mis abuelos ya no estaban, o porque el mundo cambia o porque uno mismo se vuelve otro y otro. Pero hoy, que es viernes santo y miré las tres de la tarde de Londres y pensé en ese tiempo cuando la misma hora me llenaba de todas esas visiones que hoy se ven tan lejanas.



Sunday, March 29, 2009

Viajes y abandonos


Hace poco más de un mes fue mi última entrada en el blog. Creo que desde que empecé a escribir nunca lo había abandonado por tanto tiempo. Todo es culpa de Londres, no hay más responsables. En esta ciudad el tiempo se evapora, o se pierde, o se deshace con la lluvia, o se lo lleva el viento o no sé que diablos sucede. Uno empieza una mañana de lunes y 20 minutos después ya es viernes, la vida fluye tan rápido que apenas da tiempo de trabajar, comer, transportarse y dormir. Y claro, el fin de semana una fiesta, un museo, una caminata bajo el recién estrenado clima de primavera y ya, no hay tiempo de escribir. La verdad es que en el fondo acepto mi culpa por dejar abandonado mi blogcito que seguramente ya nadie visita, pero por si llega algún despistado, abajo unas cuantas fotos de un viaje por Escocia.


Resulta que a finales de febrero fui enviado a una ciudad norteña llamada Carlisle a dar una conferencia como parte de la Fairtrade Fortnigh (Quincena del Fairtrade), que es algo así como un Julio Regalado pero con pago justo a los productores del tercer mundo. Total, mi conferencia era en viernes por la mañana así que lo mejor era llegar un día antes y caminar por el pueblo y conocer un poco y todo relajado. Pero no, el destino puso nubes negras en mi camino desde que salí del trabajo. La Victoria line del metro estaba cerrada así que no quedó más opción que el bus entre el pesado tráfico de las 5 de la tarde. Por azares logísticos tenía que hacer una escala en la tienda Mac de Regent Street, que tiene tanto tráfico como Eje Central esquina con Bellas Artes. Afortundamente los de Mac fueron eficientes como en anuncio de tv. Por lo que asumí que iba bien de tiempo, salí y que tomé la central line en Oxford Street para la estación de trenes de King’s Cross. Cuando llegué supe que el destino estaba en mi contra: dos mil o más personas esperaban el metro y no cabía literalmente nadie, además los letreritos naranjas de la estación anunciaban retrasos. Temí por mi tren, que salía a las 5:58pm, pero utilicé todas las habilidades aprendidas en transbordes complicadísimos del mundo como Pino Suárez y el Rosario, y logré entrar en el tercer metro que apareció. Todo parecía ir mejor, llegué a King’s Cross a las 5:45, me senté, pensé en comprar una botella de agua y miré la pantalla para ubicar la plataforma de salida del tren. Entonces noté que no había ninguna salida a las 5:58. Temiendo lo peor saqué el boleto y sí, sucedió lo peor: el boleto era para un tren que salía de Euston, me había ido a la estación equivocada. Imbécil de mí, pensé, y después de recetarme una letanía de palabrotas salí a buscar una posible solución. Euston está a una sola estación de metro, por lo que podría lograrlo. ¿Podría en 12 minutos? Busqué un sitio de taxis, no tenía efectivo, necesitaba un cajero, necesitaba un bus, necesitaba tomar ese tren. Llegué a un mapa de transportes y en efecto Euston estaba a 5 minutos en bus, así que corrí, me subí a otro doubledecker y volví a correr hacia los adentros de Euston. Eran las 5:58. Afortunadamente la plataforma de salida estaba cerca, un guardia revisó mi boleto y me dijo sonriente: eres el último. Y lo fui. subí mi maleta al tren e inmediatamente arrancó. Casi no lo creía, aún respirando agitado miré Londres escurrirse en las ventanas del vagón, le marqué a Daniela y le dije, “no sabes lo que me acaba de pasar...”.


