Sunday, February 01, 2009

Saturday, January 24, 2009

Al sur, muy al sur


Se dice que más vale tarde que nunca, pero en ningún lugar esa frase ha tomado tanto sentido como en Chiapas. Aún cuando lo tuve muy cerca, en la mente, en el corazón, por el conflicto zapatista, por Sabines, por Rosario Castellanos, la ruta del sur siempre estuvo lejos de mis pasos. Era tanto lo que me habían dicho y tanto lo que esperaba, que incluso temía decepcionarme, encontrar menos de lo que imaginaba. Ahora puedo decir que me quedé corto y que cualquier expectativa fue abrumadoramente rebasada, en todos los sentidos.

Basta con recordar la vista del cañón del sumidero. Estamos sentados en el embarcadero del río Grijalva. Hemos desayunado un plato increíble de cochito y después un jícara del pozol mítico de la esquina de la Iglesia de Chiapa de Corzo. El sol cae a plomo y somos los únicos turistas esperando a que se junten los 12 pasajeros reglamentarios para el paseo en lancha. Lo minutos pasan y nadie aparece, dentro de mi ansiedad comienzo a considerar seguir de largo hasta San Cristóbal, pero Daniela asegura que el Cañón es imprescindible. Veinte minutos después la lancha comienza a deslizarse por el Grijalva, a la lejanía sólo se ve la misma ribera, tremendamente verde y tupida de vegetación, de pienso que quizá ni será tan grande ni tan impresionante. De pronto, casi de la nada, aparece. Estamos allí, diminutos, en el fondo de un cañón de un kilómetro de altura y el lanchero decide apagar el motor. Las marcas del agua se borran rápidamente y quedamos en silencio, nadie habla, nadie se atreve a romper un silencio tan hermoso, sólo miramos, miramos hacia arriba, hacia las paredes de piedra esculpidas por el agua.
Pero Chiapas apenas comienza. Dejamos atrás Chiapa de Corzo y tomamos la carretera federal a San Cristóbal. El camino de los altos es tortuoso, lleno de curvas, la carretera es estrecha y a menudo hay ramas o lodo. Salimos de una curva pronunciada y al lado del camino veo a un grupo de Chamulas cargando leña. Todas son mujeres, niñas prácticamente, y la escena se repite cientos de veces conforme nos internamos en los Altos. Allí están. Ellos, las etnias indígenas, tan auténticos y tan diferentes, tan separados del resto del país por la humillación de la conquista y del racismo, soportando su pobreza y las atrocidades cinco siglos que parecen haberlos olvidado. San Cristóbal aparece después, caminamos frente a la iglesia pintada de amarillo donde hace quince años se logró la tregua entre el ejército y los zapatistas, alrededor pululan los turistas y los niños que los persiguen ofreciéndoles pulseras, más que un pueblo que vivió una guerra parece un pueblo en plena prosperidad. Su arquitectura colonial, su encanto indígena, su ideología atraen visitantes de todos lados del mundo, muchos se quedan. Caminando alrededor del centro encontramos pequeños negocios de argentinos, italianos, gringos. La ciudad Real, como la llamaban en el pasado, es ahora la base de 80 ongs de todos los tipos, que llegaron a Chiapas después de que el EZLN mostró que México ni era un país desarrollado ni comprendía o imaginaba la marginación y la miseria de los indígenas.

Al día siguiente no me siento bien, me duelen los ojos, tengo escalofríos y un sueño terrible. Pero estamos de vacaciones y debemos aprovechar al máximo. Así que recorremos el mercado de San Cristóbal, pero entre la fiebre y el sueño que me cierra los ojos, me queda solo la visión de un lugar donde casi no se habla español y guajolotes miran con resignación a los marchantes que habrán de hacerlos pavo al horno en la navidad. Pero un par de aspirinas me reponen y salimos para San Juan Chamula. Su distribución es la misma que la de todos los pueblos del país, la iglesia principal, imponente, al lado el edificio del gobierno y enfrente una gran plaza sobre la que se ha instalado un mercado. Pero en San Juan Chamula sucede algo diferente. Tras pagar la cuota turística de 20 pesos y con la advertencia terminante de que cualquier foto está prohibida, uno encuentra el interior de su iglesia, distinto, por así llamarlo. No hay bancas, entre la tinieblas y el tenue resplandor de miles de velas, los fieles deambulan de rodillas o rezan sentados en el suelo, llorando, fervorosamente mientras algunos hombres beben pox. El piso está regado con hojas de pino, su aroma se mezcla con el incienso y las miradas graves de los santos que están en cajas de cristal, en fila, al lado de las paredes. Entre el misticismo y los rezos, vuelve la fiebre y lo veo todo más místico, más oscuro e irreal, como detrás de un vidrio opaco por el que veo esa mezcla de ritos indígenas, santos católicos y una fe que simplemente nos deja en la perplejidad, sin capacidad de juzgar u opinar, está allí y es sobrecogedora.

Un día después y ya recuperado de cualquier fiebre seguimos hacia Ocosingo, Toniná, el fastuoso Palenque y las lagunas de Agua Azul. Ya de regreso, en el aeropuerto de Tuxtla sólo me quedaba la impresión de que cualquier expectativa había sido superada. Chiapas es, a mi modo de ver, el estado más complejo, bello y diverso de nuestro país, ojalá pronto pueda volver…

Saturday, January 17, 2009

El camino al trabajo (con niebla londinense)

Desde la ventana: gris amanecer


El carril de bicicletas


Elephant & Castle












El parque de Kennington


Los repartidores malacopas...



La arquitectura como de Tlaltelolco en pleno Kenington



Y unas cuadras más adelante: el empleo...

Sunday, January 11, 2009

No es tiempo para despedirse

Hoy que es luna llena, o casi luna llena y que estoy lejos, muy lejos, como ya se me va haciendo costumbre, no puedo dejar de pensar en él, uno de mis mejores amigos, y de que mientras miro la neblina de Londres él lucha por salvarse. Desde hace trece años es, y ha sido, esa presencia que con sencillez podría definir como a un hermano, aunque su mundo, sus percepciones, su consciencia sean tan diametralmente distintas de la mía. Ahora prefiero recordarlo cuando era yo el de los problemas y él se limitaba como siempre, a mirar con cara de tremenda preocupación, suspirar con toda su resignación canina y a echarse esperar que las penas se diluyeran en su única solución: el tiempo. Ahora de ese misma esencia, del tiempo, depende su existencia y yo, desde mi isla, no puedo sino respirar hondamente y esperar que este tiempo sea de esos que terminan con las angustias y que al final de la espera él siga como siempre ha sido, feliz, mimado, con un rabito como radar, lleno de emoción para dar la bienvenida y amigo, amigo por siempre. Confío en que el tiempo de despedirse aún no llega y desde esta noche me limitaré a seguir su ejemplo, suspirar hondamente, apagar el cigarro y seguir con esta cara de preocupación hasta que el tiempo haga su trabajo.

Monday, January 05, 2009

Hola y chau

Los enormes motores del jumbo arrancan. Desde mi asiento, un poco adelante del ala izquierda, apenas se escucha un zumbido, las luces que se apagan y México, que acelera y desaparece con la misma velocidad con que el aparato se eleva. Unos minutos después, la ciudad de México, su enorme resplandor naranja en el cielo de las 8 de la noche, mi familia y mis amigos, quedan de nuevo atrás. Unos 25 días antes miré la misma escena en sentido contrario y más bien se me salía el corazón por haber regresado a mi país, después de casi dos años y medio de exilio voluntario.

Regresar, después de tanta ausencia, implica una descarga de adrenalina mezclada con recuerdos y emoción, emoción pura, como cuando encontré a mi mamá y mi tía, que nos esperaban en llegadas internacionales. El tiempo había pasado, estábamos quizá más viejos pero nos veíamos con más ganas que nunca, tanto, que no hubo tiempo para las lágrimas, sólo una sonrisa que apenas cabía en una sala de aeropuerto. Volver también implica ver cosas que antes parecían invisibles, esas simplezas que de tan cotidianas que se vuelven insignificantes cuando uno está en su tierra. Salimos del aeropuerto y enfilamos por Fray Servando, al doblar en Topacio, el mundo seguía igual, las prostitutas adolescentes recargadas afuera de cantinas y tiendas de bicicletas, unas cuadras más adelante, una pista de hielo enorme y millonaria, en los semáforos, los niños, los indígenas, los de siempre, los que nada tienen, trataban, como cada noche, de ganar unos pesos para la cena, el activo, la chela o lo que fuera, lavando el parabrisas de los coches que valen miles de veces lo que ganarán en una vida. Eso es México, ese soplo de viento que oscila entre la región mas transparente y el hollín asmático de sus chimeneas. Desde la ventana del auto transcurre una noche de viernes, como lo habíamos prometido, antes de cualquier trámite nos detenemos en una taquería, si no mal recuerdo, en la calle de Eligio Ancona, a dos cuadras del kiosco de Santa María la Ribera. De nuevo a las extrañadísimas delicias culinarias, en una taquería cabemos todos, las familias que salen a cenar en la noche de viernes, los solitarios que regresan del trabajo, los borrachos, los que apenas van, los que se ganan unas monedas guitarra en mano, los que regresamos después de una larguísima espera.

Wednesday, December 03, 2008

Hoy, con Londres a 2 grados

Hoy tengo muchas, muchísimas ganas de volver.

De mirar otra ciudad, más poblada, miles de veces más caótica, con otros ritmos y otros pasos, con olor a fritangas y noches con puestos de comida en las puertas de las casas, con sus avenidas saturadas por un tráfico obsceno, con sus contrastes y la humillación de todos sus contrastes. Esa ciudad en la que todo es posible, desde la transparencia insólita en la que se observa el amor de dos volcanes o una mañana gris en las que los pájaros mueren en el vuelo, intoxicados. De mi ciudad, la que conoce mis pasos, la que me ha visto ser tan feliz tantas veces, tropezar de la borrachera, la que me enseñó a leer, a tener amigos, a manejar, a desarrollar olfato ante el peligro. Esa ciudad hostil y cálida, que con sólo abrir la puerta puede significar riesgo o la perdición de unos ojos hermosísimos, oscuros, hondos.

Y lo mejor es que hoy Londres y su invierno no me pesan, porque en horas, unas cuantas horas habré regresado. Como en una canción, cuento las horas y me muero por volver...