La conferencia es tema de un post aparte. Después de Carlisle fui a Edimburgo, donde me alcanzó la mujer y recorrimos dicha bellísima ciudad y después fuimos por la highlands y claro, a un sueño de mi niñez. El lago Ness. Con todo y que el monstruo y la leyenda puedan ser una farsa valió increíblemente la pena. Abajo las fotos.








Tuesday, February 17, 2009

Competencias sobre ruedas

El mundo del ciclismo urbano, que es relativamente nuevo para mí, funciona casi como regla la cortesía y el compañerismo, aún en una ciudad individualista y con prisa permanente como Londres. En este último mes he empezado a conocer a los otros ciclistas que se cruzan por mi camino y ellos a mí, al grado que algunos esbozan un saludo (cosa rara en esta ciudad) cuando nos encontramos en algún semáforo o al pasar fugazmente por nuestra rutas opuestas. Pero también es un hecho que encontrar a un ciclista siguiendo el mismo camino implica una competencia. Entre los ciclistas, como entre los conductores, no hay mejor alimento para el ego como demostrar la superioridad rebasando al prójimo. Cuando empecé a cletear hacia el trabajo era normal que cualquier bicicleta me rebasara: jóvenes, viejos, casi niños en triciclo, mi condición apenas me daba las fuerzas para llegar exhausto a mi destino. Pero la experiencia hizo su obra y ahora es normal que rebase a los lentos, a los principiantes, a los cansados y sólo me lleven la delantera los profesionales que atraviesan Londres en mallitas de colores a bordo de bicicletas de carrera.

Ayer precisamente me ocurrió la más intensa de esas competencias. Acababa de entrar a Brixton Hill, a la altura de Vassal Road; como su nombre lo indica la colina de Brixton es una larga cuesta que se dirige al sur y para mí termina en el trabajo. A lo largo del recorrido se empieza a sentir el clamor multicultural de Brixton, pubs latinos, restaurantes africanos, tiendas hindús, grupos de edificios que dan hogar a miles de migrantes de todos lados del mundo. Estaba pues entrando a esta calle cuando me rebasó una señora. Me fijé en su bicicleta, era el mismo modelo que la mía y su conductora tendría el doble de mi edad, por lo que en lo más hondo de mí surgió el ciclista voraz que se preguntaba cómo era posible que una señora tan grande me rebasara de esa manera. ¿Qué iba a pensar de mí el supuesto público que vio como me pasaba al doble de velocidad? Así que empecé a pedalear con todas mis fuerzas y me lancé en su persecución. La alcancé a la altura del Jamm, un pub en el que por las mañanas se lavan coches, entonces, la señora que quizá ni me había notado, entendió que pretendía dejarla atrás. Al más puro estilo de competencia olímpica dio un vistazo hacia atrás, aceleró el ritmo y se movió hacia el centro del carril para no dejarme pasar. A los lados circulaban los coches normalmente y no podía arriesgarme a morir por una competencia tan absurda, así que seguí detrás de su bicicleta, intentando por momentos abrir un hueco para pasarla. Pero no, ella estaba empeñada en ganar (¿ganar qué?), pedaleaba con fuerza y yo empezaba a sentir la marca del esfuerzo, el corazón se me salía y me dolían las piernas, pero seguía empeñado en rebasarla. Seguimos así por unas ocho cuadras hasta que un semáforo en rojo paró en seco a mi competidora. Lo que ella no sabía, o no consideró, fue que el semáforo de Villa road es sólo para peatones, no hay riesgos si uno se lo pasa. Ella respetó la ley y yo seguí de largo hasta llegar a la imaginaria meta del semáforo en la esquina de la Brixton Academy. Allí me alcanzó, jadeante se detuvo a mi lado y me lanzó una sonrisa mientras yo daba vuelta hacia el estacionamiento de mi trabajo. Mi primer competencia ciclista contra una señora había sido un éxito.