Sunday, November 16, 2008

Londres sobre (dos) ruedas

He olvidado cuándo aprendí a andar en bicicleta, más bien, cuándo me enseñaron, pero desde entonces disfruté como cualquier niño pedalear y sentir esa libertad que sólo se siente en velocidades no permitidas a los peatones. En ese tiempo las dos ruedas de mi bicicleta me llevaron por el mandado, a la lejana papelería “Coti”, al parque Tezozómoc, al Naucalli y a las calles que normalmente no atravesaba caminando. Porque la bicicleta permite conocer un mundo muy distinto del de a pie, más rápido y momentáneo, pero más numeroso e intrépido, porque uno se puede permitir curiosear por lugares que parecen amenazadores, o solitarios, o simplemente desconocidos. Pero a mis 12 años mi historia personal con el ciclismo terminó de manera abrupta. Fui asaltado y despojado de mi bicicleta de montaña para la que ahorré meses. No volví a comprar una ni volví a pedalear por mucho años. Regresé al tranquilo compás de mis pasos, y la vida me llevó a descubrir lugares donde no se puede pedalear (al menos fácilmente), como el centro, sus callejones, sus cantinas y demasiadas partes de la ciudad de México que recorrí a pie, en el metro, en auto. Más de diez años después de la trágica tarde del asalto, regresaba de trabajar y en un impulso que nada pudo detener me compré otra bicicleta. Poco después dejé mi país, la vida que tenía y la bici, que se quedó empolvándose. En Birmingham la universidad me quedaba demasiado cerca y en Londres llegar al trabajo sólo requería una corta caminata, así que me olvidé de los vehículos de dos ruedas. Pero hace un mes, mi amigo Maximiliano, después de un largo desempleo encontró un internship en Bruselas y tuvo que mudarse en una semana, dejando en Londres su preciadísimo medio de transporte. La oferta, aunada a la reciente mudanza y el prospecto de pagar muchas libras de transporte al mes, me hicieron decidirme y compré el vehículo de mi amigo polaco. Así que un lunes Maximiliano se apareció frente a mi trabajo y me entregó casi con lágrimas la bicicleta, el casco, las luces, la mochila del rack, el imprescindible candado y desapareció entre la multitud de Brixton rumbo a su empleo belga. Esa tarde, todavía un poco perplejo y tras una batalla para encontrar la combinación del candado, me subí, sin experiencia en estas calles y me dirigí a la casa.

Como lo imaginé, Londres es otro sobre dos ruedas. En ese primer ensayo avancé sobre Brixton road hasta Kenington, y allí me planté detrás de una ciclista que llevaba buen ritmo y la misma dirección. Jadeando a ratos por la falta de ejercicio, alerta ante cualquier coche que se acercara, llegué a la glorieta de Elephant & Castle y de allí dejé la seguridad del carril de los buses (sólo permite buses y bicicletas de 7am a 7pm) para adentrarme a New Kent Road y pelear literalmente por un espacio para transitar con los coches y los demás ciclistas. Llegué exhausto y feliz. La vista de la ciudad, la libertad, el ejercicio, en fin, Londres con otros ojos. Ya después entré a la página de tfl y obtuve una ruta para llegar a mi trabajo, alejada de las avenidas principales y que ahora es mi camino diario. Con el tiempo, he ganado condición para pedalear media hora de ida y media de regreso con viento, lluvia o frío congelante y sin haberlo planeado ingresé a la tribu urbana de los ciclistas londoners, que incluso después de un despiadado reto de velocidad, tienen la amabilidad de sonreír o despedirse cuando llega la hora de pedalear por diferentes caminos.

Sunday, November 02, 2008

¿Será?



Fui con Daniela al Highgate Cementery, en Camdem, donde está enterrado Carlos Marx y constatamos que cada día más personas van a dejarle flores y a pedirle que resucite y se coma a los capitalistas...

Desconozco si se les hará el milagro, pero el viernes afuera de Euston me encontré este póster, por lo que me temo que con el pretexto de halloween, Marx resucitó y de nuevo está entre nosotros. Por supuesto que iremos al Socialism2008, cámara en en mano buscando señores barbones que despotriquen contra la burguesía...

Monday, October 27, 2008

Tiempos difíciles

Después de años de esplendor económico, Londres despertó a la realidad de los bolsillos rotos de la crisis mundial. Desde que llegué a la ciudad se hablaba de problemas en el sector hipotecario, las casas, por primera vez desde la segunda guerra mundial, bajaban de precio. Hace tres semanas, el pánico financiero sacudió a Londres de su poder de compra de ensueños, que lo mismo daba para que el inglés promedio fuera una vez al año de vacaciones a Dubai o comprara una casa de verano en Portugal. El día que quebró Lehman Brothers, salía de una conferencia en la Fundación para el Comercio Justo, afuera de la estación Holborn del metro, la gente se arrancaba de las manos el London Lite, o el Metro, los periódicos que regalan por la tarde afuera de todas las estaciones. Los encabezados, como siempre, explotaban en adjetivos catastróficos y la gente sólo hablaba de los 700 despedidos aquel día por la quiebra del banco americano. Ya de regreso, mi compañera Juliet, me decía que lo que más le asustaba, era pensar que no podría disfrutar lo que vivió la generación de los noventas, la estabilidad económica, la fortaleza de la libra frente a cualquier otra moneda, la tranquilidad de encontrar un buen empleo después de salir de la universidad. Han pasado muchos días desde aquel primer día negro para los mercados y aún así, los londinenses no dejan de correr y tomar los periódicos después del trabajo, o abrir frenéticamente las noticias en Internet, como si esperaran que de un momento a otro, las noticias los trajeran de nuevo a esa realidad que resultó no ser tangible.


A pesar de todo, la crisis no se ha sentido como tal en las vidas ordinarias, al menos eso pensaba yo. La comida no ha subido espectacularmente, el transporte cuesta lo mismo, la cerveza se sirve igual. Pero mis concepciones cambiaron cuando fui a cortarme el cabello por recomendación de Iván y Daniela a la peluquería de Gloria, en el corazón del barrio latino-africano-árabe de Elephant & Castle. Era sábado y Gloria no estaba allí, pero estaba su suplente, Marta, que también vino de Bolivia en busca de los empleos ansiados por lo migrantes. Marta es morena, de un cabello chino obstinado y una amabilidad ilimitada, mientras me cortaba el cabello me preguntó de dónde era y si me gustaba Londres. Como la mayoría, opina que no hay lugar como su propio país, pero sabe que en Cochambamba no ganaría ni una décima parte de lo que gana aquí cortando el cabello. Lo sorprendente es que el oficio de estilista no es su principal ocupación, de lunes a viernes trabaja haciendo la limpieza en diferentes casas, y los fines de semana trabaja de peluquera, con un ritmo de trabajo frenético que no le da un solo instante para descansar, ni caminar al lado del Támesis o siquiera levantarse tarde en una miserable mañana de lluvia. Descansar no es una opción cuando se tienen tres hijos al otro lado del planeta, viviendo con la abuelita, me dice. Cuando la plática toca el tema de la crisis, Marta dice estar muy preocupada, sobre todo porque la crisis implica más restricciones para los migrantes, ¿tienes visa? me pregunta, a lo que respondo que sí, que vine a estudiar y tengo una visa de trabajo. Ahhh, como todos los de Colombia, que dicen venir a estudiar inglés y se quedan… “Lo mejor es que tengas cuidado, la semana pasada hubieron redadas aquí mismo, en este barrio donde nos sentíamos seguros” me dice. Le respondo que si en febrero por alguna causa no puedo renovar mi visa, regresaré a México, pero Marta tiene respuesta a todas las problemáticas migrantes y categóricamente me dice, que no, que me quede hasta que me deporten, como le hace toda su gente, “Así por lo menos sigues ganando dinero”. Llega la hora de despedirnos, le doy las gracias y antes de salir me pregunta si me gusta Cantinflas, “a mí me dieron ganas de ir a México porque desde niña me gustaron todas sus películas…”. Pago las 9 libras por mi corte de cabello, Marta se queda en la peluquería, con sus jornadas de trabajo interminables; la crisis seguramente me afectará de alguna manera, pero soy muy afortunado por no tener que preocuparme de las políticas antiinmigrantes, de esas faenas de trabajo que quizá no aguantaría. Y claro, entiendo que cuando el rigor económico azote la ciudad, los ingleses se quejarán amargamente de las vacaciones canceladas, mientras muy cerca, en la misma ciudad, otras gentes, deberán salir de su casa esperando no ser deportadas ese día.

Sunday, October 12, 2008

Housespotting

La estabilidad de la vida moderna se basa en el sedentarismo, entre el Homo neanderthalensis y el Homo sapiens sapiens existe además de un abismo de tiempo la distancia que hay entre vagar recolectando fruta y asentarse con la consigna de pagar renta o hipoteca. A mí, después de 25 de habitar en el mismo lugar, de conocer hasta en sus más íntimos rincones la casa donde prácticamente nací, me tocó la suerte de mudarme de país y después de ciudad hasta llegar a Londres. Fue así como el polvo de la costumbre y el hábito de un espacio se sacudió por un delirante periodo de seis meses en el que he tenido tres mudanzas, un récord personal de nomadismo urbano cada dos lunas. Semejante experiencia ha sido agotadora, intensa, a veces angustiosa pero también divertida y por demás extraña. En seis meses hemos tenido housemates de Australia, Uganda y España, nos ha despertado el sobresalto de una pelea conyugal entre nuestros vecinos que terminó en golpes, alaridos, amenazas con llamar a la policía y un final feliz para los que practicaban el amor apache. En los cambios hemos movido maletas en tren, en bus, bajo la lluvia, en la camioneta de un africano que no pronunciaba una palabra ni en el más tormentoso tráfico de un medio día de verano. La pluralidad de viviendas para tan pocos días ha sido grata, siempre se hacen nuevos amigos, se conocen barrios, se desmienten rumores. Para buena parte de los londinenses, Brixton significa pandillas, venta de drogas y la posibilidad de un crimen. Después de vivir allí se entiende que las pandillas y los dealers resultan apenas un tono en el mosaico de su diversidad inconcebible, su mercado que habla 36 lenguas, sus puestos de comida de cuatro continentes, sus negros elegantísimos que salen los domingos cantar en las iglesias gospel, sus sonidos a reaggae y sus olores a especias desconocidas.

Pero sin duda la parte más compleja de esta etapa nómada fue la búsqueda de un lugar donde vivir. Londres, una de las capitales financieras mundiales, es una selva donde compradores, dueños y agencias se disputan hasta el último centavo en comisiones, rentas, depósitos, hipotecas y cualquier forma de obtener ganancias económicas. Dado que acordamos compartir un piso con Iván y Karol, debíamos ajustarnos a los requerimientos de ubicación y precio de los cuatro, lo que hizo aún más compleja la búsqueda. Con el tiempo en contra, iniciamos una búsqueda en agencias, páginas de internet y anuncios en la calle que no daba tregua ni descanso. Salíamos de trabajar y teníamos citas con agentes, despertábamos el sábado y debíamos ver tres o cuatro lugares, nos llegaban mails, textos por celular, llamadas de landlords. Conocimos lugares deprimentes, espectaculares, ubicadísimos, peligrosos, amplios y amontonados. Los agentes inmobiliarios de Londres nos hacían ofertas, explicaban términos, maquillaban cifras desmesuradas llamándolas obligaciones y usaban indiscriminadamente la palabra lovely (encantador) para calificar desde palacios o chozas. La búsqueda fue extenuante y cuando por fin, después de encontrar un lugar, de negociar tarifas, depósitos, seguros y todo lo que implica un cambio, desperté al primer sábado de tranquilidad sedentaria y me hallé extrañando salir a buscar casa. Fue así como descubrí el housespotting, deporte inglés que consiste en conocer los laberintos del mercado inmobiliario de la misma manera en que alguien que practica el trainspotting conoce las complicadas rutas y horarios de los trenes como una absurda forma de matar el tiempo. Afortunadamente para mi salud mental me abstuve de responder a las llamadas de las agencias, a los emails invitándome a ver una magnífica propiedad que el agente estaba orgulloso de mostrar, ni a los textos que describían el lugar donde yo viviría en el más feliz sedentarismo. Hoy, a casi tres semanas de mi última mudanza, me pregunto cómo será la siguiente mudanza, más por morbo que por curiosidad, pero me queda la certeza que cuando llegue la ocasión, conviviré con la jauría inmobiliaria con la felicidad con que los retirados se sientan, cronómetro en mano, en las polvosas estaciones para medir la puntualidad inglesa de sus trenes.