Wednesday, February 04, 2009

Nieve en Londres

Y cuando despertamos la nieve estaba allí. Desde la ventana parecía poca, pero bastó abrir la puerta que da a la calle para sorprendernos con veinte centímetros de hielo acumulados por todas partes, cubriendo los carros, los techos, cualquier superficie a la intemperie había sido víctima de su invasión. Yo, que apenas había visto semejante espectáculo una ve en mi vida, no pude sino caminar con cuidado entre el piso resbaloso y tocarla, sentir ese frío suave entre las manos y desde mi tropical percepción latina volví a sentir que aquello parecía el relleno de un coctel sin lo pegajoso.

Veinte centímetros de nieve bastaron para paralizar a Londres. Los 5000 autobuses que mueven a esta ciudad se quedaron guardados dándole el día libre a los que necesitan un ruta de bus para llegar al trabajo. Tampoco había trenes, tranvías y sólo funcionaban algunas líneas del metro. Daniela, que heroicamente había salido a trabajar, ya estaba de regreso. Ninguna de sus compañeras logró llegar. En la casa, Iván y Karol se preparaban para salir a hacer muñecos de nieve, las escuelas habían suspendido las clases y las carreteras no eran recomendables. Caminé por Dover Street y la poca gente que había salido caminaba con la precaución y el contoneo de los patitos en el suelo. Cerca de la estación de Borough, en un parque, la gente comenzaba a construir castillos, muñecos y a organizar la guerra de bolas de nieve. El ambiente estaba allí, la nieve me esperaba, imploré a los dioses del clima que montañas de hielo obstruyeran el paso de la Northern Line y que la Victoria Line estuviera inundada, sólo así me salvaría del trabajo. A esa misma hora millones imploraban por un milagro similar, cuatro millones fueron complacidos. No sé si mi condición fue la de una petición no cumplida o la de un acto heroico. El metro funcionaba y resignadamente me dejé llevar por el elevador de Borough. Atrás quedaban toneladas de nieve, caminatas al lado del río medio congelado y la diversión pura de no ir al trabajo a causa del clima. Con mi causa no hubo consideraciones, el metro funcionó normalmente, llegué a la oficina y los pocos que lograron transportarse me miraron atónitos “Estaba seguro que no lograrías llegar, te hubieras quedado en casa…” me dijo mi colega Antony mientras miraba más nieve caer al otro lado de la ventana.






Sunday, February 01, 2009

Saturday, January 24, 2009

Al sur, muy al sur


Se dice que más vale tarde que nunca, pero en ningún lugar esa frase ha tomado tanto sentido como en Chiapas. Aún cuando lo tuve muy cerca, en la mente, en el corazón, por el conflicto zapatista, por Sabines, por Rosario Castellanos, la ruta del sur siempre estuvo lejos de mis pasos. Era tanto lo que me habían dicho y tanto lo que esperaba, que incluso temía decepcionarme, encontrar menos de lo que imaginaba. Ahora puedo decir que me quedé corto y que cualquier expectativa fue abrumadoramente rebasada, en todos los sentidos.