Saturday, October 04, 2008

Mientras tanto, en el palacio nacional...

de un país con un gobierno fuerte y con sólida autoridad y legitimidad...


Sunday, September 21, 2008

Las pictas del Thames-Festival

Después de un verano de temperaturas casi decentes, de días de sol, de festivales, buena música, cerveza y hamburguesas, después de volver a sentir calor, de disfrutar la vista con las londineses que aman los vestidos breves, después del verano, un festival para decir adiós. Y qué mejor que junto al Támesis y para cerrar la luz de la pirotecnia.









Saturday, September 06, 2008

La inseguridad

Ayer en una pausa del lunch, mientras leía tranquilamente las traginoticias en el universal, me preguntó mi jefe qué pasaba en México con los secuestros y las marchas contra los secuestros y los descabezados en Yucatán y los baleados en Chihuahua y ésa que es ahora la violenta realidad de mi país. También me dijo que hubo una marcha en Londres el pasado sábado frente a la embajada mexicana en solidaridad con los que marcharon vestidos de blanco y veladora en mano exigiendo que cese el crimen. Después de un buen rato de plática me preguntó si yo hubiera ido a la marcha y le contesté con un rotundo: NO. La siguiente pregunta fue obvia: ¿Por qué no apoyar una marcha que defiende un fin tan loable como el derecho a salir a la calle sin el temor a ser asaltado/secuestrado/violado o todo al mismo tiempo?

Simplemente porque la marcha del sábado pasado carece de dos puntos fundamentales, primero ataque a las causas de la inseguridad, segundo, la mención explícita de quiénes deben renunciar si “no pueden”. Independientemente que la causa ciudadana sea más que justa y que el mal sea padecido por todos los niveles sociales, la marcha tuvo la tibia convicción ideológica de la clase media, ésa que sueña con u nivel de vida que no puede adquirir y que políticamente se comporta como la clase alta: derechista, conservadora y profundamente ignorante. La causa de la inseguridad está anclada en la injusticia social, la ofensiva distribución de la pobreza y la corrupción que genera un sistema social donde 10 millones controlan el dinero en un país de 100 millones. Más allá de que el secuestro y el crimen organizado sean negocios de profesionales, sus bases se nutren de toda la gente joven que no tendrá la oportunidad de un sueldo decente a menos que sea pariente o amigo de alguien en el poder. El segundo punto débil de la marcha fue también su falta de señalamiento, quien debe renunciar en un plazo definido si la situación no mejora es Felipe Calderón, finalmente él es el máximo responsable del país, o al menos en teoría. Pero la marcha no lo podría mencionar, porque sus organizadores y buena parte de participantes son precisamente los que votaron por alguien que desde su campaña promovió la división del país. Pedir la renuncia del presidente sería un ominoso acto de autocrítica para la sociedad mexicana. Otras cosas se pidieron, absurdas también, como la pena de muerte, que nada soluciona y peor en un sistema basado en la corrupción, y se omitieron otros crímenes que pagamos todos, como los desastres financieros y rescates bancarios, que terminan siendo negocio de otro tipo de secuestradores. En fin, una marcha tibia que no solucionará nada porque no pidió nada concreto.

Nada tiene que ver, le dije a Tom, pero en Londres han habido 50 asesinados este año por arma blanca y la gente ha levantado tal escándalo que el gobierno de la ciudad ha tenido que entregar resultados concretos, como tal situación es sólo en esta ciudad está más que claro quién podría caer de las bondades del poder. Por lo pronto acaban de lanzar un mapa en internet con registros calle por calle sobre cuántos crímenes se cometen por mes. Al verlo me di cuenta que en la calle donde vivíamos antes hubieron 7 crímenes el mes pasado y la zona está clasificada como peligrosa. Ahora vivimos en una zona considerada “promedio” ¿Servirá de algo saberlo?

Friday, August 29, 2008

Perdiéndonos el camino

Comencé a escribir este blog para tener alguna forma de comunicación con la gente y el mundo que dejé atrás cuando vine a vivir a Inglaterra. Este mes cumpliré dos años sin haber regresado y con la condición permanente de extranjero en un país en que lo diferente no resulta extraño, más bien es el lugar común. Ser inmigrante en Inglaterra tiene demasiados significados. Caminando por las calles de Londres uno puede encontrar desde yuppies árabes que vienen a gastar un mínimo de la fortuna petrolera, hindús, pakistaníes y bangladeshis cuyas familias fueron víctimas o beneficiarios del sistema colonial, españoles que tratan de aprender inglés, polacos que buscan un futuro para regresar a sus tierras heladas, africanos que escaparon del hambre, o la guerra, o la combinación de todas las desgracias, latinos que quieren evadir la pobreza y todas las nacionalidades imaginables. Todas las mañanas, mientros camino por Brixton Hill para llegar al trabajo me cruzo con idiomas de todos los continentes, todos con historias detrás, con familias que se quedaron lejos, con un montón de sueños y desilusiones porque el primer mundo no es tan incluyente y a veces más racista de lo que debería ser. Y a todo eso no dejo de preguntarme dónde quedo yo. Espero no sonar a crisis existencial, preferiría pensarlo como filosofía de banqueta, porque finalmente las dudas se me terminan cuando llego al trabajo y comienza la pelea para que el comercio justo eche más raíces entre la conciencia del consumo desmedido de este país. Pero vuelvo a dejar las preocupaciones, los reportes, los mails y al caminar de regreso hacia el corazón de este barrio migrante vuelvo a preguntarme si la mía, entre todas estas historias, significa o significará algo. A veces me resulta difícil estar lejos, a veces como este viernes por la noche pesa un poquito más la nostalgia y quisiera que todo pudiera tener una pausa y la lejanía no fuera tan grande como para seguir sin saber nada de mucha gente que me importa. Karla me ecribió hace poco que nos estábamos perdiendo en el camino y es cierto, pero perderse quizá sea la única manera de encontrar algo, o al menos es un método para buscarlo. Entonces entiendo un poco más de mi condición y mientras camino al lado de tantos extranjeros comprendo que ésa, es precisamente mi nueva identidad.

Y todo esto me hizo recordar el cuento más corto de la lengua española (hasta el momento) de Luis Felipe G. Lomelí. Definitivamente una gran historia dentro de tan pocas palabras, léanlo:


El Emigrante

-¿Olvida usted algo?
-Ojalá

Wednesday, August 20, 2008

Las intermitencias de la vida

El sábado pasado estaba en el messenger cuando recibí la noticia de que mi tío-primo Jesús Ugalde, Chuchín, había muerto.

No lo creí ni lo entendí en un primer momento y aún después de varios días mi mente no alcanza a comprender que no volveremos a hablar. Aunque hace un tiempo considerable que dejamos de ser cercanos, hubo una época en que su presencia definió una de las decisiones más importantes que alguien puede tomar: elegir un equipo de fútbol al que le iría para siempre. Su pasión por el Atlante y la mítica visión del estadio Azulgrana desbocádose al ritmo de miles de pies brincando, me ayudaron a entender que a un equipo no se le sigue por sus triunfos, sino por un sentimiento abnegación y resistencia infinita. Y qué mejor ejemplo que las penurias del Atlante para probar esa disposición de un fanático a sufrir. Fuimos varias veces al estadio y seguí al equipo por su descenso la gloria del título en el 92 hasta que la vida misma me alejó del fútbol y sólo me quedó el membrete de atlantista de por vida.


Sé que además de la pasión por el fútbol, Chuchín seguía las corridas de toros, amaba los mambos de Pérez Prado y el Merengue. Pero lo que más le admiré fue su increíble capacidad para platicar y su memoria, que captó todos los detalles de un tiempo en el que yo aún no nacía y pude conocer en parte gracias a su inverosímil memoria de elefante. Poco antes de irme de México nos vimos en una cantina y platicamos por horas de ese pasado fabuloso del que recordaba detalles ínfimos y del presente que siempre parece más complicado. Hace tres semanas me escribió y me dijo que si dejaba su empleo vendría a Inglaterra por seguro.

El sábado, a su cuarenta y tantos años, la vida tuvo una de esas intermitencias que aún no eran necesarias. Él era una de esas personas con las que uno siempre quiere platicar en cualquier evento social, sea el que sea, por eso no me imaginaba cómo sería su velorio. Me dicen que le cantaron sus canciones favoritas, entre ellas “En mi viejo San Juan” y que su féretro llevó la bandera y su camiseta del Atlante. Sé que algunas veces leía este blog, desde donde quiera que esté, ojalá el azul de cielo sea tan nítido como para ver los estadios desde la altura y para que lea estas palabras que no pude decirle.

Wednesday, July 30, 2008

Dos meses sin internet

La cotidiana existencia consumista nos vuelve esclavos de los objetos más inútiles e irrelevantes. Siempre he creído que las avanzadas técnicas de los mercadólogos, que cimbran las bases de nuestra personalidad con trucos Freudianos, y la invasión de chácharas chinas y taiwanesas a precios ridículos, hacen que nuestro consumidor interior enloquezca y adquiera objetos absurdos, chunches tan útiles como los zapatos a prueba de chicles o los tamagochis que morían irremediablemente en un descuido de sus cuidadores humanos. En un intento de “proteger” lo que hemos comprado (y evitar nuevas compras) hemos creado una monstruosa industria que vende fundas y protecciones, todo lo que esté a la mano merece ser guardado, un ipod, el celular, la computadora, los lápices y así hasta llegar a la esquizofrenia de las fundas para sillones, caballos o coches. Si algún día se inventan, seguramente habrán compradores que busquen proteger las paredes de ladrillo bajo la confiable textura del plástico transparente. La lista de objetos que no necesitamos quizá nunca sea terminada (mientras escribo estas líneas se deben estar inventando nuevos objetos inservibles) y tiene tan graves implicaciones que, según los ecologitos, su producción es en buena medida responsable de que los esquimales del futuro construyan sus hogares con hojas de palmera tropical en vez de cubos de hielo.

Pero hay otro tipo de necesidades creadas, intangibles e igual de apremiantes: el celular e internet. Decir hasta qué grado son inútiles o vitales llenaría páginas con opiniones encontradas; mi tía Ana, por ejemplo, afirma que los celulares son la última amenaza a la privacidad, por eso, para defender su libertad ante el yugo de telcel, apaga su teléfono al azar y para nuestro desquicio cuando urge localizarla. En casi dos años de vivir en el Reino Unido prácticamente no había tenido problemas con celulares o acceso a la red, en la antigua casa de Birmingham una vez se descompuso el wireless y por primera vez todos los habitantes nos unimos, propusimos soluciones armónicas y miramos desconsolados las luces del aparatito que parpadeaban como un árbol de navidad en agonía de colores. Dos o tres días bastaron para que cayéramos en la desesperación y renegáramos del sentido de la vida sin el acceso a la red. Claro, el destino me tenía deparado el castigo de Londres. Al firmar el contrato de la casa, la dueña aseguró “hay una línea y hay internet, pero eso ustedes deben checarlo, no viene en el contrato porque es algo externo”, lo que en realidad quiso decir fue: no hay internet ni línea telefónica, si quieren, deberán solicitar el contrato mínimo de 18 meses con BT, esperar semanas a la reconección, pagar por la instalación, pagar por internet, yo no lo instalaré nada porque no lo puse en el contrato... Como no es probable que vivamos 18 meses en esa casa, no tiene sentido contratar todo eso. De entre la desgracia pareció surgir una esperanza, más bien, flotar: las ondas gratuitas de una red abierta aparecieron junto a la ventana y tuvimos acceso a la red, ilegalmente, claro. No sé hasta qué punto sea moralmente incorrecto usar una red que no tiene una contraseña de seguridad, no fui y me colgué de ningún cable, ni entré a una casa para robar la clave, la señal llegó a mi ventana y yo di click en “connect”. Todo habría tenido un final feliz a no ser porque la señal gratuita cambiaba de intensidad con el patrón del clima inglés, media hora bien, tres horas muerta, diez minutos excelente, luego otra vez nada. Así que literalmente la tuve que seguir, como cuando absurdamente levantamos el celular en busca de señal, así movía la computadora del escritorio a la alfombra, del balcón a la cama. Finalmente un día la señal “gratuita” se apagó para siempre, sin un rastro, ni un minuto siquiera para revisar los mails. Estaba en un país extraño, en un barrio extraño, lejos y sin manera de comunicarme con el mundo exterior.