Basta con recordar la vista del cañón del sumidero. Estamos sentados en el embarcadero del río Grijalva. Hemos desayunado un plato increíble de cochito y después un jícara del pozol mítico de la esquina de la Iglesia de Chiapa de Corzo. El sol cae a plomo y somos los únicos turistas esperando a que se junten los 12 pasajeros reglamentarios para el paseo en lancha. Lo minutos pasan y nadie aparece, dentro de mi ansiedad comienzo a considerar seguir de largo hasta San Cristóbal, pero Daniela asegura que el Cañón es imprescindible. Veinte minutos después la lancha comienza a deslizarse por el Grijalva, a la lejanía sólo se ve la misma ribera, tremendamente verde y tupida de vegetación, de pienso que quizá ni será tan grande ni tan impresionante. De pronto, casi de la nada, aparece. Estamos allí, diminutos, en el fondo de un cañón de un kilómetro de altura y el lanchero decide apagar el motor. Las marcas del agua se borran rápidamente y quedamos en silencio, nadie habla, nadie se atreve a romper un silencio tan hermoso, sólo miramos, miramos hacia arriba, hacia las paredes de piedra esculpidas por el agua.
Pero Chiapas apenas comienza. Dejamos atrás Chiapa de Corzo y tomamos la carretera federal a San Cristóbal. El camino de los altos es tortuoso, lleno de curvas, la carretera es estrecha y a menudo hay ramas o lodo. Salimos de una curva pronunciada y al lado del camino veo a un grupo de Chamulas cargando leña. Todas son mujeres, niñas prácticamente, y la escena se repite cientos de veces conforme nos internamos en los Altos. Allí están. Ellos, las etnias indígenas, tan auténticos y tan diferentes, tan separados del resto del país por la humillación de la conquista y del racismo, soportando su pobreza y las atrocidades cinco siglos que parecen haberlos olvidado. San Cristóbal aparece después, caminamos frente a la iglesia pintada de amarillo donde hace quince años se logró la tregua entre el ejército y los zapatistas, alrededor pululan los turistas y los niños que los persiguen ofreciéndoles pulseras, más que un pueblo que vivió una guerra parece un pueblo en plena prosperidad. Su arquitectura colonial, su encanto indígena, su ideología atraen visitantes de todos lados del mundo, muchos se quedan. Caminando alrededor del centro encontramos pequeños negocios de argentinos, italianos, gringos. La ciudad Real, como la llamaban en el pasado, es ahora la base de 80 ongs de todos los tipos, que llegaron a Chiapas después de que el EZLN mostró que México ni era un país desarrollado ni comprendía o imaginaba la marginación y la miseria de los indígenas.

Al día siguiente no me siento bien, me duelen los ojos, tengo escalofríos y un sueño terrible. Pero estamos de vacaciones y debemos aprovechar al máximo. Así que recorremos el mercado de San Cristóbal, pero entre la fiebre y el sueño que me cierra los ojos, me queda solo la visión de un lugar donde casi no se habla español y guajolotes miran con resignación a los marchantes que habrán de hacerlos pavo al horno en la navidad. Pero un par de aspirinas me reponen y salimos para San Juan Chamula. Su distribución es la misma que la de todos los pueblos del país, la iglesia principal, imponente, al lado el edificio del gobierno y enfrente una gran plaza sobre la que se ha instalado un mercado. Pero en San Juan Chamula sucede algo diferente. Tras pagar la cuota turística de 20 pesos y con la advertencia terminante de que cualquier foto está prohibida, uno encuentra el interior de su iglesia, distinto, por así llamarlo. No hay bancas, entre la tinieblas y el tenue resplandor de miles de velas, los fieles deambulan de rodillas o rezan sentados en el suelo, llorando, fervorosamente mientras algunos hombres beben pox. El piso está regado con hojas de pino, su aroma se mezcla con el incienso y las miradas graves de los santos que están en cajas de cristal, en fila, al lado de las paredes. Entre el misticismo y los rezos, vuelve la fiebre y lo veo todo más místico, más oscuro e irreal, como detrás de un vidrio opaco por el que veo esa mezcla de ritos indígenas, santos católicos y una fe que simplemente nos deja en la perplejidad, sin capacidad de juzgar u opinar, está allí y es sobrecogedora.

Un día después y ya recuperado de cualquier fiebre seguimos hacia Ocosingo, Toniná, el fastuoso Palenque y las lagunas de Agua Azul. Ya de regreso, en el aeropuerto de Tuxtla sólo me quedaba la impresión de que cualquier expectativa había sido superada. Chiapas es, a mi modo de ver, el estado más complejo, bello y diverso de nuestro país, ojalá pronto pueda volver…

Saturday, January 17, 2009

El camino al trabajo (con niebla londinense)

Desde la ventana: gris amanecer


El carril de bicicletas


Elephant & Castle












El parque de Kennington


Los repartidores malacopas...