Y no pasó nada. Al contrario, después de unos días y a pesar de la ansiedad (similar a la que se siente al dejar de fumar), la vida siguió. Para suplir la necesidad de comunicación bastaba una hora a la semana en el café internet musulmán de Brixton Hill (1 libra = una hora), y de paso ver el mail, facebook y hasta rápido el periódico. Como si de una rehabilitación milagrosa se tratara, la falta de internet provocó que olvidara muchas veces la computadora, atrás fueron quedando las horas perdidas, el tiempo que desaparecía entre los blogs, las noticias, el youtube y todos los laberintos que hacen que una hora de internet rinda como si fueran cinco minutos. La verdad es que ese tiempo tampoco lo he usado para fines benéficos a la humanidad, pero lo cierto es que con la computadora apagada se terminó esa plática mecánica y pasmada del que trata de concentrarse en dos cosas a la vez, las respuestas monosílabas de alguien que está más interesado por conocer el clima de Afganistán que en las aventuras cotidianas del que duerme al lado.

Hoy que han pasado dos meses sin internet puedo asegurar que la vida es miserable sin red. La necesitamos para encontrar una nueva casa que sí tenga internet, para buscar empleos, escuelas, cursos, para ver qué diablos sucede en la ciudad, cuanto cuestan los festivales, a qué hora son los toquines, para hablar con los amigos, para saber qué diablos sucede en el planeta, para sentir la felicidad absurda de estar conectados con el mundo y de pertenecer a una red que de alguna manera nos otorga un lugar por el simple hecho de dotarnos de una dirección IP. Hasta las pizzas las comprábamos por internet en el lejano Birmingham. No hay nada como la vida sencilla, las conversaciones en el balcón mientras el sol cae en el norte del Támesis. Pero tampoco hay como la opción de dejar el mundo atrás, encender la computadora y perderse entre información innecesaria mientras interrumpen las ventanas del messenger o se ven las últimas fotos en facebook, finalmente ese también es ahora el mundo.

Friday, July 11, 2008

El orgullo de la diferencia




Cuando el azar de la biología o el coraje de la voluntad provocan que alguien ame a los de su mismo sexo, una decisión, íntima, personal y secreta, se convierte también de cierta forma, en una lucha por ser libre y no dejarse regir por las reglas de un mundo creado y delineado por los aparentemente normales. Desde hace mucho admiro la causa gay y siempre me hace recordar una línea de Octavio Paz: como dos espejos enamorados de su semejanza. Y claro, la condición homosexual puede ser una tragedia y hasta un crimen en demasiados países. En Londres es más bien una celebración, el pretexto para un carnaval del tamaño de todo el Soho. Ese carnaval fue precisamente el sábado pasado. Qué mejor si el verano decide hacer su aparición y hay suficiente sol para que hasta los más tímidos del ropero aparezcan y celebren, porque el desfile se llama PRIDE! que en español es orgullo.