La arquitectura como de Tlaltelolco en pleno Kenington



Y unas cuadras más adelante: el empleo...

Sunday, January 11, 2009

No es tiempo para despedirse

Hoy que es luna llena, o casi luna llena y que estoy lejos, muy lejos, como ya se me va haciendo costumbre, no puedo dejar de pensar en él, uno de mis mejores amigos, y de que mientras miro la neblina de Londres él lucha por salvarse. Desde hace trece años es, y ha sido, esa presencia que con sencillez podría definir como a un hermano, aunque su mundo, sus percepciones, su consciencia sean tan diametralmente distintas de la mía. Ahora prefiero recordarlo cuando era yo el de los problemas y él se limitaba como siempre, a mirar con cara de tremenda preocupación, suspirar con toda su resignación canina y a echarse esperar que las penas se diluyeran en su única solución: el tiempo. Ahora de ese misma esencia, del tiempo, depende su existencia y yo, desde mi isla, no puedo sino respirar hondamente y esperar que este tiempo sea de esos que terminan con las angustias y que al final de la espera él siga como siempre ha sido, feliz, mimado, con un rabito como radar, lleno de emoción para dar la bienvenida y amigo, amigo por siempre. Confío en que el tiempo de despedirse aún no llega y desde esta noche me limitaré a seguir su ejemplo, suspirar hondamente, apagar el cigarro y seguir con esta cara de preocupación hasta que el tiempo haga su trabajo.

Monday, January 05, 2009

Hola y chau

Los enormes motores del jumbo arrancan. Desde mi asiento, un poco adelante del ala izquierda, apenas se escucha un zumbido, las luces que se apagan y México, que acelera y desaparece con la misma velocidad con que el aparato se eleva. Unos minutos después, la ciudad de México, su enorme resplandor naranja en el cielo de las 8 de la noche, mi familia y mis amigos, quedan de nuevo atrás. Unos 25 días antes miré la misma escena en sentido contrario y más bien se me salía el corazón por haber regresado a mi país, después de casi dos años y medio de exilio voluntario.

Regresar, después de tanta ausencia, implica una descarga de adrenalina mezclada con recuerdos y emoción, emoción pura, como cuando encontré a mi mamá y mi tía, que nos esperaban en llegadas internacionales. El tiempo había pasado, estábamos quizá más viejos pero nos veíamos con más ganas que nunca, tanto, que no hubo tiempo para las lágrimas, sólo una sonrisa que apenas cabía en una sala de aeropuerto. Volver también implica ver cosas que antes parecían invisibles, esas simplezas que de tan cotidianas que se vuelven insignificantes cuando uno está en su tierra. Salimos del aeropuerto y enfilamos por Fray Servando, al doblar en Topacio, el mundo seguía igual, las prostitutas adolescentes recargadas afuera de cantinas y tiendas de bicicletas, unas cuadras más adelante, una pista de hielo enorme y millonaria, en los semáforos, los niños, los indígenas, los de siempre, los que nada tienen, trataban, como cada noche, de ganar unos pesos para la cena, el activo, la chela o lo que fuera, lavando el parabrisas de los coches que valen miles de veces lo que ganarán en una vida. Eso es México, ese soplo de viento que oscila entre la región mas transparente y el hollín asmático de sus chimeneas. Desde la ventana del auto transcurre una noche de viernes, como lo habíamos prometido, antes de cualquier trámite nos detenemos en una taquería, si no mal recuerdo, en la calle de Eligio Ancona, a dos cuadras del kiosco de Santa María la Ribera. De nuevo a las extrañadísimas delicias culinarias, en una taquería cabemos todos, las familias que salen a cenar en la noche de viernes, los solitarios que regresan del trabajo, los borrachos, los que apenas van, los que se ganan unas monedas guitarra en mano, los que regresamos después de una larguísima espera.