Una de la tarde en Marble Arch, todos los quedaron de verse afuera del metro se apretujan y chocan con los turistas, los emos y las señoras que vienen arrastrando sus carriolas y todas sus compras desde Oxford Street. Como suele sucederme me doy cuenta que Iván espera un poco más a l este, en Picadilly Circus, así que que nos veremos más adelante, sobre Regent Street, donde la marcha doblará para encaminarse hacia Trafalgar Square. La policía y la autoridad de tránsito han llenado los postes cercanos con letreros sobre los cierres y la hora en que se abrirán nuevamente las calles. De pronto, ya estamos junto al desfile, conforme se pierde la música electrónica llega la vibra de la batucada y el claxon de los camiones que avanzan lentísimos con sus decoraciones y sus globos. Pero no hay espacio para ver, la gente ha abarrotado los espacios junto a las vallas que permiten el paso de la marcha. Así que emprendemos el camino hacia la fuente de Eros, por Regent street, donde con suerte encontramos un lugar. Hasta ese momento comprendo la magnitud de la tolerancia y la libertad que existe en Inglaterra respecto a la homosexualidad. Encabezando el desfile va Boris Johnson, alcalde de Londres, seguido por los contingentes gays/lesbianas de la policía, el ejército y la marina. Nadie se esconde, los soldados saludan a la gente, los servidores públicos llevan pancartas, asociaciones de homosexuales en el transporte, en los servicios de salud, entre los más aplaudidos y más numerosos están los maestros, los bomberos y demás servicios de emergencia. Detrás e la oficialidad sigue la fiesta, las ong's acompañadas de batucada, los que luchan por la tolerancia, los que promueven el sexo seguro. También desfilan las empresas, Natwest, Lloyds, Barclays, Ford, al frente de British Airways dos aeromozas lesbianas sonríen y arrancan todos los suspiros de su belleza en uniforme. Conforme el desfile continúa pasan frente a nuestros ojos las drag queens, con sus sueños femeninos y sus disfraces de rumberas apocalípticas, caracterizadas con el copete de Amy Winehouse, semidesnudas, bailando, mandando besos, dejándose admirar y posando para cada cámara que las apunta; detrás de ellas, los sádicos y los masoquistas muestran en la calle sus cadenas, sus máscaras de cuero, sus cabezas rapadas y exhiben un poco ese laberinto de perversiones al que están atados. De pronto el ritmo de la música es conocido, Shakira y el reaggetón con la comunidad latina no desfilan, bailan y hacen bailar a los ingleses de las vallas, porque la diversidad también implica a todas las nacionalidades. Cuando encontramos a Iván y Karol, ya ha pasado casi todo el carnaval, seguimos hacia Trafalgar pero la fiesta y sus protagonistas se mueven al corazón gay de Soho en Old Compton Street. Allí todos los pubs y clubs están listos para la fiesta y en las calles hay cientos bebiendo y escuchando la música de los escenarios improvisados. Finalmente es el día para ondear la bandera del reino con fondo rosa, que importaron los ultracristianos que confrontaron a los pecadores mientras hablaban de Cristo con sus altavoces que parecieron no existir ante el sonido que puede causar una fiesta sobre la tolerancia. Ya casi de noche, cuando la masa se pierde entre los bares queda el rumor de los que han conocido a alguien, dos borrachas, guapas, se acercan y me piden que les tome una foto. ¿Donde va a aparecer? Me preguntan. –En México respondo. Mientras se alejan tomadas de la mano escucho que una le dice a la otra ¿Será legal ser gay allí? Solo puedo sonreír mientras me alejo también.












Sunday, July 06, 2008

Dos de julio ¿se olvidará?

Esta semana se cumplieron dos años de las elecciones de 2006 en México, donde la derecha y los sectores conservadores del país “derrotaron” a una izquierda que nunca se había visto tan unida ni quizá tan fuerte en la historia de nuestro país. Dos años después y a esta distancia sigo pensando cómo sería el país si el presidente “electo” fuera López Obrador y no el actual, que cada día se ve más insignificante y con menos cabello. Quizá no habrían muchas diferencias, en el desarrollo económico, finalmente seguimos y seguiremos siendo dependientes de la economía norteamericana; el narco seguiría fuera de control; la corrupción apareciendo en todas las esferas de la vida. Pero también pienso y creo que si la izquierda tuviera hoy el poder México estaría menos dividido y fragmentado por ese odio que el PAN se ha encargado de alimentar a través de los medios de comunicación. Esa intolerancia, ese desprecio a la gente que tiene una opinión igualmente válida y valiosa quizá sea la diferencia más radical; la derecha no ha sabido fomentar la unión, su mensaje es que el pueblo, los nacos, la perrada no saben ni se pueden gobernar. ¿Será cierto? Por supuesto que la izquierda no pretendería vender a Pemex con mentiras sobre alianzas y tesoros bajo el mar, no lo haría porque no tendría ningún favor que pagar a la clase dominante que es la que finalmente sostiene al gobierno actual. Me entristece pensar cómo una democracia prometedora se ha estancado, perseguida por su ancestral visión de los vencidos, de una sociedad donde por fuerza deben haber pocos beneficiados y una inmensa mayoría de jodidos. El lunes pasado mi amigo Zaheer nos invitó a un concierto por el día nacional de Canadá, en la plática Zaheer se lamentaba del gobierno militar de su país -Pakistán- y aseguraba que la democracia traería el desarrollo a millones de pobres en una nación donde conviven en una disparatada desigualdad 100 millones de pobres y un ejército con armas nucleares. En fin, le conté un poco del casi mexicano a Zaheer, si la democracia lo curara todo otra historia sería, obviamente Zaheer no se inmutó, “en ese caso ustedes eligieron mantener su desigualdad y sus estructuras de injusticia, pero al menos lo eligieron”. Nada más cierto.

Friday, June 27, 2008

Tuesday, June 10, 2008

Mudanzas y ciudades

Mudarse es una de las actividades más desgastantes y aburridas del mundo, sólo superada por una actividad: encontrar un hogar para meter las cosas de la mudanza. Si usted no conoce a fondo la nueva ciudad se añaden los riesgos de terminar pagando rentas elevadas, vivir en zonas peligrosas, mal comunicadas, o tener vecinos detestables. A veces a uno puede terminar sucediéndole un poco de todo eso, o ninguna, pero después de una mudanza que duró tres fines de semana acarreando todas las chucherías que se acumulan en dos años de vida en trenes, camiones y metros, me quedó la recompensa de una ciudad que hace olvidar casi todo con su locura. Agustín Yáñez escribió que la ciudad de México amanece ojerosa y pintada, en Londres apenas se adivina el amanecer, porque no hay calma, más bien un cambio de idioma, de color, de vestimenta para proseguir el torbellino de su diversidad humana. Basta una semana de vida para entender la magnitud de este Babel que a pesar de sus diferencias se las arregla para crear, vestir con toda su extravagancia, traducirse, sortear la lluvia deprimente y salir corriendo a disfrutar un fin de semana soleado en el parque más próximo. No he podido escribir para pena mía pero más por falta de internet que de intenciones. De todos modos aquí una pequeña muestra de las tres primeras semanas de Londres y lo que uno encuentra: cine al aire libre, un túnel que de súbito se vuelve una expo de graffiti detrás de Waterloo Station y la maravilla de mirar el London Bridge desde la calma del Támesis una noche.